La verdad irremediable es que todavía me duele. Que es probable que me duela ahora más que hace unos meses. Que basta la imprevista aparición en el dial de una canción que alguna vez me compartiste por el chat, cuando aún todo era nuevo y emocionante, para que el pecho me arda en flamas adolescentes. Que la boca del estómago se me vacía de golpe y la humedad me lubrica la parte baja de los ojos.
Que la rabia de tus respuestas en forma de monosílabos se me pega en la garganta.
Pienso y no pienso. Siento, eso es lo que más hago, aunque no quiera. Que tengo momentos en que la coraza, esa que me quité cuando entré en tu portal, se me vuelve aire y la decepción se me instala en los huesos como el frío de los inviernos que me falta por vivir.
Que me gustaría gritarme las cosas que callaste y seguís sin decirme. Las mismas que sigo desconociendo, las que pudiste haber dicho en tiempo oportuno, pero que ahora no sirven de nada. Que me gustaría decirte cuánto lamento lo que considero una derrota cobarde de tu parte, una huida no asumida como tal.
Y con todo, te amo tanto que sos la única persona con la que me he ahorrado el orgullo. Me satisface imaginarte feliz. Me enorgullece que te colmés de los éxitos que anhelas.
Me gustaría creer que en unos días llegará esa mañana en la que me de cuenta que por fin me siento bien, pero me jode la certeza de saber que faltan varias lunas para que eso ocurra. Te extraño más que ayer y un poco menos que mañana.
Sigo en mi intento de ser la mejor persona que era cuando me recostaba en tu regazo. A veces los días son pálidos y extraños. Y aunque sé para dónde voy y lo que tengo que hacer, y camino con seguridad, siguen habiendo ratos en que me gustaría tanto tomarte de la mano y patear bobamente la basura del camino.
"Me arruinaste un poco". Sabés lo que quiero decir.
Las nubes vienen y se van y vuelven a venir. Somos una nube negra, somos lo que hacemos y lo que arrastramos. Ahora que todo está dicho, ahora que no quedan islas ni mares, ahora que estamos solos. Un lugar donde aparcar nuestras ideas bajo este cielo oscuro es necesario.
Mostrando entradas con la etiqueta elegir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta elegir. Mostrar todas las entradas
domingo, 11 de octubre de 2015
martes, 22 de septiembre de 2015
Mi amiga la desconocida.
Tengo una amiga. Su nombre es Silvia. Y de las cosas importantes de ella es todo lo que sé.
Nos conocimos una tarde en una plaza de comidas, cerca de la universidad. Yo hacía algo en la computadora, ella necesitaba una mesa para cenar. Yo estaba sólo en una de cuatro espacios y me preguntó si se podía sentar. Yo, en un arrebato de sociabilidad que facilitó la sucesión de los hechos que han definido nuestra relación, le dije que sí.
Al sentarse hubo un breve lapso de silencio. Pero pronto averigüé que ella no es un ejemplo de persona que pueda mantenerse callada. Me desconcertó que me hablara. El yo antipático que me domina en público se sentía indignado. Mi otro yo, cálido y confianzudo, se dio gusto dándome la oportunidad de hablar por hablar con una extraña.
Hablamos largamente, ya no recuerdo qué, pero compartimos muchas cosas. En algún momento nos mostramos las cédulas de identidad, qué se yo por qué. Yo la bromeé con que no me dejó trabajar, ella se disculpaba con sus ojos grandes que casi nunca cierra y con los que mira directamente. Fue un rato alegre, divertido.
Nos despedimos. Ella me dijo que no solía hacer lo que había hecho. Yo le dije que me ocurría lo mismo. Y optamos por dejarnos en aquella mesa en ese momento para siempre.
Pasó el tiempo y la casualidad nos cruzó de frente. Y entonces fue la misma historia con sabor a regreso a un lugar que te es familiar. Ya no éramos extraños, sólo desconocidos. Creo que fue en esa segunda ocasión en que hablamos de las relaciones de ahora, de los teléfonos, las redes sociales, los correos... De cómo estábamos a un botón de todos, de todas, pero también a un botón de la soledad. Y elegimos no conocernos, no saber cómo contactarnos, no tener manera de buscarnos.
Decidimos que nuestra amistad estaría mediada por el azar, que fueran sus fuerzas las que nos cruzaran y nos dijeran cuándo y dónde sería que nos veríamos cada ocasión.
Y hasta hoy así ha funcionado. Y nos hemos topado muchas ocasiones más. La última vez que la vi me hablaba de su trabajo, me contaba intimidades de su vida profesional. No es extraño que siendo filóloga le gustase hablar siempre. (¿O era lingüista?)
Tengo ahora tanto tiempo de no encontrarla. Espero que esté bien. La recuerdo como una particularidad en mi vida. Porque es especialmente particular ser desconocidos por elección. Hace poco pensaba que cada vez que nos vemos puede ser siempre la última vez.
Silvia es mi amiga y nuestro tipo de desconocimiento es un pequeño arrebato de sinceridad y simpleza en un mundo que te grita inmediatez a la cara todos los días.
Nos conocimos una tarde en una plaza de comidas, cerca de la universidad. Yo hacía algo en la computadora, ella necesitaba una mesa para cenar. Yo estaba sólo en una de cuatro espacios y me preguntó si se podía sentar. Yo, en un arrebato de sociabilidad que facilitó la sucesión de los hechos que han definido nuestra relación, le dije que sí.
Al sentarse hubo un breve lapso de silencio. Pero pronto averigüé que ella no es un ejemplo de persona que pueda mantenerse callada. Me desconcertó que me hablara. El yo antipático que me domina en público se sentía indignado. Mi otro yo, cálido y confianzudo, se dio gusto dándome la oportunidad de hablar por hablar con una extraña.
Hablamos largamente, ya no recuerdo qué, pero compartimos muchas cosas. En algún momento nos mostramos las cédulas de identidad, qué se yo por qué. Yo la bromeé con que no me dejó trabajar, ella se disculpaba con sus ojos grandes que casi nunca cierra y con los que mira directamente. Fue un rato alegre, divertido.
Nos despedimos. Ella me dijo que no solía hacer lo que había hecho. Yo le dije que me ocurría lo mismo. Y optamos por dejarnos en aquella mesa en ese momento para siempre.
Pasó el tiempo y la casualidad nos cruzó de frente. Y entonces fue la misma historia con sabor a regreso a un lugar que te es familiar. Ya no éramos extraños, sólo desconocidos. Creo que fue en esa segunda ocasión en que hablamos de las relaciones de ahora, de los teléfonos, las redes sociales, los correos... De cómo estábamos a un botón de todos, de todas, pero también a un botón de la soledad. Y elegimos no conocernos, no saber cómo contactarnos, no tener manera de buscarnos.
Decidimos que nuestra amistad estaría mediada por el azar, que fueran sus fuerzas las que nos cruzaran y nos dijeran cuándo y dónde sería que nos veríamos cada ocasión.
Y hasta hoy así ha funcionado. Y nos hemos topado muchas ocasiones más. La última vez que la vi me hablaba de su trabajo, me contaba intimidades de su vida profesional. No es extraño que siendo filóloga le gustase hablar siempre. (¿O era lingüista?)
Tengo ahora tanto tiempo de no encontrarla. Espero que esté bien. La recuerdo como una particularidad en mi vida. Porque es especialmente particular ser desconocidos por elección. Hace poco pensaba que cada vez que nos vemos puede ser siempre la última vez.
Silvia es mi amiga y nuestro tipo de desconocimiento es un pequeño arrebato de sinceridad y simpleza en un mundo que te grita inmediatez a la cara todos los días.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)