Regreso a este espacio entre el norte y el sur. A pesar de mi voluntad. A pesar del pesar.
El teléfono vibra.
"Desde que te fuiste murió Bowie y detuvieron al Chapo.
Es un desastre".
¿Cómo hace uno para que no se le contorsione el corazón?
Las nubes vienen y se van y vuelven a venir. Somos una nube negra, somos lo que hacemos y lo que arrastramos. Ahora que todo está dicho, ahora que no quedan islas ni mares, ahora que estamos solos. Un lugar donde aparcar nuestras ideas bajo este cielo oscuro es necesario.
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lunes, 11 de enero de 2016
miércoles, 11 de marzo de 2015
La química del autobús.
Alguna vez, en clases de química durante el colegio hace la mitad de mi vida atrás, la profesora hacía una metáfora de algo propio de los elementos químicos (¿o los compuestos?, no tengo idea) que se iba acomodando como si fuesen pasajeros de un autobús. En el transporte público nadie se sienta a la par de un desconocido así que primero se van llenando todos los pares de asientos disponibles y sólo cuando todos los campos están ocupados se empiezan a formar parejas.
Desde entonces, aquella atinada alegoría me hizo imposible dejar de prestar atención a cómo la gente se acomodaba en el bus, quién se sentaba junto a quién y quién no. Me evidenció ese complicado ejercicio selectivo cuando se cumple ese escenario de ausencia de campos solitarios y la gente debe elegir, a ojo y moral, al lado de cuál extraño hará su viaje.
No sé cuándo debió ser la primera vez. Desconozco si primero tuvieron el gesto conmigo y la que fuese mi pareja entonces. Y si eso me ayudó a entender que el amor, aunque en parte principio químico, no se ajusta a teorías ni pretensiones. Mucho menos lógicas, claro.
Cada vez que voy en un bus cuyos compartimientos están en su totalidad ocupados por viajantes solitarios, solitarias, y ocurre que sube alguna pareja de enamorados me aboco en la tarea de darles el par de asientos que acaparo innecesariamente.
Que vayan juntos, como tiene que ser. Que vayan cercanos, conversando, abrazados, besándose. No puedo ser yo el responsable de evitar esa chispa que le da sentido a la vida al menos temporalmente.
El gesto no es con ellos o ellas, no importa quiénes suben de la mano. Se trata de alzar la bandera de alimentar cualquiera que sea el acto de amor cotidiano que equilibre, aunque sea un poco, la química reactiva y violenta del diario urbanita.
Desde entonces, aquella atinada alegoría me hizo imposible dejar de prestar atención a cómo la gente se acomodaba en el bus, quién se sentaba junto a quién y quién no. Me evidenció ese complicado ejercicio selectivo cuando se cumple ese escenario de ausencia de campos solitarios y la gente debe elegir, a ojo y moral, al lado de cuál extraño hará su viaje.
***
Cada vez que voy en un bus cuyos compartimientos están en su totalidad ocupados por viajantes solitarios, solitarias, y ocurre que sube alguna pareja de enamorados me aboco en la tarea de darles el par de asientos que acaparo innecesariamente.
Que vayan juntos, como tiene que ser. Que vayan cercanos, conversando, abrazados, besándose. No puedo ser yo el responsable de evitar esa chispa que le da sentido a la vida al menos temporalmente.
El gesto no es con ellos o ellas, no importa quiénes suben de la mano. Se trata de alzar la bandera de alimentar cualquiera que sea el acto de amor cotidiano que equilibre, aunque sea un poco, la química reactiva y violenta del diario urbanita.
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lunes, 15 de septiembre de 2014
Su nombre no es María.
Tal vez no la primera pero sí la primera, la más significativa. María, mujer, tomada por el dios/hombre, violentada por su vientre, despojada de la propiedad y soberanía de su cuerpo. Arrebatada de su voluntad, silenciada su voz, martirizado su futuro, designado su destino para siempre, el para siempre que dure esto que es y que le llamamos existencia, por los siglos de los siglos, aunque todo se resuma en una mota de polvo de la existencia misma, una más grande, inmensa, de la cual somos parte en la más completa ignorancia del sentido de las cosas.
Pero dentro de nuestro sentido, mínimo y diminuto que es ya suficiente, María fue robada de sí misma y con ella muchas más que vendrán después, cientos de miles, arrebatado su cuerpo, el único medio de transporte para atravesar esta vida que es lo único que tenemos. Cientos de miles en cientos de miles de lugares. Y muchas se llamarán María. María-madre. María-esposa. María-hija. Y a muchas les remarcarán la propiedad con segundos nombres: Dolores, Auxiliadora, Magdalena, Trinidad, de los Ángeles, Esperanza, de Dios.
Y ella, frente a mí, me dice que su nombre no es María, que no lo acepta, que no puede aceptar llamarse así. Ella, decididamente frente a mí, lo reniega con la misma vehemencia que tiene la lluvia al caer. Y yo la miro, la escucho, casi sin moverme, porque su discurso repica dentro mío, me mueve cosas que sólo se mueven cuando suena el tono de las verdades. A partir de ahora y para siempre ha conseguido mi más absoluta atención. Para mí también ha dejado de llamarse María. Sólo existe lo que es nombrado. Da un sorbo para mojar su voz de terciopelo y aprovecho el instante para ver sus labios besar la botella.
(Tal vez no me estás diciendo nada de esto, tal vez no te entiendo realmente, pero es lo que me evocás, es lo que torpemente comprendo sin perder la cordura de escucharte. Cada palabra que vas diciendo se me revuelve con otras que tengo en la cabeza. Todo yo, todo lo que soy, se dirige hacia vos y por un rato me hacés creer que es posible que existan los linajes de luz.)
Reivindica su arte. En él se alborotan tres generaciones que ama. Tres diferentes mujeres que convergen en el mismo punto de existencia, que convergen en ella. Y en realidad estas generaciones son todas las generaciones, porque ella es el sentido correcto de ser bendita entre todas las mujeres. Ser mujer. Internamente confieso no saber lo que es eso, no poder entenderlo cabalmente. Pero lo siento cuando ella lo dice, lo comprendo y lo vivo a través de las palabras que me está diciendo, de frente, que avanzan una detrás de la otra como la bruma, con el mismo aliento que exhalan las montañas al amanecer.
Ella me hace ver que se ha apropiado de sí misma. Que es única, que posee el control de su vida. Ella es una amenaza para muchos y lo sabe. Se ha reivindicado, ha reivindicado el ser mujer apropiándose de su cuerpo. Habla de él, de su simbolismo, del uso metafórico y literal de su desnudez. De su cuerpo. Porque su cuerpo puede ser cuando está sin ataduras, sin ropas y sin miradas que juzgan. Al poseerse a sí misma ha levantado la bandera de cientos que les arrebataron ese derecho. Hace una pausa para volver a beber, y es probable que yo no esté disimulando la admiración que siento y que se me quiere salir por la garganta.
(Ojalá tuviera la energía que hay en vos para romper cadenas.)
Termina de hablar, ha dicho cuanto tiene que decir por ahora. Yo guardo silencio. Todo este tiempo la he mirado más allá de esta mesa que compartimos, de esta mesa que la separa y la acerca a la vez. Ahora miro sus ojos. Dos girasoles gigantes, que miran más allá del sol. Cómo desearía regar esos girasoles cualquier mañana de verano, cualquier noche de relámpago. Cómo quisiera llenarlos de color y darles excusas suficientes para que de ellos brote abundante el fuego de la vida, un fuego que le sirva para incendiar todos los caminos por los que decida caminar.
Vuelvo a la mesa, vuelvo a esta noche que aún es joven. Aterrizo las ideas. No puedo resumir todo lo que de ella he aprendido. Doy un sorbo de mi vaso. Sonrío. "Te admiro y te respeto", es todo cuanto digo y con ello pretendo decir todo lo que no podré decir hasta pasado el tiempo necesario para saber cuáles son las palabras correctas.
Pero dentro de nuestro sentido, mínimo y diminuto que es ya suficiente, María fue robada de sí misma y con ella muchas más que vendrán después, cientos de miles, arrebatado su cuerpo, el único medio de transporte para atravesar esta vida que es lo único que tenemos. Cientos de miles en cientos de miles de lugares. Y muchas se llamarán María. María-madre. María-esposa. María-hija. Y a muchas les remarcarán la propiedad con segundos nombres: Dolores, Auxiliadora, Magdalena, Trinidad, de los Ángeles, Esperanza, de Dios.
Y ella, frente a mí, me dice que su nombre no es María, que no lo acepta, que no puede aceptar llamarse así. Ella, decididamente frente a mí, lo reniega con la misma vehemencia que tiene la lluvia al caer. Y yo la miro, la escucho, casi sin moverme, porque su discurso repica dentro mío, me mueve cosas que sólo se mueven cuando suena el tono de las verdades. A partir de ahora y para siempre ha conseguido mi más absoluta atención. Para mí también ha dejado de llamarse María. Sólo existe lo que es nombrado. Da un sorbo para mojar su voz de terciopelo y aprovecho el instante para ver sus labios besar la botella.
(Tal vez no me estás diciendo nada de esto, tal vez no te entiendo realmente, pero es lo que me evocás, es lo que torpemente comprendo sin perder la cordura de escucharte. Cada palabra que vas diciendo se me revuelve con otras que tengo en la cabeza. Todo yo, todo lo que soy, se dirige hacia vos y por un rato me hacés creer que es posible que existan los linajes de luz.)
Reivindica su arte. En él se alborotan tres generaciones que ama. Tres diferentes mujeres que convergen en el mismo punto de existencia, que convergen en ella. Y en realidad estas generaciones son todas las generaciones, porque ella es el sentido correcto de ser bendita entre todas las mujeres. Ser mujer. Internamente confieso no saber lo que es eso, no poder entenderlo cabalmente. Pero lo siento cuando ella lo dice, lo comprendo y lo vivo a través de las palabras que me está diciendo, de frente, que avanzan una detrás de la otra como la bruma, con el mismo aliento que exhalan las montañas al amanecer.
Ella me hace ver que se ha apropiado de sí misma. Que es única, que posee el control de su vida. Ella es una amenaza para muchos y lo sabe. Se ha reivindicado, ha reivindicado el ser mujer apropiándose de su cuerpo. Habla de él, de su simbolismo, del uso metafórico y literal de su desnudez. De su cuerpo. Porque su cuerpo puede ser cuando está sin ataduras, sin ropas y sin miradas que juzgan. Al poseerse a sí misma ha levantado la bandera de cientos que les arrebataron ese derecho. Hace una pausa para volver a beber, y es probable que yo no esté disimulando la admiración que siento y que se me quiere salir por la garganta.
(Ojalá tuviera la energía que hay en vos para romper cadenas.)
Termina de hablar, ha dicho cuanto tiene que decir por ahora. Yo guardo silencio. Todo este tiempo la he mirado más allá de esta mesa que compartimos, de esta mesa que la separa y la acerca a la vez. Ahora miro sus ojos. Dos girasoles gigantes, que miran más allá del sol. Cómo desearía regar esos girasoles cualquier mañana de verano, cualquier noche de relámpago. Cómo quisiera llenarlos de color y darles excusas suficientes para que de ellos brote abundante el fuego de la vida, un fuego que le sirva para incendiar todos los caminos por los que decida caminar.
Vuelvo a la mesa, vuelvo a esta noche que aún es joven. Aterrizo las ideas. No puedo resumir todo lo que de ella he aprendido. Doy un sorbo de mi vaso. Sonrío. "Te admiro y te respeto", es todo cuanto digo y con ello pretendo decir todo lo que no podré decir hasta pasado el tiempo necesario para saber cuáles son las palabras correctas.
jueves, 7 de febrero de 2013
Sofía y el amor.
Sofía colecciona botones, si es que colecciona
es la palabra adecuada. Dice que cada botón es como una experiencia, como un
hecho, como un recuerdo que nace acompañado de un frío estomacal y te colma el
pecho y la garganta, te humedece los ojos pero que te hace sonreír sin
necesidad de mover los labios. Y hay que ver cuando esto te ocurre, acostado en
la cama a media noche… es como si todas las cosas se detuvieran o, más bien,
dejaran de ser importantes pues solamente importa aquello que te envuelve como
un espasmo del alma, si es alma la palabra correcta. Y pues bien, a falta de
motivaciones y circunstancias para sentir nacer tales arrebatos Sofía se clava
en sus botones cada uno de ellos, dice, como un momento de la vida,
particular, único, de color y tamaño concretos. Para Sofía que existan miles de
botones en miles de botoneras le tiene sin cuidado pues los suyos encierran los
significados que sólo ella conoce, y dicho esto se acomoda un mechón que le cae
dulcemente por la cara con esas manos que a veces me quitan el sueño.
Cualquiera le amaría cada vez que sale en defensa de sus botones.
Con todo y todos hemos intentando que salga de casa más a menudo y deje olvidada por un rato su afición a los botones
en ese cofrecito forrado que guarda en el armario. Y ciertamente no son tantos
como un coleccionista profesional podría pensar, se reducen a lo sumo a unas
cuantas docenas, pero ya está dicho lo que Sofía siente, o se deja sentir. Es
frecuente que cuando le proponemos a Sofía salir de casa ella lo resiste
tiernamente, habla de sus botones, de las vueltas que da la vida, de lo que añora.
Luego se escurre, como disculpándose, hacia su habitación donde todos sabemos
repasa su breve colección y para cuando termina de revisarles cada agujero,
cada calado y cada rayita ya todos nos hemos ido porque es tarde y en realidad
nunca esperamos que Sofía nos haga caso y salga con nosotros.
Al final, su madre le tranquiliza, si es que
tranquiliza es la acción adecuada, dejándole un botón por sorpresa en su mesita
de noche y, en otras ocasiones menos afortunadas para Sofía, diciéndole que la
tienda de botones ya está cerrada. Sofía se duerme, a veces apretando el botón
nuevo con su mano o protegiendo cerca de sus mejillas el cofrecito y sueña que
afuera llueve y que ella está desnuda.
martes, 22 de mayo de 2012
I love Clint Eastwood.
"Quizá el dinero no da la felicidad,
pero la cirugía estética sí"
Los textos de Miguel Morillo son siempre delirantes. Sus personajes, siempre en el vilo de un estallido, nos recuerdan que el reloj despertador de la vida nos espera doblando a la vuelta de la esquina, nos recuerdan que también estamos a punto de estallar. Son, los personajes de Miguel, irreales y ficticios sobre el papel, pero sobre el escenario son más reales y sinceros que nosotros mismos; como suele suceder en estos casos, el espectador sentirá más identificación con unos que con otros, será casi como una confesión secreta.
![]() |
| Fernando Bolaños. Foto: Sole Rodríguez |
Morillo, que con no poca ironía se define como un dramaturgo underground
contemporáneo, posee una muy plausible cualidad de saber qué decir y
cuándo y cómo decirlo. Sus obras son delirantes, como ya he dicho,
excitantes, morbosas, algo obscenas (calificativo que estoy seguro le
provocaría una sonrisa satisfecha) cómicas, concisas y contundentemente
lapidarias. De reírse a más no poder del desgraciado disfrazado de
Batman (con un traje que no es de su talla) hasta solidarizarse de su condición, porque es nuestra condición, hay pocos segundos de diferencia.
"Calculo mi sueldo en cafés
y me desespero"
![]() |
| Pedro Sánchez. Foto: Sole Rodríguez. |
I love Clint Eastwood es un extraordinario texto cuya puesta en escena ha sido realizada en Costa Rica por ArKetipo Arte & Comunicación. Ya en 2008 ArKetipo hizo debutar la dramaturgia de Morillo con la obra Hamlet García, obra que nos presentaba a cuatro personajes que iconizaban personalidades urbanas postmodernas. Como eje temático transversal a la obra de Miguel, los personajes manifestaban sus ideales de (supuesta) felicidad; al final, cuatro historias se entretejían en un clímax onírico y desastroso (para los personajes, quiero decir).
El tratamiento estético que se le diera a aquella puesta dirigida por Andrés Montero, mezclando el audiovisual con el arte escénico, es retomada por ArKetipo para I love Clint Eastwood con mucho mayor atrevimiento de suerte tal que ésta combinación artística se convierte en el sello distintivo del grupo.
"Y voy a invitar a Clint Eastwood
a mi cine privado,
a ver películas de Clint Eastwood"
La historia gira en torno de dos personajes: uno que fantasea con ganarse el premio mayor de la lotería y en el que vemos reflejados los excesos consumistas de la sociedad actual, un delirio de grandeza, de darse importancia, de buscar la satisfacción personal no en el interior ni en los demás, sino más bien en las apariencias sociales; el segundo personaje nos cuenta su rutina diaria, sus dudas e inquietudes, nos hace formar parte de su solitaria vida hasta que un encuentro le hará cambiar la manera de ver las cosas.
Ambos personajes podrían ser uno sólo, o desconocidos, o bien ser álter ego del otro. Yo prefiero que cada quién le encuentre el sentido que mejor le conviene. Las historias de sus vivencias hacen que el público vea reflejadas muchas de sus situaciones y ensueños diarios. La obra avanza con excelente ritmo hasta un punto sin retorno en el que ambos personajes creerán descubrir el verdadero sentido de la vida.
![]() |
| Foto: Sole Rodríguez. |
Clint Eastwood es un personaje más dentro de la historia. Se hacen constantes referencias tanto a él como a su obra y la obra en la que ha participado como actor, especialmente Harry El Sucio. Clint deviene en un ícono, un símbolo para una sociedad que cambia demasiado deprisa.
Esta es obra que hay que ver, es un espectáculo que satisface los sentidos y que, además de hacernos reír (y hasta llorar acaso) nos hace pensar, cosa que se agradece en los tiempos que corre.
Para detalles más a profundidad del espectáculo acá un link con una entrevista realizada al director de la puesta, Pablo Morales, en la emisora local 104.7.
---o---
A modo de epílogo...
Hoy en día Miguel habita en una España que nos duele a todas y todos que no creemos en fronteras ni en banderas; una España que es el reflejo de Europa, es reflejo del mundo, este mundo en donde trabajamos para pagar las facturas de unos pocos. Miguel está allí y mientras, probablemente, se caga de frío en el próximo invierno, su obra comienza a internacionalizarse, cosa que me alegra mucho por él y por todos nosotros.
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martes, 1 de marzo de 2011
Instantes felices.
Leo un libro, esperando mi turno de ser el hábil técnico que quiero ser. A lo largo de la obra hay dos largos momentos en que mi ingenio visual no tiene que intervenir en la historia. Por eso leo. Porque la obra ya me la sé.
Y entonces algo como un soplo, como un pequeño roce sobre los bellos de mi nuca, me hace detenerme y ver a mi alrededor. Volteo mi cabeza a mi izquierda y observo a Ramiro seguir el texto con la mano atenta en el reproductor de audio. Miro a la derecha, lentamente, y Fran descansa apoyado en el respaldar del asiento; su rostro lo baña la luz azul de una lamparita, y esa luz baña también la consola de luces.
Sólo se escucha el ronroneo que escupe el ventilador del proyector de video delante de mi y la tensión vibrante de la corriente eléctrica que se desprende de los tachos y que sólo obedece a los movimientos de Fran. Alzo más la vista, y sólo se escucha el peculiar silencio de un teatro en el transcurso de una función: un asiento rechinar, un estornudo apagado, los actores... Abajo, sobre el escenario, los actores juegan a ser quienes no son, como es natural.
Y yo ahí, joven y vivo, desde la cabina suspendida sobre las cabezas del público, me doy cuenta que estar ahí me hace feliz.
La felicidad es cosa ambigua. Pero hay pequeños momentos de lucidez, más bien como ráfagas de energía, que te hacen recordar que la felicidad es algo que puede existir, a pesar de ser una señora que pasa a saludar muy de vez en cuando.
Y entonces algo como un soplo, como un pequeño roce sobre los bellos de mi nuca, me hace detenerme y ver a mi alrededor. Volteo mi cabeza a mi izquierda y observo a Ramiro seguir el texto con la mano atenta en el reproductor de audio. Miro a la derecha, lentamente, y Fran descansa apoyado en el respaldar del asiento; su rostro lo baña la luz azul de una lamparita, y esa luz baña también la consola de luces.
Sólo se escucha el ronroneo que escupe el ventilador del proyector de video delante de mi y la tensión vibrante de la corriente eléctrica que se desprende de los tachos y que sólo obedece a los movimientos de Fran. Alzo más la vista, y sólo se escucha el peculiar silencio de un teatro en el transcurso de una función: un asiento rechinar, un estornudo apagado, los actores... Abajo, sobre el escenario, los actores juegan a ser quienes no son, como es natural.
Y yo ahí, joven y vivo, desde la cabina suspendida sobre las cabezas del público, me doy cuenta que estar ahí me hace feliz.
La felicidad es cosa ambigua. Pero hay pequeños momentos de lucidez, más bien como ráfagas de energía, que te hacen recordar que la felicidad es algo que puede existir, a pesar de ser una señora que pasa a saludar muy de vez en cuando.
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