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martes, 24 de enero de 2017

En algún punto del ruido blanco

Al llegar la noche en la habitación de mi madre, acostado en la oscuridad rota de líneas anaranjadas que se filtraban por los bordes de la cortina, llegaban los sonidos de la ciudad, rumor de motores y esporádicos tacones martillando el asfalto. 

De niño prestaba más atención a los sonidos. Los años te matan esa atención primaria. También los audífonos a todo volumen. 

Estoy parado en el balcón de mi apartamento que da a la noche despejada de un verano que empieza. 

Este instante es una extraña proyección de lo que ese niño se pensaba una vez grande. O de lo que este grande quiere pensar que proyectaba ese niño. 

Recuerdo, con algo que no es nostalgia ni exactamente lamentación, la manera en que mi mente infantil se iba de paseo con aquellos sonidos que forman parte de una relación que ahora me es imposible romper con el espacio de concreto. Con cualquier espacio de cemento, altura y caos. 

Pero el sonido principal no lo recuerdo. ¿Un silbido, un pitido, una alarma? No logro recordarlo, pero sé que existió. Y su importancia enorme. 

Nada en este presente de noche de silencio habitado, de ruido vacío, se le parece ni me lo recuerda. 

E indefectiblemente asumo que el momento de recordarlo será esa aún lejana probable noche de segunda niñez, en que se acerque el momento de escuchar todo por última vez.

lunes, 11 de enero de 2016

Partida.

Regreso a este espacio entre el norte y el sur. A pesar de mi voluntad. A pesar del pesar.

El teléfono vibra.

"Desde que te fuiste murió Bowie y detuvieron al Chapo.
Es un desastre".

¿Cómo hace uno para que no se le contorsione el corazón?

domingo, 11 de octubre de 2015

Transcurso.

La verdad irremediable es que todavía me duele. Que es probable que me duela ahora más que hace unos meses. Que basta la imprevista aparición en el dial de una canción que alguna vez me compartiste por el chat, cuando aún todo era nuevo y emocionante, para que el pecho me arda en flamas adolescentes. Que la boca del estómago se me vacía de golpe y la humedad me lubrica la parte baja de los ojos.

Que la rabia de tus respuestas en forma de monosílabos se me pega en la garganta.

Pienso y no pienso. Siento, eso es lo que más hago, aunque no quiera. Que tengo momentos en que la coraza, esa que me quité cuando entré en tu portal, se me vuelve aire y la decepción se me instala en los huesos como el frío de los inviernos que me falta por vivir.

Que me gustaría gritarme las cosas que callaste y seguís sin decirme. Las mismas que sigo desconociendo, las que pudiste haber dicho en tiempo oportuno, pero que ahora no sirven de nada. Que me gustaría decirte cuánto lamento lo que considero una derrota cobarde de tu parte, una huida no asumida como tal.

Y con todo, te amo tanto que sos la única persona con la que me he ahorrado el orgullo. Me satisface imaginarte feliz. Me enorgullece que te colmés de los éxitos que anhelas.

Me gustaría creer que en unos días llegará esa mañana en la que me de cuenta que por fin me siento bien, pero me jode la certeza de saber que faltan varias lunas para que eso ocurra. Te extraño más que ayer y un poco menos que mañana.

Sigo en mi intento de ser la mejor persona que era cuando me recostaba en tu regazo. A veces los días son pálidos y extraños. Y aunque sé para dónde voy y lo que tengo que hacer, y camino con seguridad, siguen habiendo ratos en que me gustaría tanto tomarte de la mano y patear bobamente la basura del camino.

"Me arruinaste un poco". Sabés lo que quiero decir.

martes, 22 de septiembre de 2015

Mi amiga la desconocida.

Tengo una amiga. Su nombre es Silvia. Y de las cosas importantes de ella es todo lo que sé.

Nos conocimos una tarde en una plaza de comidas, cerca de la universidad. Yo hacía algo en la computadora, ella necesitaba una mesa para cenar. Yo estaba sólo en una de cuatro espacios y me preguntó si se podía sentar. Yo, en un arrebato de sociabilidad que facilitó la sucesión de los hechos que han definido nuestra relación, le dije que sí.

Al sentarse hubo un breve lapso de silencio. Pero pronto averigüé que ella no es un ejemplo de persona que pueda mantenerse callada. Me desconcertó que me hablara. El yo antipático que me domina en público se sentía indignado. Mi otro yo, cálido y confianzudo, se dio gusto dándome la oportunidad de hablar por hablar con una extraña.

Hablamos largamente, ya no recuerdo qué, pero compartimos muchas cosas. En algún momento nos mostramos las cédulas de identidad, qué se yo por qué. Yo la bromeé con que no me dejó trabajar, ella se disculpaba con sus ojos grandes que casi nunca cierra y con los que mira directamente. Fue un rato alegre, divertido.

Nos despedimos. Ella me dijo que no solía hacer lo que había hecho. Yo le dije que me ocurría lo mismo. Y optamos por dejarnos en aquella mesa en ese momento para siempre.

Pasó el tiempo y la casualidad nos cruzó de frente. Y entonces fue la misma historia con sabor a regreso a un lugar que te es familiar. Ya no éramos extraños, sólo desconocidos. Creo que fue en esa segunda ocasión en que hablamos de las relaciones de ahora, de los teléfonos, las redes sociales, los correos... De cómo estábamos a un botón de todos, de todas, pero también a un botón de la soledad. Y elegimos no conocernos, no saber cómo contactarnos, no tener manera de buscarnos.

Decidimos que nuestra amistad estaría mediada por el azar, que fueran sus fuerzas las que nos cruzaran y nos dijeran cuándo y dónde sería que nos veríamos cada ocasión.

Y hasta hoy así ha funcionado. Y nos hemos topado muchas ocasiones más. La última vez que la vi me hablaba de su trabajo, me contaba intimidades de su vida profesional. No es extraño que siendo filóloga le gustase hablar siempre. (¿O era lingüista?)

Tengo ahora tanto tiempo de no encontrarla. Espero que esté bien. La recuerdo como una particularidad en mi vida. Porque es especialmente particular ser desconocidos por elección. Hace poco pensaba que cada vez que nos vemos puede ser siempre la última vez.

Silvia es mi amiga y nuestro tipo de desconocimiento es un pequeño arrebato de sinceridad y simpleza en un mundo que te grita inmediatez a la cara todos los días.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Barra. Crónica semietílica.

La noche se hizo larga. Así no más, porque le dio la gana. 

El comienzo tiene forma de cita frustrada, la que no se pudo concretar por capricho del azar. Un mal funcionamiento de la red telefónica basta para estropear un plan tan pacientemente elaborado durante un par de semanas. 

Pero una llamada, con un sistema restablecido, parece solucionarlo, una especie de volver al plan original. Y el azar, tan jekylliano él, vuelve a impedir una segunda cita, de diferente naturaleza es cierto, pero de satisfacción igualmente resolutoria. 

Yo mientras tanto trabajo. Trabajo porque es lo que más hago. Trabajo porque es lo que tengo que hacer, lo que siempre tengo por hacer. A veces me pregunto si estaré enfermo por disfrutar lo que hago, pero que lo hago siempre, a toda hora, en todo lugar. A veces sólo dan ganas de detenerse, parar la orquesta estridente de los días y echarse a llorar. 

Y en el marasmo de la contradicción tecnológica, una llamada de larga distancia aliviana la ansiedad que se me instala en el pecho, y aún es tan temprano... Hablar con ella me alegra, me reconforta. Miles de kilómetros de distancia, pero tan cerca. Es un asterisco. Qué digo asterisco, es un par de corchetes en la historia de mis días, con su propia partitura. Y la extraño. Y la extraño más en estos días. Porque sí.  

Y cuando termino de hablar con ella me entran ganas de salir de la casa al menos por un rato. Necesito salir. La ansiedad me está jodiendo. Haber dejado de fumar me está jodiendo.

En estos días las ausencias se me han acumulado de manera lapidaria. Cada una es muy suya, pero es ausencia al fin. Como ésta que se me clavó hace tres meses, la más nuevecita, pero igualmente hija de puta. 

Y cuando las ausencias se te arremolinan entre el estómago y el pecho lo cierto es que no hay cuerpo que aguante. 

Salgo de mi casa tranquilo a pesar del drama que describo. Aprovecho la ventaja de vivir a una nadería de distancia de cualquier bar. Me meto en uno que no conozco, bien aburguesado, que vende cocteles. Me gustan los lugares aburguesados como este. Me repulsa la gente que va, generalmente. Pero los lugares tiene un gusto que no es de discutir. 

Me tomo un Mai Tai. Me suena gracioso y me ronca tomármelo. Me sabe bien. Es dulce, un poco más que justamente dulce. Pero me gusta. Me he sentado en la barra. Sentarse en la barra, por más pequeña que sea te da un carácter sutil, pero directo. Sos el hombre solitario de la barra. Y a pesar de lo que en el pasado pensase, ya no arrastro una melancolía perdedora cuando me siento en el lugar más sagrado de todo bar. 

Salgo. Ya me quiero ir. La he pasado bien pensando. He pensado muchas cosas. He visto resúmenes de tenis en la pantalla. He pensado en el viaje que vendrá en unos meses. He pensado en los besos que pude haber dado esta noche. He pensado en la que ya no quiso más mis besos ninguna noche. 

He pensado en los besos que me hubiera gustado dar esta noche, a cientos de kilómetros de aquí. Y por un momento viajo al pasado, a un lugar cuyo nombre es una fecha, y a un beso dulce y largo. 

Pero no me engaño, no hay nada de melancolía en todo esto. 

Finalmente cuando voy bajando la cuesta camino a casa se me antoja una cerveza final, y entro a otro bar. Me siento en el espacio libre que queda en la barra, claro está. Me pido una Beck´s. Me gusta la Beck´s. Me vale una mierda que piensen que soy un dandi por tomarme una Beck´s. 

Y entonces, al rato de estar sentado, pasa. 

Le presto atención a la chica de la caja. Me atrae. Pero pasa algo que no preví: su mirada se cruza con la mía y nos quedamos mirando por un rato más largo de lo que dura un simple cruce de miradas. Cómo lo sé, no lo sé. Pero lo sé. Entro en estado de alerta al tiempo que por fin desvío la mirada. Pienso en lo que acaba de ocurrir. Sus ojos son preciosos, me convenzo. La cerveza está a la mitad.

La miro pasar a un interior sólo para empleados. La miro tomar su teléfono dándome la espalda. Se toca la cara. Algo no anda bien esta noche para ella, es sencillo entenderlo. Al salir no puedo evitar buscar su mirada. Ella se encuentra de golpe con mis ojos. Y me sonríe. 

Mierda. No tendo idea de lo que está pasando. 

Entro en una especie de pánico infantil. Me he convencido de que ella me fascina. De que en esta noche de ausencias acumuladas ella me parece absoluta e indiscutiblemente preciosa. Lleva el cabello trenzado. Es corto. Sus ojos no tengo una puta idea de qué color son, mi vista no me da. Pero me parece preciosa. 

Al frente de donde estoy sentado hay un estúpido plato con una leyenda: "La guillotine". 

Yo que estaba tan tranquilo, disfrutando de mi soledad esta noche me descubro ansioso. Verdaderamente ansioso. Mi pierna derecha se mueve precipitadamente sin descanso. Estoy arrancando en pedacitos las etiqueta de la botella. Descubro al otro lado de la barra un tipo que quizá conocí. Y que me parece un perfecto idiota. En realidad estoy disimulando, estoy quemando tiempo antes del próximo giro de cabeza en su búsqueda. ¿Me estará viendo?. Me siento estúpido. La verdad, insisto, no tengo idea de qué hacer. 

Cuando la busco otra vez con la mirada ella está ocupada. Está cobrando. Es la cajera y éste es su lugar de trabajo. Pero estoy convencido que se da cuenta que la he mirado. Quito la vista. Doy un sorbo a la cerveza. Y mientras mi mirada vuelve al rato una vez más a ella y ésta vez ella nuevamente me mira, y el asunto sigue por un rato más, yo fantaseo con lo que debería de hacer. La he visto un momento con cara de preocupación después de mirar su teléfono. ¿Y si le pregunto si está bien? ¿Y si cuando pago (porque es claro que ya he decidido pagar en la caja y no al barman) le doy mi tarjeta con mi número sin decirle nada, sólo me le quedo viendo?

Me siento estúpido y me río conmigo mismo. No demasiado, no vaya a ser que ella me esté mirando y se piense que soy un loco de mierda. 

La cerveza se acabó. Y yo sólo entré por una. Es hora de irse. Me decido. Voy a la caja. Ella me pide mi nombre, porque la cuenta está a mi nombre. Se lo doy. Estupendo, pienso, ahora sabe cómo me llamo. La miro mirar la computadora. Me parece lindísima. Me encantaría coquetearle toda la noche, estar los dos solos en un lugar íntimo, y pasar al menos una de esas noches que resignifican el sentido de lo que es vivir. Esas cosas que al final del camino son lo único que se viene con vos. 

Me cobra. Me sonríe. Me mira también. Y yo como un imbécil sin decidir si decirle algo. Me da el vuelto, le doy las gracias, me da las gracias. Sonrió. Sonríe. Qué mierda, esto nunca me había pasado. No tengo una puta idea de qué tengo que hacer. A uno no le enseñan a reaccionar ante estas cosas. De verdad ¿qué hago?. De verdad, nunca había estado tan seguro en mi vida de que una chica me está dando "pelota" con la mirada. Qué soberana mierda. Guardo el cambio en la billetera. Antes de darme la vuelta con la cabeza baja la miro casi por encima de las gafas, ella hace exactamente los mismo, aunque no lleva gafas, y nos sonreímos. Y como el estúpido que soy doy media vuelta y salgo del bar. 

Camino con el corazón que me late. Sonriendo estúpidamente. Fantaseando otra vez en lo que debí haber hecho. Al menos, pienso, el final de la noche fue emocionante. Probablemente sólo soy un tipo más que la mira mientras trabaja. Tal vez para mí sea particular, yo sólo soy otro más de lo muchos que habrá esa y otras noches. 

Creo que tendré que volver pronto a este bar. 

lunes, 17 de agosto de 2015

O la íntima que una vez fuiste.

Hace un par de días el calendario marcaba los cinco años. Es difícil deshacerse de una fecha tan exacta. Se me vino el día como un soplido que te hace voltear para arriba. Es ahora que el tiempo que nos ha separado es mayor al que nos unió. Y no sé si debería dolerme porque hace mucho que dejé de preguntarme si te encontraría en mitad de la senda sin mar que decidí hacer cada día.

Aquella melancolía quedó atrás. La punzada fría en la boca del estómago también. Y con ellas un montón de mundos y seres y momentos. Cuántas cosas que olvidé. Y supongo que vos misma, la que fuiste, también se la devoró la vida. 

Yo soy otro, pero no sabría decir cuán diferente. Soy. Y me siento muy bien. Hace rato que también dejé el odio que se me instaló cuando me soltaste aquella obviedad de que iba a ser feliz. Ahora me río, sin mofa, sólo me hace gracia. Me daban náuseas recobrar tus palabras golpeándome en los oídos. Por supuesto que iba a ser feliz sin vos, por supuesto que iba a seguir mi vida, lo que yo quería era vivirla con vos. 

Pero el rencor ya se fue. También el autorencor y la culpa. Cómo pasa el tiempo. 

Algún mes, te confieso, te me has aparecido en algún sueño. Y me jode el día. Metafóricamente. Me jode porque cuando me despierto lo hago recordándote. Y me entran unas jodidas ganas de escribirte, de preguntarte si estás bien, de saber cómo te ha ido todo este tiempo, de conocer en qué parte del mundo andás. Pero me arrepiento a los segundos, y me vuelven a dar ganas al rato, y me vuelvo a arrepentir un poco después del arrepentimiento inicial. Me acuerdo de mis propias palabras diciéndote que no quería volver a saber de vos. Se me va el día entre las ganas, la duda y la sensación de saber qué pasaría si lo hiciera. Y cuando por fin el día se acaba ya viene otro en el que no estás más. 

"El tiempo que nos ha separado es mayor al que nos unió". Y ahora soy otro, y vos otra. Y ya nada duele como antes, ni es tan urgente. Ni tengo certeza si le escribo a la desconocida que sos, o a la íntima que una vez fuiste. 

miércoles, 15 de julio de 2015

Nombre.

Hablar de su nombre significa,
descoserme los labios,
empalar mi ego,
desnudar mi fracaso,
dividir entre cero mi futuro;
llamarla en otro rostro
y que su recuerdo,
no pueda evocar
cicatrices antiguas,
ni contusiones recientes.

Cuánto peso
soportaba mi pecho bajo esa sola palabra.



Tomado, y levemente modificado a gusto, de Un Nombre del amigo Manuel Luna. Gracias por el permiso sin perdón.

miércoles, 11 de marzo de 2015

La química del autobús.

Alguna vez, en clases de química durante el colegio hace la mitad de mi vida atrás, la profesora hacía una metáfora de algo propio de los elementos químicos (¿o los compuestos?, no tengo idea) que se iba acomodando como si fuesen pasajeros de un autobús. En el transporte público nadie se sienta a la par de un desconocido así que primero se van llenando todos los pares de asientos disponibles y sólo cuando todos los campos están ocupados se empiezan a formar parejas.

Desde entonces, aquella atinada alegoría me hizo imposible dejar de prestar atención a cómo la gente se acomodaba en el bus, quién se sentaba junto a quién y quién no. Me evidenció ese complicado ejercicio selectivo cuando se cumple ese escenario de ausencia de campos solitarios y la gente debe elegir, a ojo y moral, al lado de cuál extraño hará su viaje.

***

No sé cuándo debió ser la primera vez. Desconozco si primero tuvieron el gesto conmigo y la que fuese mi pareja entonces. Y si eso me ayudó a entender que el amor, aunque en parte principio químico, no se ajusta a teorías ni pretensiones. Mucho menos lógicas, claro.

Cada vez que voy en un bus cuyos compartimientos están en su totalidad ocupados por viajantes solitarios, solitarias, y ocurre que sube alguna pareja de enamorados me aboco en la tarea de darles el par de asientos que acaparo innecesariamente.

Que vayan juntos, como tiene que ser. Que vayan cercanos, conversando, abrazados, besándose. No puedo ser yo el responsable de evitar esa chispa que le da sentido a la vida al menos temporalmente.

El gesto no es con ellos o ellas, no importa quiénes suben de la mano. Se trata de alzar la bandera de alimentar cualquiera que sea el acto de amor cotidiano que equilibre, aunque sea un poco, la química reactiva y violenta del diario urbanita.

lunes, 2 de marzo de 2015

Fuerza G.

Como dos fuerzas opuestas que actúan sobre mí a velocidades diferentes. Y la duda de una aceleración que no sé si debo generar, dejar fluir o simplemente si existe.

Este patético intento de metáfora física sirve para dibujar la más básica de las condiciones humanas con la que lidio cada día: mantener la cabeza fría y la plena conciencia de que todo cuanto me rodea no es más que polvo de estrellas que estallaron hace tiempo incomprensible atrás, que esencialmente mi vida y la de cada uno de los seres que amo o aborrezco no significa absolutamente, ínfimamente, nada en la inmensidad de todo cuanto es; y al mismo tiempo buscar la trascendencia propia, vencer a la muerte a través de la realización, o en otras palabras ser y hacer algo significativo a pesar de (o quizás por) mi condición de mortal insignificante.

Así las cosas no es extraño que ésta situación de vida, o más bien la claridad sobre ella, me provoque unas muy concretas ganas de fumar cada noche.

De momento sólo me queda llamarme la atención una vez más. Pero en esta ocasión debo también abofetearme, parear la cachetada de lucidez de ayer. Aquí no hay futuro, y estoy a mucha distancia de él.

No hay tiempo (ni fuerza) que perder.

jueves, 29 de mayo de 2014

Despierta.

Como el estruendo ferroso que deviene de algunos relámpagos. Así punza el sonido de campanillas del despertador los tímpanos a Diego. Sobresaltado por la situación, Diego se incorpora de golpe aturdido y asustado, completamente fuera de sí busca el origen del estrépito y halla el despertador de agujas de metal roído junto a su cama. Padece ahora ese desconcierto propio del que le arrebatan su sueño. Le tiemblan los labios. Su cuerpo aún tambaleante, una cabeza que se mueve para todos lados, hasta que los ojos se clavan en el aparato. Diego se detiene un momento, si entender aún, con un sabor seco y agrio en la boca. Se abalanza de golpe sobre la bestia como por instinto, aunque también puede ser por la necesidad inmediata de terminar con este ruido que le parte el pecho como cuando se revienta una fruta madura.

El ruido se apaga, y al hacerlo Diego escucha los latidos de su propio corazón saliéndosele por la garganta y las cienes, con dos hilos húmedos que le escurren desde la nariz. Diego siente que los músculos de su cuerpo se destensan con lentitud, especialmente sus hombros. Con la sábana enredada entre sus piernas Diego inicia el proceso de entender qué es todo aquello, y va acomodándose nuevamente en el lecho sin llegar a acostarse del todo mientras abre y cierra la boca para esparcir la escasa humedad que le queda en la lengua. ¿De dónde carajos había salido aquel aparato? En un primer momento piensa que aún duerme, que se debe a un cambio repentino y violento de su sueño de puentes y arbustos colgantes, y que todo se resume en el hecho de que su interior le quiere decir algo que ya comprenderá en los próximos días, cuando tuviese la calma para meditar. Buscar algo para leer, porque dicen que en los sueños, mientras se duerme pues, es imposible leer. Pero en su habitación Diego no guarda nada con lo que pueda comprobar la maravilla del lenguaje, gusta de tener sólo lo estrictamente necesario en su habitación para no cargarla de energía sobrante. Tales cosas cree Diego. Pero Diego no duerme. Aguanta la respiración, se agita, hace soplidos, inhala profundamente, todo ello con la inútil finalidad de hacerse despertar. Diego se convence: lúcido y vivo.

Llega a esta certeza y se aterroriza. Deja caer el despertador que ha llegado a sus manos sin darse cuenta y se arroja a un rincón envolviéndose con la sábana a modo de escudo contra la presencia del artefacto que cae pesadamente. Le tiemblan los labios de nuevo. La frente y la nuca empiezan a humedecérsele con sudor frío, y se le retuerce el estómago en huecos. ¿Cómo? Es la primera pregunta que se le viene a la cabeza y se le escapa en un susurro por un rato repetido. Porque ciertamente Diego no tenía y tuvo nunca un reloj despertador. El improbable reloj ha aparecido allí y este desconocimiento, esta ausencia de todo fundamento racional de lo que está ocurriendo, es lo que llena de pánico a Diego. A él, un prototipo de lo común al que jamás le ha ocurrido nada extraordinario o digno de recuerdo especial en toda su vida. Alguien tuvo que ponerlo allí. La generación espontánea no es propia de los aparatos que simbolizan el tiempo. Y entonces es cuando Diego se hace la segunda pregunta: ¿quién? Diego pasa de la quietud temerosa a la impaciencia oscilante en lo que duran estas conjeturas. Empieza por querer avanzar hacia el reloj, estira el cuello para verlo bien, para cerciorarse que realmente está allí, que no se trata de un engaño. Y en efecto, la jaqueca que le ha producido el estrépito de hace un momento no es ningún engaño. Aparta la sábana a un lado, se pone de rodillas, busca y no busca con la mirada, traga sequedad, alza las manos, estira los brazos desde los hombros, los recoge, se pone de pie a tientas apoyándose en la pared, la respiración se le ha convertido en agitación, avanza y retrocede hacia el reloj y la agitación se le ha convertido en furia, en rabia nunca contenida. Quién, quién putas, son las palabras que se le escapan, primero en susurros, luego en blasfemias a viva voz. Diego da vueltas sobre sí mismo, se arrojaba al suelo a mirar el reloj de cerca sin atreverse a tocarlo y en una de esas inspecciones cercanas el tic tac atrapa toda su atención. Deja por fin el arrebato y piensa, saca cuentas del suceso. Diego se convence. Diego está convencido. Todo aquello no puede ser obra de un solo individuo, un algo con la capacidad de colocar ese reloj junto a su cama lo hubiese percibido durante la madrugada, porque es evidente que aquello ocurrió durante la madrugada, anoche Diego estaba seguro de que ese reloj no estaba allí, es tan siquiera absurdo tratar de persuadirse de lo contrario. Un solo algo habría hecho demasiado ruido, cosa irónica ciertamente. Habría sido fácilmente detectado y, por consiguiente, hubiera sido brutalmente repelido por la humana condición de Diego, por haber cometido ese atrevimiento inconcebible, inaceptable, de irrumpir en su intimidad. Y siente miedo al entender hacia donde conducen las deducciones.

Se quita las medias y mete sus manos y brazos en ellas. Apoya su peso en las rodillas y los codos, y toma con lentitud el reloj. Analiza las agujas detenidas por completo a pesar de que el interior del reloj continúa en funcionamiento. El reloj no tiene tapa, de quererlo Diego podría acomodar la hora a su antojo y mantener esa hora para siempre. Las campanillas son grandes y el martillo tiene un brillo particular. Diego mira ese brillo que desde cierto ángulo parece tener más intensidad que toda la luz que hay en su habitación. Los ojos muy quietos. El sonido del tic tac se hace más intenso con cada segundo que pasa y Diego está totalmente absorto en los reflejos. Y el brillo del martillo rebota en los ojos de Diego y los ojos muy abiertos. Ahora cree entender.

Deja caer el reloj, se aparta de él dando un salto brusco hacia atrás, recoge los pies para alejarse lo más posible, en el rostro forma una mueca desesperada. Ellos han hecho esto, se dice Diego intentando sostener los labios. El tic tac aumenta. Diego sabe que debe apresurarse. Se arranca las medias de las manos, con ayuda de los dientes. Salta, se incorpora, revienta las medias contra la pared, mueve su cabeza por todos lados, esto lo han hecho ellos, dice bufando. Y los busca. Los busca por el techo, por el suelo, va pasando la cara por el rodapié, brinca de un lado a otro. Su enojo es serio. Lo han hecho, ellos, esto, se hiere Diego al decírselo para sí mismo. Y sigue buscando, busca por las grietas de la pared, debajo del colchón, por las jambas, sobre el llavín. Pero Diego no contempla ni un instante la posibilidad de abrir la puerta e intentar huir, correr y alejarse de ese tic tac que se convierte cada vez más en un ensordecimiento. Diego suda, le resbalan las gotas por la punta de la nariz, siente como le caen en el pie, en la rodilla. Las cienes le arden, se le inflaman nuevamente. Aún en su desesperación Diego no comprende cómo se han acomodado de tal manera para que esté sucediendo todo esto, esta inverosímil pero contundente cuenta atrás. Su tiempo se acaba. No, Diego no lo comprende, pero ya no es momento de entenderlo, y es que esto pasa más a menudo de lo que los pensadores quisieran, el dejar que las cosas lleguen hasta un punto sin retorno y terminar en algunos casos, que no es ya el de Diego como se ve, terminar lamentándose en un lloriqueo el porqué de esto o de aquello, y no haber hecho algo diferente cuando era posible. Y aunque a Diego se le escapa una lagrimita por un canto del ojo definitivamente no está llorando. Fatigado por la búsqueda, desordena las pocas cosas de su habitación, un intento en vano de hacer las cosas diferentes, da vuelta al colchón, quita la funda de la almohada, eructa en un arrebato que no sabe explicarse pero que le nace del alma. Pero el tic tac suena ahora con máxima fuerza, y Diego vuelve a sentir miedo, se percata otra vez del aparato al que había dejado de ponerle atención por la premura que el mismo aparato ha generado. Diego chilla, gesticula palabras nunca dichas, los ojos se le ponen rojos de cólera y de decepción, todo ocurre tan rápido, tan terriblemente rápido, el tic tac, la habitación, los puños cerrados, el suelo, el aire, el calor, la puerta, el sudor, la cabeza; y yo podría haber, empieza a decir Diego en el instante en que el tic tac detiene de súbito su sonar.

Los ojos se le abren como dos bolas gigantes. Lo que iba a decir se quedó así cortado en medio del aire revuelto. La boca abierta e inmóvil como el cuerpo. Sólo el labio parece temblar. La respiración se le pega en la garganta como una mala espina. Los puños los tiene cerrados, pero de a poco empieza a abrirlos. Diego no se ocupa más de ver el reloj cuando va cayendo al suelo. Primero cae de rodillas, mierda, es lo único que Diego arrodillado alcanza a decir. Su cuerpo cae inevitablemente al suelo con un sonido muerto. Y así, en la que era hasta hace un instante la habitación de Diego ahora predomina un silencio plácido. El reloj despertador despojado ya de toda utilidad no suena más junto al cuerpo que está boca abajo.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Sobre mi casa una nube roja.

Proyecto en Rojo es un colectivo emergente constituido por jóvenes mujeres que surge "con el objetivo de generar un espacio independiente de creación, investigación, formación y producción escénica", nos cuentan sus integrantes. El grupo se ha estrenado con el montaje Sobre mi casa una nube roja, una obra creada en su totalidad por el equipo con resultado sobresaliente.

La puesta ofrece un unipersonal que plantea una reflexión sobre la soledad en el contexto contemporáneo. Del mismo modo que el colectivo que le ha dado nacimiento, la obra está atravesada por la feminidad, sin llegar a caer en un discurso sexista/feminista o excluyente de lo masculino pues, al final, la soledad la padecemos todos los seres mortales. A propósito, se me vienen latentes las palabras de Erich Fromm en su Arte de Amar: "La vivencia de la separatidad provoca angustia; es, por cierto, la fuente de toda angustia. Estar separado significa estar aislado, sin posibilidad alguna para utilizar mis poderes humanos. De ahí que estar separado signifique estar desvalido, ser incapaz de aferrar el mundo -las cosas y las personas- activamente". (Texto completo aquí)

Laura Cordero es Hortensia. Foto: Proyecto en Rojo.


Hortensia es el personaje de la historia. "Esta mujer habita su casa, ese lugar íntimo y cotidiano en el cual se deposita mientras intenta hallarse a sí misma. De ahí huye y regresa, se encuentra y se pierde, renace y muere; contradicciones humanas", relatan con pasión las compañeras de Proyecto en Rojo.

Sobre mi casa una nube roja supera las expectativas que puedan formularse de la puesta. Es manifiesto el esmero y la minuciosidad con la que se ha construido la propuesta por parte del equipo de trabajo. Dramaturgia, dirección  e interpretación han sido sumamente cuidadas y el resultado es más que satisfactorio. Cabe decir que probablemente se ha debido a la metodología de trabajo que Proyecto en Rojo eligió para este proyecto, que implicó un proceso inductivo: desde la exploración corporal a la dramaturgia y la definición escénica.

"Me gustaría poder huir de verdad, salir corriendo, pero me da miedo irme, también me da miedo quedarme, me da miedo saber a qué le estoy huyendo."

La actuación de Laura Cordero es atinada, precisa e intensa. La corporalidad es fundamental para la puesta y consigue la intérprete conducir con ritmo la historia; Laura consigue metáforas visuales hermosas. En este sentido, el uso y aporte del espacio ha sido formidable. La puesta puede enmarcarse dentro de la propuesta performática del teatro íntimo que, como señalaba Cristina Moreno en un artículo periodístico, promueve funciones extremadamente sensoriales. 

Los y las espectadoras (de número muy reducido, lo que además garantiza funciones llenas) ocupan parte de una de las salas de la casa donde se desarrolla la obra, de manera tal que el público disfruta del juego de profundidades que la distribución de las otras habitaciones del espacio permite, es éste uso espacial un acierto de la obra, pues el acercamiento/alejamiento del personaje permite un concreto encuadre y composición de la acción que una sala tradicional no permitiría.

Afiche oficial de la segunda temporada.



Las piezas musicales son utilizadas con habilidad, lo mismo que el recurso audiovisual y lumínico, aunque este último aspecto es quizá el único donde la puesta queda debiendo, pues considerando el mismo juego espacial del que se ha hablado quizá los colores y sombras se hubiesen podido trabajar más armoniosamente, no obstante es compresible la limitación técnica que a su vez el espacio ofrece. De igual manera, los escasos recursos de utilería y escenografía son también agradables. Una mesa, una silla y una computadora, la triada de la modernidad donde los solitarios gastan (sobreviven) sus horas.

El vestuario es adecuado, aunque más atractivo aún resultan las constantes mudadas de ropa del personaje, metáfora brillante del cambio, alevoso o involuntario, que todos vivimos en el transcurrir de la cotidianidad.

La pieza logra tocar las aristas más exhaustivas de la soledad. De una u otra manera habrá algún elemento con el que nos identifiquemos (o suframos en silencio). ¿Cómo luchamos con nuestra soledad? ¿es posible sobrevivir sin ser lo que los demás quieren que seamos? ¿nos conducen los miedos, o nosotros los conducimos a ellos? ¿y el amor?. La puesta no ofrece soluciones, cierto es, pero nos hace pensar que es más importante.

Foto: Proyecto en Rojo.
Sobre mi casa una nube roja (nombre a penas para este blog, ¿verdad?) está cercana a finalizar su segunda temporada. Se presenta en El Sótano, un espacio/bar en Barrio Amón, Calle 3, Avenida 11. Es una propuesta que debe ser vista aún más, así que esperemos con ansias la tercera, cuarta y quinta temporada para el próximo año. Las funciones son de jueves a sábado a las 7:30 y se pueden hacer reservaciones a los teléfonos 8861-2281 / 8982-4816 / 8913-8521.

Ficha técnica
Dramaturgia: Alejandra Marín
Dirección: Aysha Morales
Actuación: Laura Cordero
Vestuario: Micaela Piedra
Diseño gráfico/escenográfico: Mariela Richmond

sábado, 16 de noviembre de 2013

Humedad.

Y la humedad del mar se me abre como en una estampa postal nunca lograda, y en la puesta del sol los rayos que se despedazan sobre las aguas me salpican los ojos de un dorado doloroso que me hace recordar el olor de humedades pasadas, cálidamente perfectas y presuntamente muertas.

Pero al final resulta ser solamente una estampa que devuelvo al estante. Camino entonces feliz con la humedad de lluvia que me empapa cuando se le antoja.

jueves, 7 de febrero de 2013

Sofía y el amor.


Sofía colecciona botones, si es que colecciona es la palabra adecuada. Dice que cada botón es como una experiencia, como un hecho, como un recuerdo que nace acompañado de un frío estomacal y te colma el pecho y la garganta, te humedece los ojos pero que te hace sonreír sin necesidad de mover los labios. Y hay que ver cuando esto te ocurre, acostado en la cama a media noche… es como si todas las cosas se detuvieran o, más bien, dejaran de ser importantes pues solamente importa aquello que te envuelve como un espasmo del alma, si es alma la palabra correcta. Y pues bien, a falta de motivaciones y circunstancias para sentir nacer tales arrebatos Sofía se clava en sus botones cada uno de ellos, dice, como un momento de la vida, particular, único, de color y tamaño concretos. Para Sofía que existan miles de botones en miles de botoneras le tiene sin cuidado pues los suyos encierran los significados que sólo ella conoce, y dicho esto se acomoda un mechón que le cae dulcemente por la cara con esas manos que a veces me quitan el sueño. Cualquiera le amaría cada vez que sale en defensa de sus botones.

Con todo y todos hemos intentando que salga de casa más a menudo y deje olvidada por un rato su afición a los botones en ese cofrecito forrado que guarda en el armario. Y ciertamente no son tantos como un coleccionista profesional podría pensar, se reducen a lo sumo a unas cuantas docenas, pero ya está dicho lo que Sofía siente, o se deja sentir. Es frecuente que cuando le proponemos a Sofía salir de casa ella lo resiste tiernamente, habla de sus botones, de las vueltas que da la vida, de lo que añora. Luego se escurre, como disculpándose, hacia su habitación donde todos sabemos repasa su breve colección y para cuando termina de revisarles cada agujero, cada calado y cada rayita ya todos nos hemos ido porque es tarde y en realidad nunca esperamos que Sofía nos haga caso y salga con nosotros.

Al final, su madre le tranquiliza, si es que tranquiliza es la acción adecuada, dejándole un botón por sorpresa en su mesita de noche y, en otras ocasiones menos afortunadas para Sofía, diciéndole que la tienda de botones ya está cerrada. Sofía se duerme, a veces apretando el botón nuevo con su mano o protegiendo cerca de sus mejillas el cofrecito y sueña que afuera llueve y que ella está desnuda. 

sábado, 12 de enero de 2013

O mío como siempre.

Tengo un amigo, cuyos adjetivos son "buen" y "poeta". Le conozco y le reconozco desde hace tiempo. No en pocas ocasiones me identifico en su letra, me reflejo y, a veces, me diluyo. Si, diluir es el término que busco. He pasado lugares y momentos inverosímiles con él, pero en su poesía vive más la realidad de lo que podría sospecharse.

Porque este amigo ha encontrado una nueva voz, le celebro en esta ocasión. Le odio por postergar tanto la publicación de su obra, pero me consuela compartirla acá.

Provecho.

---o---

¿Serás aire, brisa
o un anhelo?;
tuyo acaso;
o mío como siempre,
hoy la oscuridad
puede y es distancia,
un mar interno
poblado de ojos,
ausencia
que reconcilia lo roto
con aquello que no dejamos salir;

Resumiendo:
lo posible
es una sospecha
la sombra que crece
hasta que la espera es imposible
manos que miden
mientras invoco
en silencio
muy a mi pesar
al dios pequeño
que salta de mi pecho.

¿Qué será de nosotros?
no somos más
que un pronombre insospechado
inaudible a cualquier lenguaje;
sueño a solas
seamos
una sombra común
con un árbol de por medio
dos manos incógnitas
con los dedos aferrados
inesperados
a ras de tierra.

Manuel Luna

domingo, 2 de diciembre de 2012

El otro lado de la nube negra.

Estoy acá, al otro lado. Hace rato que he llegado, pero me ha tomado un trago más escribirlo. Anoche me apareciste de la nada en mi sueño, con un mapa en la mano. Yo te hablé del atardecer en Praga que veríamos o no veríamos; y luego, en mitad de una calle bohemia bañada por un cielo naranja y distante, descubrí por única compañía un viento que me azotaba la gabardina. Y fue así, por este suceso inesperado, que me conduje a una mesa repetida adrede y comencé a escribir esta postergada escritura.

Varias vueltas de mundo me tomó llegar hasta acá, al otro lado, para descubrir que finalmente nada había, nadie esperaba. Aquí, donde no existe ni se habla de ningún mar mis manos ya no queman cuando son tocadas. Este vacío resultó no ser tan tormentoso, sencillamente es. Un vacío sin humo blanco. 

Para llegar acá crucé apagones, lunas reventaron sobre y debajo de mí. Caminé sobre cristales rotos. Aprendí a doblar esquinas como antes de que mi pelo se alargara. Entendí que tus espadas rojas me enseñaron su filo por última vez, y que lo simple y lo complicado son caras de una misma moneda. 

Escribo estas letras, que no guardan ningún rastrojo de esperanza, como un saldo pendiente conmigo mismo. Y aunque en ocasiones anhelo tu humedad en secreto, y aunque muy a veces te resiento en silencio, ya no me pregunto si más adelante volveré a encontrarte en mitad de esta senda sin mar que hago cada día. 

viernes, 27 de julio de 2012

Vidas.

Ha mucho tiempo ya que dos andantes arribaron a tierras ístmicas con una técnica escénica totalmente desconocida: la improvisación teatral. Recuerdo a Javier y a Bárbara llegar a una sala de teatro que no voy a mencionar acá (y que en todo caso ya no existe), presentarse y ofrecer su espectáculo. Les dieron pelota, como se dice popularmente, lo recuerdo, y una noche cercana a su llegada presentaron su máquina de hacer historias con una recepción fabulosa del (poco) público que había llegado (a que ya se puede imaginar porque ya no existe la no mentada sala).

Recuerdo haberles visto como dos simples viajeros, dos aves de paso que tenían un dominio fabuloso del escenario; supuse su presentación en otros lugares, y después que todo quedase en un bonito y divertido recuerdo. Por suerte me equivoqué: dos o tres años después ya habían hecho lo suficiente para dejar antes de su partida la semilla creciendo en, cuanto menos, los que iban a ser tres buenos amigos.


Impromptu es el resultado de ese proceso de crecimiento artístico. Hoy por hoy, sus integrantes Javier Monge, Rolando Salas y Andrey Ramírez han convertido al grupo en ser el que lleva la batuta en lo que respecta a improvisación teatral en Centroamérica: organiza eventos, encuentros internacionales, match de improvisación y desarrolla sus propios espectáculos. Entre éstos precisamente se cuenta Vidas, trabajo que se está por finalizar su segunda temporada en el Teatro Giratablas.

Bien, imagine esto: usted muere, anda deambulando entre tonadas inéditas por ese lugar extraño donde fue a parar (cielo, infierno, limbo, ¿cómo saberlo?), y algo sucede realmente agradable; le ocurre que encuentra a sus dos mejores amigos con los que podrá compartir sus historias de vida por toda la eternidad. Simpático, ¿verdad?. Pues así inicia el espectáculo Vidas, con la muerte, ya de entrada un lindo juego.

Andrey Ramírez
Tres amigos, la eternidad por delante (que para nuestros efectos durará poco más de una hora) y la convicción de esperar que estos amigos nos sorprendan.

Una de la máxima de Impromptu (realmente lo deduzco) es la innovación, y en Vidas nos ofrecen formatos de impro nunca antes presentados en Costa Rica. Aquí podremos apreciar historias que utilizan recursos tanto de la comedia como el drama, el terror o el absurdo; historias de unos quince minutos de duración cada una, lo cual es mucho para el tipo de impro al que estábamos acostumbrados.

Los actores van construyendo las historias a partir de las ideas que el público les ha dado previamente, antes de iniciar la función, a través de múltiples papelitos que los actores tienen a mano. Con ideas como un lugar, un oficio o un pecado, las historias pueden llevarnos a sitios totalmente insospechados. 

El trabajo de los actores en el escenario es agradable y entretenido, demuestran dominio sobre la técnica y deseos de llevar las historias al límite. Una virtud del espectáculo es la iluminación: son los mismos actores quienes controlan los cambios de luz. 

Son bastantes las zonas de luz que se manejan, y ciertamente es imposible deducir si los cambios de zonas ocurren al azar o con alevosía, de lo único que estamos seguros es que los actores manipulan el ritmo de los cambios.

Este elemento levanta el ritmo general del espectáculo y estéticamente resulta sumamente atractivo. Funciona además como un "Plan B", pues si nos topásemos con que la historia no anda del todo bien la luz puede ser un recurso salvador.

El público puede ver y volver a ver el espectáculo cuantas noches quiera, siempre se topará algo diferente, lo que lo hace un espectáculo con capacidad para innovar sobre sí mismo. Recomendada.
Rolando Salas