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martes, 24 de enero de 2017

En algún punto del ruido blanco

Al llegar la noche en la habitación de mi madre, acostado en la oscuridad rota de líneas anaranjadas que se filtraban por los bordes de la cortina, llegaban los sonidos de la ciudad, rumor de motores y esporádicos tacones martillando el asfalto. 

De niño prestaba más atención a los sonidos. Los años te matan esa atención primaria. También los audífonos a todo volumen. 

Estoy parado en el balcón de mi apartamento que da a la noche despejada de un verano que empieza. 

Este instante es una extraña proyección de lo que ese niño se pensaba una vez grande. O de lo que este grande quiere pensar que proyectaba ese niño. 

Recuerdo, con algo que no es nostalgia ni exactamente lamentación, la manera en que mi mente infantil se iba de paseo con aquellos sonidos que forman parte de una relación que ahora me es imposible romper con el espacio de concreto. Con cualquier espacio de cemento, altura y caos. 

Pero el sonido principal no lo recuerdo. ¿Un silbido, un pitido, una alarma? No logro recordarlo, pero sé que existió. Y su importancia enorme. 

Nada en este presente de noche de silencio habitado, de ruido vacío, se le parece ni me lo recuerda. 

E indefectiblemente asumo que el momento de recordarlo será esa aún lejana probable noche de segunda niñez, en que se acerque el momento de escuchar todo por última vez.

lunes, 17 de agosto de 2015

O la íntima que una vez fuiste.

Hace un par de días el calendario marcaba los cinco años. Es difícil deshacerse de una fecha tan exacta. Se me vino el día como un soplido que te hace voltear para arriba. Es ahora que el tiempo que nos ha separado es mayor al que nos unió. Y no sé si debería dolerme porque hace mucho que dejé de preguntarme si te encontraría en mitad de la senda sin mar que decidí hacer cada día.

Aquella melancolía quedó atrás. La punzada fría en la boca del estómago también. Y con ellas un montón de mundos y seres y momentos. Cuántas cosas que olvidé. Y supongo que vos misma, la que fuiste, también se la devoró la vida. 

Yo soy otro, pero no sabría decir cuán diferente. Soy. Y me siento muy bien. Hace rato que también dejé el odio que se me instaló cuando me soltaste aquella obviedad de que iba a ser feliz. Ahora me río, sin mofa, sólo me hace gracia. Me daban náuseas recobrar tus palabras golpeándome en los oídos. Por supuesto que iba a ser feliz sin vos, por supuesto que iba a seguir mi vida, lo que yo quería era vivirla con vos. 

Pero el rencor ya se fue. También el autorencor y la culpa. Cómo pasa el tiempo. 

Algún mes, te confieso, te me has aparecido en algún sueño. Y me jode el día. Metafóricamente. Me jode porque cuando me despierto lo hago recordándote. Y me entran unas jodidas ganas de escribirte, de preguntarte si estás bien, de saber cómo te ha ido todo este tiempo, de conocer en qué parte del mundo andás. Pero me arrepiento a los segundos, y me vuelven a dar ganas al rato, y me vuelvo a arrepentir un poco después del arrepentimiento inicial. Me acuerdo de mis propias palabras diciéndote que no quería volver a saber de vos. Se me va el día entre las ganas, la duda y la sensación de saber qué pasaría si lo hiciera. Y cuando por fin el día se acaba ya viene otro en el que no estás más. 

"El tiempo que nos ha separado es mayor al que nos unió". Y ahora soy otro, y vos otra. Y ya nada duele como antes, ni es tan urgente. Ni tengo certeza si le escribo a la desconocida que sos, o a la íntima que una vez fuiste.