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martes, 24 de enero de 2017

En algún punto del ruido blanco

Al llegar la noche en la habitación de mi madre, acostado en la oscuridad rota de líneas anaranjadas que se filtraban por los bordes de la cortina, llegaban los sonidos de la ciudad, rumor de motores y esporádicos tacones martillando el asfalto. 

De niño prestaba más atención a los sonidos. Los años te matan esa atención primaria. También los audífonos a todo volumen. 

Estoy parado en el balcón de mi apartamento que da a la noche despejada de un verano que empieza. 

Este instante es una extraña proyección de lo que ese niño se pensaba una vez grande. O de lo que este grande quiere pensar que proyectaba ese niño. 

Recuerdo, con algo que no es nostalgia ni exactamente lamentación, la manera en que mi mente infantil se iba de paseo con aquellos sonidos que forman parte de una relación que ahora me es imposible romper con el espacio de concreto. Con cualquier espacio de cemento, altura y caos. 

Pero el sonido principal no lo recuerdo. ¿Un silbido, un pitido, una alarma? No logro recordarlo, pero sé que existió. Y su importancia enorme. 

Nada en este presente de noche de silencio habitado, de ruido vacío, se le parece ni me lo recuerda. 

E indefectiblemente asumo que el momento de recordarlo será esa aún lejana probable noche de segunda niñez, en que se acerque el momento de escuchar todo por última vez.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Barra. Crónica semietílica.

La noche se hizo larga. Así no más, porque le dio la gana. 

El comienzo tiene forma de cita frustrada, la que no se pudo concretar por capricho del azar. Un mal funcionamiento de la red telefónica basta para estropear un plan tan pacientemente elaborado durante un par de semanas. 

Pero una llamada, con un sistema restablecido, parece solucionarlo, una especie de volver al plan original. Y el azar, tan jekylliano él, vuelve a impedir una segunda cita, de diferente naturaleza es cierto, pero de satisfacción igualmente resolutoria. 

Yo mientras tanto trabajo. Trabajo porque es lo que más hago. Trabajo porque es lo que tengo que hacer, lo que siempre tengo por hacer. A veces me pregunto si estaré enfermo por disfrutar lo que hago, pero que lo hago siempre, a toda hora, en todo lugar. A veces sólo dan ganas de detenerse, parar la orquesta estridente de los días y echarse a llorar. 

Y en el marasmo de la contradicción tecnológica, una llamada de larga distancia aliviana la ansiedad que se me instala en el pecho, y aún es tan temprano... Hablar con ella me alegra, me reconforta. Miles de kilómetros de distancia, pero tan cerca. Es un asterisco. Qué digo asterisco, es un par de corchetes en la historia de mis días, con su propia partitura. Y la extraño. Y la extraño más en estos días. Porque sí.  

Y cuando termino de hablar con ella me entran ganas de salir de la casa al menos por un rato. Necesito salir. La ansiedad me está jodiendo. Haber dejado de fumar me está jodiendo.

En estos días las ausencias se me han acumulado de manera lapidaria. Cada una es muy suya, pero es ausencia al fin. Como ésta que se me clavó hace tres meses, la más nuevecita, pero igualmente hija de puta. 

Y cuando las ausencias se te arremolinan entre el estómago y el pecho lo cierto es que no hay cuerpo que aguante. 

Salgo de mi casa tranquilo a pesar del drama que describo. Aprovecho la ventaja de vivir a una nadería de distancia de cualquier bar. Me meto en uno que no conozco, bien aburguesado, que vende cocteles. Me gustan los lugares aburguesados como este. Me repulsa la gente que va, generalmente. Pero los lugares tiene un gusto que no es de discutir. 

Me tomo un Mai Tai. Me suena gracioso y me ronca tomármelo. Me sabe bien. Es dulce, un poco más que justamente dulce. Pero me gusta. Me he sentado en la barra. Sentarse en la barra, por más pequeña que sea te da un carácter sutil, pero directo. Sos el hombre solitario de la barra. Y a pesar de lo que en el pasado pensase, ya no arrastro una melancolía perdedora cuando me siento en el lugar más sagrado de todo bar. 

Salgo. Ya me quiero ir. La he pasado bien pensando. He pensado muchas cosas. He visto resúmenes de tenis en la pantalla. He pensado en el viaje que vendrá en unos meses. He pensado en los besos que pude haber dado esta noche. He pensado en la que ya no quiso más mis besos ninguna noche. 

He pensado en los besos que me hubiera gustado dar esta noche, a cientos de kilómetros de aquí. Y por un momento viajo al pasado, a un lugar cuyo nombre es una fecha, y a un beso dulce y largo. 

Pero no me engaño, no hay nada de melancolía en todo esto. 

Finalmente cuando voy bajando la cuesta camino a casa se me antoja una cerveza final, y entro a otro bar. Me siento en el espacio libre que queda en la barra, claro está. Me pido una Beck´s. Me gusta la Beck´s. Me vale una mierda que piensen que soy un dandi por tomarme una Beck´s. 

Y entonces, al rato de estar sentado, pasa. 

Le presto atención a la chica de la caja. Me atrae. Pero pasa algo que no preví: su mirada se cruza con la mía y nos quedamos mirando por un rato más largo de lo que dura un simple cruce de miradas. Cómo lo sé, no lo sé. Pero lo sé. Entro en estado de alerta al tiempo que por fin desvío la mirada. Pienso en lo que acaba de ocurrir. Sus ojos son preciosos, me convenzo. La cerveza está a la mitad.

La miro pasar a un interior sólo para empleados. La miro tomar su teléfono dándome la espalda. Se toca la cara. Algo no anda bien esta noche para ella, es sencillo entenderlo. Al salir no puedo evitar buscar su mirada. Ella se encuentra de golpe con mis ojos. Y me sonríe. 

Mierda. No tendo idea de lo que está pasando. 

Entro en una especie de pánico infantil. Me he convencido de que ella me fascina. De que en esta noche de ausencias acumuladas ella me parece absoluta e indiscutiblemente preciosa. Lleva el cabello trenzado. Es corto. Sus ojos no tengo una puta idea de qué color son, mi vista no me da. Pero me parece preciosa. 

Al frente de donde estoy sentado hay un estúpido plato con una leyenda: "La guillotine". 

Yo que estaba tan tranquilo, disfrutando de mi soledad esta noche me descubro ansioso. Verdaderamente ansioso. Mi pierna derecha se mueve precipitadamente sin descanso. Estoy arrancando en pedacitos las etiqueta de la botella. Descubro al otro lado de la barra un tipo que quizá conocí. Y que me parece un perfecto idiota. En realidad estoy disimulando, estoy quemando tiempo antes del próximo giro de cabeza en su búsqueda. ¿Me estará viendo?. Me siento estúpido. La verdad, insisto, no tengo idea de qué hacer. 

Cuando la busco otra vez con la mirada ella está ocupada. Está cobrando. Es la cajera y éste es su lugar de trabajo. Pero estoy convencido que se da cuenta que la he mirado. Quito la vista. Doy un sorbo a la cerveza. Y mientras mi mirada vuelve al rato una vez más a ella y ésta vez ella nuevamente me mira, y el asunto sigue por un rato más, yo fantaseo con lo que debería de hacer. La he visto un momento con cara de preocupación después de mirar su teléfono. ¿Y si le pregunto si está bien? ¿Y si cuando pago (porque es claro que ya he decidido pagar en la caja y no al barman) le doy mi tarjeta con mi número sin decirle nada, sólo me le quedo viendo?

Me siento estúpido y me río conmigo mismo. No demasiado, no vaya a ser que ella me esté mirando y se piense que soy un loco de mierda. 

La cerveza se acabó. Y yo sólo entré por una. Es hora de irse. Me decido. Voy a la caja. Ella me pide mi nombre, porque la cuenta está a mi nombre. Se lo doy. Estupendo, pienso, ahora sabe cómo me llamo. La miro mirar la computadora. Me parece lindísima. Me encantaría coquetearle toda la noche, estar los dos solos en un lugar íntimo, y pasar al menos una de esas noches que resignifican el sentido de lo que es vivir. Esas cosas que al final del camino son lo único que se viene con vos. 

Me cobra. Me sonríe. Me mira también. Y yo como un imbécil sin decidir si decirle algo. Me da el vuelto, le doy las gracias, me da las gracias. Sonrió. Sonríe. Qué mierda, esto nunca me había pasado. No tengo una puta idea de qué tengo que hacer. A uno no le enseñan a reaccionar ante estas cosas. De verdad ¿qué hago?. De verdad, nunca había estado tan seguro en mi vida de que una chica me está dando "pelota" con la mirada. Qué soberana mierda. Guardo el cambio en la billetera. Antes de darme la vuelta con la cabeza baja la miro casi por encima de las gafas, ella hace exactamente los mismo, aunque no lleva gafas, y nos sonreímos. Y como el estúpido que soy doy media vuelta y salgo del bar. 

Camino con el corazón que me late. Sonriendo estúpidamente. Fantaseando otra vez en lo que debí haber hecho. Al menos, pienso, el final de la noche fue emocionante. Probablemente sólo soy un tipo más que la mira mientras trabaja. Tal vez para mí sea particular, yo sólo soy otro más de lo muchos que habrá esa y otras noches. 

Creo que tendré que volver pronto a este bar. 

lunes, 15 de septiembre de 2014

Su nombre no es María.

Tal vez no la primera pero sí la primera, la más significativa. María, mujer, tomada por el dios/hombre, violentada por su vientre, despojada de la propiedad y soberanía de su cuerpo. Arrebatada de su voluntad, silenciada su voz, martirizado su futuro, designado su destino para siempre, el para siempre que dure esto que es y que le llamamos existencia, por los siglos de los siglos, aunque todo se resuma en una mota de polvo de la existencia misma, una más grande, inmensa, de la cual somos parte en la más completa ignorancia del sentido de las cosas.

Pero dentro de nuestro sentido, mínimo y diminuto que es ya suficiente, María fue robada de sí misma y con ella muchas más que vendrán después, cientos de miles, arrebatado su cuerpo, el único medio de transporte para atravesar esta vida que es lo único que tenemos. Cientos de miles en cientos de miles de lugares. Y muchas se llamarán María. María-madre. María-esposa. María-hija. Y a muchas les remarcarán la propiedad con segundos nombres: Dolores, Auxiliadora, Magdalena, Trinidad, de los Ángeles, Esperanza, de Dios.

Y ella, frente a mí, me dice que su nombre no es María, que no lo acepta, que no puede aceptar llamarse así. Ella, decididamente frente a mí, lo reniega con la misma vehemencia que tiene la lluvia al caer. Y yo la miro, la escucho, casi sin moverme, porque su discurso repica dentro mío, me mueve cosas que sólo se mueven cuando suena el tono de las verdades. A partir de ahora y para siempre ha conseguido mi más absoluta atención. Para mí también ha dejado de llamarse María. Sólo existe lo que es nombrado. Da un sorbo para mojar su voz de terciopelo y aprovecho el instante para ver sus labios besar la botella.

(Tal vez no me estás diciendo nada de esto, tal vez no te entiendo realmente, pero es lo que me evocás, es lo que torpemente comprendo sin perder la cordura de escucharte. Cada palabra que vas diciendo se me revuelve con otras que tengo en la cabeza. Todo yo, todo lo que soy, se dirige hacia vos y por un rato me hacés creer que es posible que existan los linajes de luz.)

Reivindica su arte. En él se alborotan tres generaciones que ama. Tres diferentes mujeres que convergen en el mismo punto de existencia, que convergen en ella. Y en realidad estas generaciones son todas las generaciones, porque ella es el sentido correcto de ser bendita entre todas las mujeres. Ser mujer. Internamente confieso no saber lo que es eso, no poder entenderlo cabalmente. Pero lo siento cuando ella lo dice, lo comprendo y lo vivo a través de las palabras que me está diciendo, de frente, que avanzan una detrás de la otra como la bruma, con el mismo aliento que exhalan las montañas al amanecer.

Ella me hace ver que se ha apropiado de sí misma. Que es única, que posee el control de su vida. Ella es una amenaza para muchos y lo sabe. Se ha reivindicado, ha reivindicado el ser mujer apropiándose de su cuerpo. Habla de él, de su simbolismo, del uso metafórico y literal de su desnudez. De su cuerpo. Porque su cuerpo puede ser cuando está sin ataduras, sin ropas y sin miradas que juzgan. Al poseerse a sí misma ha levantado la bandera de cientos que les arrebataron ese derecho. Hace una pausa para volver a beber, y es probable que yo no esté disimulando la admiración que siento y que se me quiere salir por la garganta.

(Ojalá tuviera la energía que hay en vos para romper cadenas.)

Termina de hablar, ha dicho cuanto tiene que decir por ahora. Yo guardo silencio. Todo este tiempo la he mirado más allá de esta mesa que compartimos, de esta mesa que la separa y la acerca a la vez. Ahora miro sus ojos. Dos girasoles gigantes, que miran más allá del sol. Cómo desearía regar esos girasoles cualquier mañana de verano, cualquier noche de relámpago. Cómo quisiera llenarlos de color y darles excusas suficientes para que de ellos brote abundante el fuego de la vida, un fuego que le sirva para incendiar todos los caminos por los que decida caminar.

Vuelvo a la mesa, vuelvo a esta noche que aún es joven. Aterrizo las ideas. No puedo resumir todo lo que de ella he aprendido. Doy un sorbo de mi vaso. Sonrío. "Te admiro y te respeto", es todo cuanto digo y con ello pretendo decir todo lo que no podré decir hasta pasado el tiempo necesario para saber cuáles son las palabras correctas.

martes, 25 de diciembre de 2012

Quizá como una cárcel.

El que habla soy yo, no otro, nadie más, ni siquiera un náufrago, soy yo, no otro, aunque se quisiera. Hablo desde adentro, desde este agujero que supone mi propia palabra, un encierro inconstante pero nefasto. Huitzilopochtli se me apersonó en mi sueño, goteaban sangre sus manos y lloraba. Reconocí que aquel líquido verde oscuro que se le espumaba en los dedos, ardiéndole, no se trataba de su propia sangre.  Cuando desperté me encontré meditabundo y somnoliento en este abismo que supone mi propio pensamiento. Traté de descifrar aquel enigma que representaba la presencia de un dios muerto en la privacidad de mi sueño. Entonces hice el esfuerzo de recordar los detalles y así pude dibujar el cielo con claridad, un cielo turquesa, pálido, que estaba sobre nuestras cabezas, la mía y la de Huitzilopochtli. El brillo azulado nos dibujaba sombras extrañamente duras sobre los rostros. Yo llevaba una pluma de buitre en la mano derecha y una fruta en la izquierda, un fruto que me fue imposible reconocer. Más allá de estos detalles no pude precisar nada en absoluto que me permitiera amarrar, tan siquiera, una idea aproximada del significado de cuanto he contado.

Luego volví a despertar. Permanecía ahora desnudo en mitad de un bosque sobre el cual una luz débil me impedía ver demasiados detalles. De cuclillas, con aire a mi costado izquierdo, abrazaba mis rodillas de tal modo que cualquier pensaría que se está abrazando la idea que uno más estima. Mi sexo apuntaba hacia el suelo, mis ojos buscaban algo en el cielo que, en realidad, no podía ver. Lo más perturbador, lo realmente extraordinario, era no sentir frío alguno a pesar de la humedad y de los hongos que crecían despacio y me iban subiendo por los pies.

Por tercera vez desperté, en el momento en que se me iluminaban la cara y los hombros con un destello lechoso que invadió el bosque y que me hizo arrugar los párpados. Y fue así cuando finalmente acabé asediado por palabras que salieron de mi boca sin que las pronunciase en un espacio donde yo no sabía ser yo. Y vino a mí, pues, como una imagen gloriosa, Gracchus, ese cazador cuyas leyendas sobreviven gracias al maestro praguense. Y le anhelé su existencia con envidia y admiración, queriendo que mis sueños me condujesen a ser él, a sus interminables viajes por tierra, por mar. Tuve que apartar aquel pensamiento de mí pues mi situación no era la deseada, nada más opuesto. Y sigo aquí, soy yo quien habla, soy yo quien espera despertar otra vez, quizá una última vez, quizá mil veces más, y tal vez encontrar la pluma que perdí sin darme cuenta cuando vi a Huitzilopochtli llorar.

martes, 10 de julio de 2012

Matar un gato.

El gato se escurre por todo tipo de escondrijos. Ante la menor oportunidad de fuga brinca de muro en muro, atraviesa latas y tablas, se deja colgar por ramas y cuerdas. Este gato en particular no es mi amigo. Es un animal simpático, debo admitirlo, pero no es mi amigo ni mucho más ni mucho menos. De hecho, las noches en que brinca a mi techo -las madrugadas debo decir- quisiera matarle, tomarle por el cuellecillo y quebrar sus huesos con mis propias manos, torcerle su cabecita en un movimiento preciso y escuchar un crack como el último ruido nocturno.

Me desvelo, con el sonido arrítmico del techo, ideando múltiples y nuevas formas de provocarle la muerte, la mayoría, procuro, sin dolor. No me interesa su sufrimiento, no encuentro placer desviado y macabro en ello, en verle sufrir, sólo deseo que me deje mis noches tranquilas. Y mi techo también. De allí que me diferencie del sádico, del psicópata, de ese repugnante ser que ve en la tortura gatuna un deporte; mi objetivo es dormir, para ello debo hacer que el gato muera, es una simple consecuencia en la que el sufrimiento no es inevitable. Me voy durmiendo con dificultad pensando en estas cosas, queriendo creer que el ruido ha cesado, pero entonces es cuando la antena se desploma sobre el metal, los piececitos huyen despavoridos, y yo me quedo mentándole la madre al aire con voz ahogada.

Es un animal fuerte, ágil y de un bello color pardo. Por las mañanas toma el sol en mi patio, y yo le miro desde detrás de la rejilla que encierra la ventana del baño. Menea su cola, tumbado de costado, con suavidad y entreabre los ojos, como para disimular, como aparentando que sigue estando alerta y que el sueño, como ocurre realmente, no le está ganando. Parece que viniese de darse un gran banquete. Parece un rey, gordo y absurdo, que se tira a dormitar la cena teniendo a la vista sus dominios.

Yo le miro con el paño sobre el hombro, a través del sucio vidrio del baño que encierra una rejilla, y una profunda ira me invade el ánimo. Tengo un gesto estúpido en la cara, estoy jorobado, porque no he dormido demasiado y me siento cansado. Tengo, por tanto, una pose estúpida, allí, sin pantalones y en chancleta. Me veo indudablemente estúpido, atento contra la estética. De alguna manera entiendo porqué estoy solo. Si una mujer me viera en tal estado... Pero el punto es que no hay mujer... No, el punto es que comienzo a bramar y camino golpeando el piso con fuerza, salgo al patio y agito cavernícolamente mi paño. El animal reacciona a mis muecas y para cuando mi pie se dirige a él el felino ya ha huido de sus dominios, como todo buen rey que se sabe atacado, y se ha perdido en el jardín del vecino.

Otros días no es tan grave nuestra relación, si es que realmente la hay. En otras ocasiones yo le miro, y el a mí, y no nos decimos nada, como es lógico pues los gatos no hablan. Mi deseo de estrangularle en esas ocasiones se ha ido junto con mi sueño, me resigno a no tener las agallas de hacerle nada.

Cierta noche, no demasiado tarde, un escándalo llama mi atención. El ruido de muchas almohadillas que corren con rapidez termina frente a mi casa. Salgo con prontitud y descubro una jauría enloquecida, y entre las cabezas que muestran sus colmillos al gato que intenta escapar. Yo me apresuro, reacciono, aplaudo con fuerza y en el instante en que los perros me miran desconcertados el gato huye con espantosa prisa rozándome la pierna y termina por refugiarse en un escondrijo debajo de unas escaleras. La jauría entiende que nada puede hacer y sin odio hacia mi se marcha cuesta abajo, olfateando bolsas y mierdas.

Pasado el evento me meto en mi habitación. No me cuestiono nada de lo que ha ocurrido, ignoro cuestionarme y tan siquiera pensar en el tema. Al menor "no podía dejarlo en desventaja" cambio de tema mental. Por esa noche duermo sin ruido alguno.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Niebla.

En ocasiones, las nubes bajan a la tierra para besarla.




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