Como el estruendo ferroso que deviene de algunos relámpagos. Así punza el sonido de campanillas del despertador los tímpanos a Diego. Sobresaltado por la situación, Diego se incorpora de golpe aturdido y asustado, completamente fuera de sí busca el origen del estrépito y halla el despertador de agujas de metal roído junto a su cama. Padece ahora ese desconcierto propio del que le arrebatan su sueño. Le tiemblan los labios. Su cuerpo aún tambaleante, una cabeza que se mueve para todos lados, hasta que los ojos se clavan en el aparato. Diego se detiene un momento, si entender aún, con un sabor seco y agrio en la boca. Se abalanza de golpe sobre la bestia como por instinto, aunque también puede ser por la necesidad inmediata de terminar con este ruido que le parte el pecho como cuando se revienta una fruta madura.
El ruido se apaga, y al hacerlo Diego escucha los latidos de su propio corazón saliéndosele por la garganta y las cienes, con dos hilos húmedos que le escurren desde la nariz. Diego siente que los músculos de su cuerpo se destensan con lentitud, especialmente sus hombros. Con la sábana enredada entre sus piernas Diego inicia el proceso de entender qué es todo aquello, y va acomodándose nuevamente en el lecho sin llegar a acostarse del todo mientras abre y cierra la boca para esparcir la escasa humedad que le queda en la lengua. ¿De dónde carajos había salido aquel aparato? En un primer momento piensa que aún duerme, que se debe a un cambio repentino y violento de su sueño de puentes y arbustos colgantes, y que todo se resume en el hecho de que su interior le quiere decir algo que ya comprenderá en los próximos días, cuando tuviese la calma para meditar. Buscar algo para leer, porque dicen que en los sueños, mientras se duerme pues, es imposible leer. Pero en su habitación Diego no guarda nada con lo que pueda comprobar la maravilla del lenguaje, gusta de tener sólo lo estrictamente necesario en su habitación para no cargarla de energía sobrante. Tales cosas cree Diego. Pero Diego no duerme. Aguanta la respiración, se agita, hace soplidos, inhala profundamente, todo ello con la inútil finalidad de hacerse despertar. Diego se convence: lúcido y vivo.
Llega a esta certeza y se aterroriza. Deja caer el despertador que ha llegado a sus manos sin darse cuenta y se arroja a un rincón envolviéndose con la sábana a modo de escudo contra la presencia del artefacto que cae pesadamente. Le tiemblan los labios de nuevo. La frente y la nuca empiezan a humedecérsele con sudor frío, y se le retuerce el estómago en huecos. ¿Cómo? Es la primera pregunta que se le viene a la cabeza y se le escapa en un susurro por un rato repetido. Porque ciertamente Diego no tenía y tuvo nunca un reloj despertador. El improbable reloj ha aparecido allí y este desconocimiento, esta ausencia de todo fundamento racional de lo que está ocurriendo, es lo que llena de pánico a Diego. A él, un prototipo de lo común al que jamás le ha ocurrido nada extraordinario o digno de recuerdo especial en toda su vida. Alguien tuvo que ponerlo allí. La generación espontánea no es propia de los aparatos que simbolizan el tiempo. Y entonces es cuando Diego se hace la segunda pregunta: ¿quién? Diego pasa de la quietud temerosa a la impaciencia oscilante en lo que duran estas conjeturas. Empieza por querer avanzar hacia el reloj, estira el cuello para verlo bien, para cerciorarse que realmente está allí, que no se trata de un engaño. Y en efecto, la jaqueca que le ha producido el estrépito de hace un momento no es ningún engaño. Aparta la sábana a un lado, se pone de rodillas, busca y no busca con la mirada, traga sequedad, alza las manos, estira los brazos desde los hombros, los recoge, se pone de pie a tientas apoyándose en la pared, la respiración se le ha convertido en agitación, avanza y retrocede hacia el reloj y la agitación se le ha convertido en furia, en rabia nunca contenida. Quién, quién putas, son las palabras que se le escapan, primero en susurros, luego en blasfemias a viva voz. Diego da vueltas sobre sí mismo, se arrojaba al suelo a mirar el reloj de cerca sin atreverse a tocarlo y en una de esas inspecciones cercanas el tic tac atrapa toda su atención. Deja por fin el arrebato y piensa, saca cuentas del suceso. Diego se convence. Diego está convencido. Todo aquello no puede ser obra de un solo individuo, un algo con la capacidad de colocar ese reloj junto a su cama lo hubiese percibido durante la madrugada, porque es evidente que aquello ocurrió durante la madrugada, anoche Diego estaba seguro de que ese reloj no estaba allí, es tan siquiera absurdo tratar de persuadirse de lo contrario. Un solo algo habría hecho demasiado ruido, cosa irónica ciertamente. Habría sido fácilmente detectado y, por consiguiente, hubiera sido brutalmente repelido por la humana condición de Diego, por haber cometido ese atrevimiento inconcebible, inaceptable, de irrumpir en su intimidad. Y siente miedo al entender hacia donde conducen las deducciones.
Se quita las medias y mete sus manos y brazos en ellas. Apoya su peso en las rodillas y los codos, y toma con lentitud el reloj. Analiza las agujas detenidas por completo a pesar de que el interior del reloj continúa en funcionamiento. El reloj no tiene tapa, de quererlo Diego podría acomodar la hora a su antojo y mantener esa hora para siempre. Las campanillas son grandes y el martillo tiene un brillo particular. Diego mira ese brillo que desde cierto ángulo parece tener más intensidad que toda la luz que hay en su habitación. Los ojos muy quietos. El sonido del tic tac se hace más intenso con cada segundo que pasa y Diego está totalmente absorto en los reflejos. Y el brillo del martillo rebota en los ojos de Diego y los ojos muy abiertos. Ahora cree entender.
Deja caer el reloj, se aparta de él dando un salto brusco hacia atrás, recoge los pies para alejarse lo más posible, en el rostro forma una mueca desesperada. Ellos han hecho esto, se dice Diego intentando sostener los labios. El tic tac aumenta. Diego sabe que debe apresurarse. Se arranca las medias de las manos, con ayuda de los dientes. Salta, se incorpora, revienta las medias contra la pared, mueve su cabeza por todos lados, esto lo han hecho ellos, dice bufando. Y los busca. Los busca por el techo, por el suelo, va pasando la cara por el rodapié, brinca de un lado a otro. Su enojo es serio. Lo han hecho, ellos, esto, se hiere Diego al decírselo para sí mismo. Y sigue buscando, busca por las grietas de la pared, debajo del colchón, por las jambas, sobre el llavín. Pero Diego no contempla ni un instante la posibilidad de abrir la puerta e intentar huir, correr y alejarse de ese tic tac que se convierte cada vez más en un ensordecimiento. Diego suda, le resbalan las gotas por la punta de la nariz, siente como le caen en el pie, en la rodilla. Las cienes le arden, se le inflaman nuevamente. Aún en su desesperación Diego no comprende cómo se han acomodado de tal manera para que esté sucediendo todo esto, esta inverosímil pero contundente cuenta atrás. Su tiempo se acaba. No, Diego no lo comprende, pero ya no es momento de entenderlo, y es que esto pasa más a menudo de lo que los pensadores quisieran, el dejar que las cosas lleguen hasta un punto sin retorno y terminar en algunos casos, que no es ya el de Diego como se ve, terminar lamentándose en un lloriqueo el porqué de esto o de aquello, y no haber hecho algo diferente cuando era posible. Y aunque a Diego se le escapa una lagrimita por un canto del ojo definitivamente no está llorando. Fatigado por la búsqueda, desordena las pocas cosas de su habitación, un intento en vano de hacer las cosas diferentes, da vuelta al colchón, quita la funda de la almohada, eructa en un arrebato que no sabe explicarse pero que le nace del alma. Pero el tic tac suena ahora con máxima fuerza, y Diego vuelve a sentir miedo, se percata otra vez del aparato al que había dejado de ponerle atención por la premura que el mismo aparato ha generado. Diego chilla, gesticula palabras nunca dichas, los ojos se le ponen rojos de cólera y de decepción, todo ocurre tan rápido, tan terriblemente rápido, el tic tac, la habitación, los puños cerrados, el suelo, el aire, el calor, la puerta, el sudor, la cabeza; y yo podría haber, empieza a decir Diego en el instante en que el tic tac detiene de súbito su sonar.
Los ojos se le abren como dos bolas gigantes. Lo que iba a decir se quedó así cortado en medio del aire revuelto. La boca abierta e inmóvil como el cuerpo. Sólo el labio parece temblar. La respiración se le pega en la garganta como una mala espina. Los puños los tiene cerrados, pero de a poco empieza a abrirlos. Diego no se ocupa más de ver el reloj cuando va cayendo al suelo. Primero cae de rodillas, mierda, es lo único que Diego arrodillado alcanza a decir. Su cuerpo cae inevitablemente al suelo con un sonido muerto. Y así, en la que era hasta hace un instante la habitación de Diego ahora predomina un silencio plácido. El reloj despertador despojado ya de toda utilidad no suena más junto al cuerpo que está boca abajo.
Las nubes vienen y se van y vuelven a venir. Somos una nube negra, somos lo que hacemos y lo que arrastramos. Ahora que todo está dicho, ahora que no quedan islas ni mares, ahora que estamos solos. Un lugar donde aparcar nuestras ideas bajo este cielo oscuro es necesario.
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jueves, 29 de mayo de 2014
Despierta.
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jueves, 5 de diciembre de 2013
Sobre mi casa una nube roja.
Proyecto en Rojo es un colectivo emergente constituido por jóvenes mujeres que surge "con el objetivo de generar un espacio independiente de creación, investigación, formación y producción escénica", nos cuentan sus integrantes. El grupo se ha estrenado con el montaje Sobre mi casa una nube roja, una obra creada en su totalidad por el equipo con resultado sobresaliente.
La puesta ofrece un unipersonal que plantea una reflexión sobre la soledad en el contexto contemporáneo. Del mismo modo que el colectivo que le ha dado nacimiento, la obra está atravesada por la feminidad, sin llegar a caer en un discurso sexista/feminista o excluyente de lo masculino pues, al final, la soledad la padecemos todos los seres mortales. A propósito, se me vienen latentes las palabras de Erich Fromm en su Arte de Amar: "La vivencia de la separatidad provoca angustia; es, por cierto, la fuente de toda angustia. Estar separado significa estar aislado, sin posibilidad alguna para utilizar mis poderes humanos. De ahí que estar separado signifique estar desvalido, ser incapaz de aferrar el mundo -las cosas y las personas- activamente". (Texto completo aquí)
Hortensia es el personaje de la historia. "Esta mujer habita su casa, ese lugar íntimo y cotidiano en el cual se deposita mientras intenta hallarse a sí misma. De ahí huye y regresa, se encuentra y se pierde, renace y muere; contradicciones humanas", relatan con pasión las compañeras de Proyecto en Rojo.
Sobre mi casa una nube roja supera las expectativas que puedan formularse de la puesta. Es manifiesto el esmero y la minuciosidad con la que se ha construido la propuesta por parte del equipo de trabajo. Dramaturgia, dirección e interpretación han sido sumamente cuidadas y el resultado es más que satisfactorio. Cabe decir que probablemente se ha debido a la metodología de trabajo que Proyecto en Rojo eligió para este proyecto, que implicó un proceso inductivo: desde la exploración corporal a la dramaturgia y la definición escénica.
La actuación de Laura Cordero es atinada, precisa e intensa. La corporalidad es fundamental para la puesta y consigue la intérprete conducir con ritmo la historia; Laura consigue metáforas visuales hermosas. En este sentido, el uso y aporte del espacio ha sido formidable. La puesta puede enmarcarse dentro de la propuesta performática del teatro íntimo que, como señalaba Cristina Moreno en un artículo periodístico, promueve funciones extremadamente sensoriales.
Los y las espectadoras (de número muy reducido, lo que además garantiza funciones llenas) ocupan parte de una de las salas de la casa donde se desarrolla la obra, de manera tal que el público disfruta del juego de profundidades que la distribución de las otras habitaciones del espacio permite, es éste uso espacial un acierto de la obra, pues el acercamiento/alejamiento del personaje permite un concreto encuadre y composición de la acción que una sala tradicional no permitiría.
Las piezas musicales son utilizadas con habilidad, lo mismo que el recurso audiovisual y lumínico, aunque este último aspecto es quizá el único donde la puesta queda debiendo, pues considerando el mismo juego espacial del que se ha hablado quizá los colores y sombras se hubiesen podido trabajar más armoniosamente, no obstante es compresible la limitación técnica que a su vez el espacio ofrece. De igual manera, los escasos recursos de utilería y escenografía son también agradables. Una mesa, una silla y una computadora, la triada de la modernidad donde los solitarios gastan (sobreviven) sus horas.
El vestuario es adecuado, aunque más atractivo aún resultan las constantes mudadas de ropa del personaje, metáfora brillante del cambio, alevoso o involuntario, que todos vivimos en el transcurrir de la cotidianidad.
La pieza logra tocar las aristas más exhaustivas de la soledad. De una u otra manera habrá algún elemento con el que nos identifiquemos (o suframos en silencio). ¿Cómo luchamos con nuestra soledad? ¿es posible sobrevivir sin ser lo que los demás quieren que seamos? ¿nos conducen los miedos, o nosotros los conducimos a ellos? ¿y el amor?. La puesta no ofrece soluciones, cierto es, pero nos hace pensar que es más importante.
Sobre mi casa una nube roja (nombre a penas para este blog, ¿verdad?) está cercana a finalizar su segunda temporada. Se presenta en El Sótano, un espacio/bar en Barrio Amón, Calle 3, Avenida 11. Es una propuesta que debe ser vista aún más, así que esperemos con ansias la tercera, cuarta y quinta temporada para el próximo año. Las funciones son de jueves a sábado a las 7:30 y se pueden hacer reservaciones a los teléfonos 8861-2281 / 8982-4816 / 8913-8521.
La puesta ofrece un unipersonal que plantea una reflexión sobre la soledad en el contexto contemporáneo. Del mismo modo que el colectivo que le ha dado nacimiento, la obra está atravesada por la feminidad, sin llegar a caer en un discurso sexista/feminista o excluyente de lo masculino pues, al final, la soledad la padecemos todos los seres mortales. A propósito, se me vienen latentes las palabras de Erich Fromm en su Arte de Amar: "La vivencia de la separatidad provoca angustia; es, por cierto, la fuente de toda angustia. Estar separado significa estar aislado, sin posibilidad alguna para utilizar mis poderes humanos. De ahí que estar separado signifique estar desvalido, ser incapaz de aferrar el mundo -las cosas y las personas- activamente". (Texto completo aquí)
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| Laura Cordero es Hortensia. Foto: Proyecto en Rojo. |
Hortensia es el personaje de la historia. "Esta mujer habita su casa, ese lugar íntimo y cotidiano en el cual se deposita mientras intenta hallarse a sí misma. De ahí huye y regresa, se encuentra y se pierde, renace y muere; contradicciones humanas", relatan con pasión las compañeras de Proyecto en Rojo.
Sobre mi casa una nube roja supera las expectativas que puedan formularse de la puesta. Es manifiesto el esmero y la minuciosidad con la que se ha construido la propuesta por parte del equipo de trabajo. Dramaturgia, dirección e interpretación han sido sumamente cuidadas y el resultado es más que satisfactorio. Cabe decir que probablemente se ha debido a la metodología de trabajo que Proyecto en Rojo eligió para este proyecto, que implicó un proceso inductivo: desde la exploración corporal a la dramaturgia y la definición escénica.
"Me gustaría poder huir de verdad, salir corriendo, pero me da miedo irme, también me da miedo quedarme, me da miedo saber a qué le estoy huyendo."
La actuación de Laura Cordero es atinada, precisa e intensa. La corporalidad es fundamental para la puesta y consigue la intérprete conducir con ritmo la historia; Laura consigue metáforas visuales hermosas. En este sentido, el uso y aporte del espacio ha sido formidable. La puesta puede enmarcarse dentro de la propuesta performática del teatro íntimo que, como señalaba Cristina Moreno en un artículo periodístico, promueve funciones extremadamente sensoriales.
Los y las espectadoras (de número muy reducido, lo que además garantiza funciones llenas) ocupan parte de una de las salas de la casa donde se desarrolla la obra, de manera tal que el público disfruta del juego de profundidades que la distribución de las otras habitaciones del espacio permite, es éste uso espacial un acierto de la obra, pues el acercamiento/alejamiento del personaje permite un concreto encuadre y composición de la acción que una sala tradicional no permitiría.
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| Afiche oficial de la segunda temporada. |
Las piezas musicales son utilizadas con habilidad, lo mismo que el recurso audiovisual y lumínico, aunque este último aspecto es quizá el único donde la puesta queda debiendo, pues considerando el mismo juego espacial del que se ha hablado quizá los colores y sombras se hubiesen podido trabajar más armoniosamente, no obstante es compresible la limitación técnica que a su vez el espacio ofrece. De igual manera, los escasos recursos de utilería y escenografía son también agradables. Una mesa, una silla y una computadora, la triada de la modernidad donde los solitarios gastan (sobreviven) sus horas.
El vestuario es adecuado, aunque más atractivo aún resultan las constantes mudadas de ropa del personaje, metáfora brillante del cambio, alevoso o involuntario, que todos vivimos en el transcurrir de la cotidianidad.
La pieza logra tocar las aristas más exhaustivas de la soledad. De una u otra manera habrá algún elemento con el que nos identifiquemos (o suframos en silencio). ¿Cómo luchamos con nuestra soledad? ¿es posible sobrevivir sin ser lo que los demás quieren que seamos? ¿nos conducen los miedos, o nosotros los conducimos a ellos? ¿y el amor?. La puesta no ofrece soluciones, cierto es, pero nos hace pensar que es más importante.
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| Foto: Proyecto en Rojo. |
Ficha técnica
Dramaturgia: Alejandra Marín
Dirección: Aysha Morales
Actuación: Laura Cordero
Vestuario: Micaela Piedra
Diseño gráfico/escenográfico: Mariela Richmond
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miércoles, 9 de octubre de 2013
Ternura Suite.
La violencia, como la ternura, es universal. Es ésta la premisa del montaje en Costa Rica de Ternura Suite del dramaturgo mexicano Edgar Chías, obra de la cual ha llegado a referirse, junto a Oscuro (otro texto suyo) como aberrantes: "si tuviera la oportunidad no las volvería a escribir", ha dicho. Muy parecido, por cierto, a lo que dijera Anthony Burgess de su A Clockwork Orange después, eso sí, de que el maestro Kubrick la llevara al cine. Pero quizá, y esto es especulación mía, a Chías no habría que tomarle en un sentido tan literal cuando afirma lo anterior pues sabe que su texto es necesario.
La situación es esta: una mujer recibe una visita inesperada. El visitante intenta, justificado por la idea de un deseo tan grande como arbitrario, servirse sexualmente de ella. No se conocen. La mujer padece la violencia, pero consigue cambiar la situación. Su venganza es obligada. Nadie puede ayudarla, la justicia no existe para ella y posiblemente para nadie. Entonces, debe inventarla sobre el cuerpo del otro.
El dramaturgo, de manera audaz, ha ingeniado un ensayo sobre la violencia. ¿Es lícita en determinadas circunstancias? ¿cuál es el contexto social que la impulsa? ¿comprender su génesis nos obliga a tolerarla o nos da paso libre para ejercerla siempre y cuando sea en busca de justicia? Es un laberinto interminable el camino por donde transita el discurso de la puesta y nos obliga a los espectadores y espectadoras a estar en distintos lugares psicológicos al mismo tiempo y, como un reto insolente y grotesco, a tomar posición frente a lo que presenciamos (si es que tenemos el coraje o la lucidez).
"Es una historia triste, de corazones rotos y cuerpos despedazados", dicen en ArKetipo, agrupación responsable de la puesta en coproducción con el Teatro Universitario de la Universidad de Costa Rica. Se trata de una codirección de Moy Arburola y Pablo Morales. La puesta es el resultado de un amplio proceso de exploración por parte del equipo creativo y presenta varias cosas atractivas que acompañan positivamente a la acción dramática. Escénicamente, el público entrará a un espacio tipo teatro arena de manera tal que rodeará la acción y podrá presenciar el movimiento de los actores a muy poca distancia con lo cual se refuerza la penetración y complicidad del público con lo que está ocurriendo delante suyo. Se han incluido recursos pictóricos del pintor Paulo Navarro que otorgan a la puesta un ambiente oscuro e irreal, contrapunto perfecto con el realismo del texto. También están presentes recursos audiovisuales que juegan con la idea de voyeurismo usada para representar, con crudeza pero sin caer en lo grotesco, la escena de la violación de la mujer. Las actuaciones son sólidas y, como es natural en un texto de esta naturaleza, el ritmo y equilibrio de la puesta recaen de lleno sobre los hombros de ambos interpretes. La dualidad, tema transversal del montaje, es rematada con un hábil juego de luces que busca y recalca los contrastes y claroscuros. Puede consultarse el programa de mano completo aquí.
Desde una lectura personal Ternura Suite es un texto oscuro. Muy oscuro. Debe ser por la época. El inicio es una presentación de las partes (lo cual, si se observa la introducción completa, se entenderá que es más satíricamente dulce de lo que constituye solamente decirlo), éstas partes no parecieran ser, necesariamente, antagónicas respecto una de la otra, lo cual me produce un sentimiento de perturbación. Pareciera ser hasta este punto, no más comenzando, que lo que se está por presenciar es una bofetada alevosa y grosera de alguien que se ha tomado el tiempo de condensar una parte de la realidad que engloba este presente que me tocó vivir. Salir no es seguro, me dice Anfitriona, y es vedad aunque también tengo la idea punzante de que haber entrado a esta historia tampoco lo es. ¿Podría ser yo mismo el punto pendiente de una lista a punto de comenzar?
El juego que hay con los nombres es estupendo: él es todos los hombres, ella es todas las mujeres. Roles de víctima y victimario se van intercambiando como cambiarse un guante de látex, y el juego psicológico pareciera involucrarnos aunque no lo queramos. Ternura Suite es para mí un texto que habla de muchas cosas, pero entre ellas la violencia hacia las mujeres, específicamente la violación, es la que más me interesa. Porque la detesto. La odio incluso más que el homicidio. Y es así que pienso que el peso del personaje de ella radica en su capacidad de venganza. Por eso nos gustan tanto los personajes de la televisión o el cine o el teatro, porque pueden hacer lo que nosotros no: vengarse con alevosía. Por supuesto, miento si digo que el texto se queda aquí, como he dicho se pregunta muchas cosas, pero yo me dejo mi opinión hasta acá.
Ternura Suite termina temporada el 13 de octubre de 2013, sus funciones son jueves a sábado a las 8:00pm y domingos a las 6:00pm. Puede verificarse la dirección del Teatro de Bellas Artes acá. Si es partidario del teatro que lo saque de su lugar de comodidad vaya a ver este espectáculo.
La situación es esta: una mujer recibe una visita inesperada. El visitante intenta, justificado por la idea de un deseo tan grande como arbitrario, servirse sexualmente de ella. No se conocen. La mujer padece la violencia, pero consigue cambiar la situación. Su venganza es obligada. Nadie puede ayudarla, la justicia no existe para ella y posiblemente para nadie. Entonces, debe inventarla sobre el cuerpo del otro.
El dramaturgo, de manera audaz, ha ingeniado un ensayo sobre la violencia. ¿Es lícita en determinadas circunstancias? ¿cuál es el contexto social que la impulsa? ¿comprender su génesis nos obliga a tolerarla o nos da paso libre para ejercerla siempre y cuando sea en busca de justicia? Es un laberinto interminable el camino por donde transita el discurso de la puesta y nos obliga a los espectadores y espectadoras a estar en distintos lugares psicológicos al mismo tiempo y, como un reto insolente y grotesco, a tomar posición frente a lo que presenciamos (si es que tenemos el coraje o la lucidez).
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| Afiche oficial de la primera temporada de Ternura Suite en Costa Rica. |
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| Jahel Palmero y Momo Martín. Fotografía: Leonardo Sandoval. |
“Elijo servirme a mí y a nadie más. Elijo ser yo mismo la medida de orden y autoridad. Yo soy el poder. Yo. Elijo mandarme yo y no obedecer a otro. Yo. Elijo ser el patrón de mis impulsos. Yo. Yo elijo. Yo.” Visitante.
El juego que hay con los nombres es estupendo: él es todos los hombres, ella es todas las mujeres. Roles de víctima y victimario se van intercambiando como cambiarse un guante de látex, y el juego psicológico pareciera involucrarnos aunque no lo queramos. Ternura Suite es para mí un texto que habla de muchas cosas, pero entre ellas la violencia hacia las mujeres, específicamente la violación, es la que más me interesa. Porque la detesto. La odio incluso más que el homicidio. Y es así que pienso que el peso del personaje de ella radica en su capacidad de venganza. Por eso nos gustan tanto los personajes de la televisión o el cine o el teatro, porque pueden hacer lo que nosotros no: vengarse con alevosía. Por supuesto, miento si digo que el texto se queda aquí, como he dicho se pregunta muchas cosas, pero yo me dejo mi opinión hasta acá.
Ternura Suite termina temporada el 13 de octubre de 2013, sus funciones son jueves a sábado a las 8:00pm y domingos a las 6:00pm. Puede verificarse la dirección del Teatro de Bellas Artes acá. Si es partidario del teatro que lo saque de su lugar de comodidad vaya a ver este espectáculo.
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domingo, 25 de agosto de 2013
Soldado por necesidad.
Soldado por necesidad. Soldado porque sólo eso
se podía ser. Detenido en medio de la calle escuchaba el acechante algarabío
del a manifestación. Pronto darían la vuelta en la esquina y serían visibles.
Manifestantes por necesidad. Manifestantes porque qué ya no se podía aguantar
más. El hambre no espera. La muerte no tiene feriados ni vacaciones.
Sus manos ya no amasan pan, ni forjan el
hierro, ni mesclan piedra, ni empacan nada. Sus manos se volvieron frías. El
calor de la herramienta quedó atrás. Como el calor de la familia, como el amor,
la esperanza. Soldado por necesidad.
¿Por necesidad?.
Atrás el palacio de gobierno. Vacío. Estéril.
De colores y valores cambiantes de acuerdo a quien lo mira. A los lados rifles,
máscaras que limpian el aire pero no la conciencia. Al fondo un pie, dos,
cientos. Banderas que se asoman rebeldes con colores estridentes. El dedo en el
gatillo. Los dedos en los gatillos. Sudor en la frente. Nubarrones negros y
pesados en lo alto. Vacío en el corazón. Rabia. Odio.
¿De dónde, de quiénes, de cuántos?
Retumbos, cantos, reclamos. Sintió miedo, un
pánico que estrangula de golpe. El dedo apretando más. Los dedos apretando más.
Las banderas que se alzan más. Los gritos se oyen más. El presidente más lejos.
Los poderosos nadie sabe dónde están. Su primer encuentro. Su primera bala
esperando despertar el silbido sutil y estúpido de la muerte. Las balas
esperando.
Voces roncas de todas las edades. Dignidad.
Lucha. Hastío. Deseos de muerte. Deseos de vida. Soldado por necesidad… Cerca,
más cerca voces que forman una. Un edificio detrás. Un montón de hormigón y
hierro frío detrás. Miradas dispuestas a todo. Miradas sin nada en los ojos.
Anhelos de poder y justicia. Delirios de poder. Cerca. Más cerca. Muchos
nadies. Otro poco que piensan no serlo. El presidente seguro.
Cuerpos sin almas debajo. Almas con un poco de
cuerpo encima. Palos. Piedras. Gritos. Disparos. Sangre. Cae un cuerpo. Caen
dos. Caen cientos. Hijos, primos, padres. Madres. Y la bala esperando el blanco
adecuado. Sudor. Temor. Duda. Pánico. Odio. Injusticia. Maldito presidente y
suelta la bala. Cae un cuerpo. Un hijo. Su hijo.
martes, 10 de julio de 2012
Matar un gato.
El gato se escurre por todo tipo de escondrijos. Ante la menor oportunidad de fuga brinca de muro en muro, atraviesa latas y tablas, se deja colgar por ramas y cuerdas. Este gato en particular no es mi amigo. Es un animal simpático, debo admitirlo, pero no es mi amigo ni mucho más ni mucho menos. De hecho, las noches en que brinca a mi techo -las madrugadas debo decir- quisiera matarle, tomarle por el cuellecillo y quebrar sus huesos con mis propias manos, torcerle su cabecita en un movimiento preciso y escuchar un crack como el último ruido nocturno.
Me desvelo, con el sonido arrítmico del techo, ideando múltiples y nuevas formas de provocarle la muerte, la mayoría, procuro, sin dolor. No me interesa su sufrimiento, no encuentro placer desviado y macabro en ello, en verle sufrir, sólo deseo que me deje mis noches tranquilas. Y mi techo también. De allí que me diferencie del sádico, del psicópata, de ese repugnante ser que ve en la tortura gatuna un deporte; mi objetivo es dormir, para ello debo hacer que el gato muera, es una simple consecuencia en la que el sufrimiento no es inevitable. Me voy durmiendo con dificultad pensando en estas cosas, queriendo creer que el ruido ha cesado, pero entonces es cuando la antena se desploma sobre el metal, los piececitos huyen despavoridos, y yo me quedo mentándole la madre al aire con voz ahogada.
Es un animal fuerte, ágil y de un bello color pardo. Por las mañanas toma el sol en mi patio, y yo le miro desde detrás de la rejilla que encierra la ventana del baño. Menea su cola, tumbado de costado, con suavidad y entreabre los ojos, como para disimular, como aparentando que sigue estando alerta y que el sueño, como ocurre realmente, no le está ganando. Parece que viniese de darse un gran banquete. Parece un rey, gordo y absurdo, que se tira a dormitar la cena teniendo a la vista sus dominios.
Yo le miro con el paño sobre el hombro, a través del sucio vidrio del baño que encierra una rejilla, y una profunda ira me invade el ánimo. Tengo un gesto estúpido en la cara, estoy jorobado, porque no he dormido demasiado y me siento cansado. Tengo, por tanto, una pose estúpida, allí, sin pantalones y en chancleta. Me veo indudablemente estúpido, atento contra la estética. De alguna manera entiendo porqué estoy solo. Si una mujer me viera en tal estado... Pero el punto es que no hay mujer... No, el punto es que comienzo a bramar y camino golpeando el piso con fuerza, salgo al patio y agito cavernícolamente mi paño. El animal reacciona a mis muecas y para cuando mi pie se dirige a él el felino ya ha huido de sus dominios, como todo buen rey que se sabe atacado, y se ha perdido en el jardín del vecino.
Otros días no es tan grave nuestra relación, si es que realmente la hay. En otras ocasiones yo le miro, y el a mí, y no nos decimos nada, como es lógico pues los gatos no hablan. Mi deseo de estrangularle en esas ocasiones se ha ido junto con mi sueño, me resigno a no tener las agallas de hacerle nada.
Cierta noche, no demasiado tarde, un escándalo llama mi atención. El ruido de muchas almohadillas que corren con rapidez termina frente a mi casa. Salgo con prontitud y descubro una jauría enloquecida, y entre las cabezas que muestran sus colmillos al gato que intenta escapar. Yo me apresuro, reacciono, aplaudo con fuerza y en el instante en que los perros me miran desconcertados el gato huye con espantosa prisa rozándome la pierna y termina por refugiarse en un escondrijo debajo de unas escaleras. La jauría entiende que nada puede hacer y sin odio hacia mi se marcha cuesta abajo, olfateando bolsas y mierdas.
Pasado el evento me meto en mi habitación. No me cuestiono nada de lo que ha ocurrido, ignoro cuestionarme y tan siquiera pensar en el tema. Al menor "no podía dejarlo en desventaja" cambio de tema mental. Por esa noche duermo sin ruido alguno.
Me desvelo, con el sonido arrítmico del techo, ideando múltiples y nuevas formas de provocarle la muerte, la mayoría, procuro, sin dolor. No me interesa su sufrimiento, no encuentro placer desviado y macabro en ello, en verle sufrir, sólo deseo que me deje mis noches tranquilas. Y mi techo también. De allí que me diferencie del sádico, del psicópata, de ese repugnante ser que ve en la tortura gatuna un deporte; mi objetivo es dormir, para ello debo hacer que el gato muera, es una simple consecuencia en la que el sufrimiento no es inevitable. Me voy durmiendo con dificultad pensando en estas cosas, queriendo creer que el ruido ha cesado, pero entonces es cuando la antena se desploma sobre el metal, los piececitos huyen despavoridos, y yo me quedo mentándole la madre al aire con voz ahogada.
Es un animal fuerte, ágil y de un bello color pardo. Por las mañanas toma el sol en mi patio, y yo le miro desde detrás de la rejilla que encierra la ventana del baño. Menea su cola, tumbado de costado, con suavidad y entreabre los ojos, como para disimular, como aparentando que sigue estando alerta y que el sueño, como ocurre realmente, no le está ganando. Parece que viniese de darse un gran banquete. Parece un rey, gordo y absurdo, que se tira a dormitar la cena teniendo a la vista sus dominios.
Yo le miro con el paño sobre el hombro, a través del sucio vidrio del baño que encierra una rejilla, y una profunda ira me invade el ánimo. Tengo un gesto estúpido en la cara, estoy jorobado, porque no he dormido demasiado y me siento cansado. Tengo, por tanto, una pose estúpida, allí, sin pantalones y en chancleta. Me veo indudablemente estúpido, atento contra la estética. De alguna manera entiendo porqué estoy solo. Si una mujer me viera en tal estado... Pero el punto es que no hay mujer... No, el punto es que comienzo a bramar y camino golpeando el piso con fuerza, salgo al patio y agito cavernícolamente mi paño. El animal reacciona a mis muecas y para cuando mi pie se dirige a él el felino ya ha huido de sus dominios, como todo buen rey que se sabe atacado, y se ha perdido en el jardín del vecino.
Otros días no es tan grave nuestra relación, si es que realmente la hay. En otras ocasiones yo le miro, y el a mí, y no nos decimos nada, como es lógico pues los gatos no hablan. Mi deseo de estrangularle en esas ocasiones se ha ido junto con mi sueño, me resigno a no tener las agallas de hacerle nada.
Cierta noche, no demasiado tarde, un escándalo llama mi atención. El ruido de muchas almohadillas que corren con rapidez termina frente a mi casa. Salgo con prontitud y descubro una jauría enloquecida, y entre las cabezas que muestran sus colmillos al gato que intenta escapar. Yo me apresuro, reacciono, aplaudo con fuerza y en el instante en que los perros me miran desconcertados el gato huye con espantosa prisa rozándome la pierna y termina por refugiarse en un escondrijo debajo de unas escaleras. La jauría entiende que nada puede hacer y sin odio hacia mi se marcha cuesta abajo, olfateando bolsas y mierdas.
Pasado el evento me meto en mi habitación. No me cuestiono nada de lo que ha ocurrido, ignoro cuestionarme y tan siquiera pensar en el tema. Al menor "no podía dejarlo en desventaja" cambio de tema mental. Por esa noche duermo sin ruido alguno.
lunes, 28 de mayo de 2012
Náusea.
La gente pasa, deprisa, no se miran, no se tocan, hacen maromas, se tuercen, pegan brinquitos; parecen tijeras, las piernas van y vienen, rápido, tijeras degeneradas que van cortando el aire; los brazos sujetan carpetas, sujetan bultos, sujetan otros brazos, a pesar de que no se tocan; una mano se levanta, taxi, el que sigue, otra mano mete la tarjeta, una tercera saca la billetera y en esta ocasión es indispensable no tocar... ¡y zas!, la billetera brinca de bolsillo a bolsillo, como por arte de magia y la mano, bien escondidita, se pierde deprisa, entre los cuerpos que siguen sin tocarse.
La gente pasa, deprisa, no se miran; tampoco miran otras miradas, tampoco miran la ausencia de estrellas en el cielo; un par de brazos abate el aire, el bus, bueno, se fue, el que siga; unos dedos, muy juntitos, no se mueven suspendidos en el aire, a la altura de la cabeza, no tienen ninguna moneda, esperan la llegada de alguna... de al menos una moneda; pareciera que no tuvieran uñas, pareciera que no tuvieran nudillos, son sólo unos dedos, nadie los mira ni los deditos ni lo que pueda haber al extremo de los deditos.
La gente pasa, muy deprisa, parece que va a llover; están al borde de correr, miran el reloj, eso sí lo miran; es esto un mareo, una náusea, todo va tan rápido que dan náuseas, es necesario ver a otro lado, es necesario mirar, mirar y evitar las estelas de la gente, que se mueven, que marean, que ni a putas se miran; podría decirse que las estelas, que cada trayecto, son uno, son mil, que se van quedando atrás y se unen hasta formar un sólo manchón gris, oscuro, asfixiante.
La gente pasa... Me detengo, al detenerme miro, siento ganas de vomitar porque me he detenido. Me consternan profundamente las bombas de jabón que me están rodeando y van cayendo lentamente, van flotando sorteando hombros, paraguas, manos de niños; me consterno profundamente al mirarlas y las sigo mirando para no vomitar, su movimiento es tan sutil, tan delicado y suave; me consterna saber que están ahí y no poder ubicar de dónde vienen. La gente pasa, deprisa, y no las llega a ver.
La gente pasa, deprisa, no se miran; tampoco miran otras miradas, tampoco miran la ausencia de estrellas en el cielo; un par de brazos abate el aire, el bus, bueno, se fue, el que siga; unos dedos, muy juntitos, no se mueven suspendidos en el aire, a la altura de la cabeza, no tienen ninguna moneda, esperan la llegada de alguna... de al menos una moneda; pareciera que no tuvieran uñas, pareciera que no tuvieran nudillos, son sólo unos dedos, nadie los mira ni los deditos ni lo que pueda haber al extremo de los deditos.
La gente pasa, muy deprisa, parece que va a llover; están al borde de correr, miran el reloj, eso sí lo miran; es esto un mareo, una náusea, todo va tan rápido que dan náuseas, es necesario ver a otro lado, es necesario mirar, mirar y evitar las estelas de la gente, que se mueven, que marean, que ni a putas se miran; podría decirse que las estelas, que cada trayecto, son uno, son mil, que se van quedando atrás y se unen hasta formar un sólo manchón gris, oscuro, asfixiante.
La gente pasa... Me detengo, al detenerme miro, siento ganas de vomitar porque me he detenido. Me consternan profundamente las bombas de jabón que me están rodeando y van cayendo lentamente, van flotando sorteando hombros, paraguas, manos de niños; me consterno profundamente al mirarlas y las sigo mirando para no vomitar, su movimiento es tan sutil, tan delicado y suave; me consterna saber que están ahí y no poder ubicar de dónde vienen. La gente pasa, deprisa, y no las llega a ver.
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domingo, 22 de abril de 2012
Sistema.
Llego. Mi jefe ya ha comenzado a revisar el examen. Hay gente esperando afuera. Están afuera. No los veo al entrar. No les presto atención al entrar. Pero están ahí, y esperan. Su tiempo se va, para la mayoría supongo, en una ansiedad por conocer sus resultados. Por saber si, por fin, el sistema les da el visto bueno.
Llego. Me pongo a trabajar con mi jefe. Revisamos el examen. Juntos. Yo me juego, creo, la legitimación frente a mi jefe. Que se de cuenta que tengo los conocimientos para estar donde estoy. Porque, al fin y al cabo, el sistema ya me ha legitimado. Ya tengo un cartón que dice que soy profesor. Uno más.
Pero yo no me siento uno más, a pesar de los pesares. Yo no hago lo que hacen los demás en mis clases. Yo busco algo más. Trascender, no yo, las ideas, la realidad. Utópica, pretenciosa, egocéntrica, social y legítima aspiración. Todo en uno y uno en todo, porque la realidad es contradictoria.
Yo creo jugarme muchas cosas. Pero quizás...
Terminamos de revisar el examen. Setenta ítems. Setenta equis puestas en la opción correcta determinan si los y las que esperan afuera, y muchos otros que no están allí, han aprobado. Pasar. Pasar el examen. El título. El bachillerato. Ese bachillerato que el sistema formal les negó. Por pereza, por hambre, por necesidad, por confusión, por su culpa... Cuántas son las razones que pueden haber... El punto es que están ahí. Bachillerato por madurez. ¿Madurez?. ¿Qué es eso?. ¿Aprobar... qué?. ¿Según quién... quiénes?
Los resultados ya están en la pizarra. Empiezan a pasar. Comienzan a comparar respuestas. Mi jefe me dice que me quede. Que aclare dudas, si es del caso. Y yo lo hago. Y me empiezo a dar cuenta. Porque los veo. Porque los veo contar los puntos. Esas cosas que ya sabés, que entendés que pasan en el sistema, en la realidad. Pero una cosa es saberlo y otra es verlo, en sus caras, en sus gestos, en sus cuerpos.
Ha llegado uno de mis estudiantes también. Yo espero que haya pasado. Yo me pongo tan ansioso como él. No. Más ansioso. Él no lo está, el sigue con su tranquilidad habitual.
Los veo. Miran la pizarra, buscan la respuesta. "Bien, esta si... Puta, yo sabía que no...". Y me empiezo a desesperar. Nadie parece darse cuenta, pero yo me empiezo a desesperar. ¿Cuántas cosas dependen de esa nota, cuántas promesas, esperanzas, opciones laborales dependen en ellos de esa nota?.
Y entonces, ahora más que nunca, lo que veo no tiene ningún sentido. No hay lógica alguna. La educación cívica no se puede evaluar en setenta ítems, pienso. Ya esto lo sabía. Pero ahora lo veo...
Algunos terminan y empiezan a contar. Una mano va, golpeando con suavidad la pregunta acertada, como diciendo "mierda, no pudiste conmigo", luego se tambalea en el aire cuando alguna otra le ganó la batalla... La otra mano va pasando las hojas. Es su trabajo, que la otra mate las preguntas vencidas.
Cuarenta y nueve puntos. No cuarenta y ocho. Eso ya no basta. Cuarenta y nueve ítems derrotados es lo que buscan en su conteo. Es la diferencia entre haber ganado un pedazo de cartón que dará el sistema o... Un nuevo intento la próxima, quizá... Aquí, ahora, no importa lo hablado, no importa lo analizado, no importa lo que causó sorpresa o indignación. Aquí, ahora, son cuarenta y nueve puntos lo que importa, nada más. Cuarenta y nueve. Un número. Un número. Número.
Al sistema le gustan los números.
A ellos no. A mí tampoco.
Pero es el número lo que está en juego.
Puta, y si mi estudiante no pasó... puta... puta... ¿Qué me preocupa realmente? ¿Su esfuerzo, sus esperanzas, sus metas? ¿Mi habilidad educativa por los suelos, una categoría de mal profesor? Hay cosas que no les dije... Hablé mucho... hablé más de la cuenta de otras cosas. Pero esas cosas eran importantes, más importantes, porque son parte de nuestra realidad, porque es indispensable que se den cuenta de lo que pasa y, sobre todo, que entiendan por qué pasa. Pero puta... lo vital era que pasaran... Un número. Cuarenta y nueve números. Contradicción. Puta. Me sudan las manos. No entiendo qué pasa, en dónde estoy y qué hago ahí.
Terminan de contar. Y lo de siempre: unas pasan, otros no. Veo sus caras. Puta...
Mi estudiante no pasó. Camina hacia donde estoy, cuarenta y dos, me dice con la expresión de siempre. No, digo yo. Me da el examen. Yo cuento los puntos. Yo vuelvo a contar, y mientras, en fracción de segundo sufro más que él. Mierda, me faltó tiempo, si hubiera tenido más tiempo... si hubiera hablado menos... Afuera empieza a llover, pero sigue haciendo un calor cargadísimo de humedad. Un calor hediondo y grosero.
Cuarenta y cuatro en realidad. Eso no le basta al sistema.
Lo consuelo... eso creo. El está tranquilo, yo creo que sí paso, me dice. Si... hay que esperar a ver si el Ministerio anula preguntas... o hace curva. Si, tranquilo, me dice él a mí... Y se me acaban las palabras en ese momento. Él se va. Yo me quedo. Yo me tengo que quedar. Yo hago de su derrota mi derrota. Pero no le digo nada.
Me pongo de pie. Camino de un lugar a otro. Nadie me pregunta nada. ¿Qué me van a preguntar si saben contar? Una chica llora más allá. Ella sí pasó. Y en su llanto se dicen muchas cosas, que yo entiendo, que yo también siento.
De a poco se van yendo. El aula queda vacía. Nos vemos mañana, me dice mi jefe, que toca el de estudios sociales... Yo le digo que si. Salgo. Estoy en la calle. Llueve. Y yo ya no pienso nada...
Llego. Me pongo a trabajar con mi jefe. Revisamos el examen. Juntos. Yo me juego, creo, la legitimación frente a mi jefe. Que se de cuenta que tengo los conocimientos para estar donde estoy. Porque, al fin y al cabo, el sistema ya me ha legitimado. Ya tengo un cartón que dice que soy profesor. Uno más.
Pero yo no me siento uno más, a pesar de los pesares. Yo no hago lo que hacen los demás en mis clases. Yo busco algo más. Trascender, no yo, las ideas, la realidad. Utópica, pretenciosa, egocéntrica, social y legítima aspiración. Todo en uno y uno en todo, porque la realidad es contradictoria.
Yo creo jugarme muchas cosas. Pero quizás...
Terminamos de revisar el examen. Setenta ítems. Setenta equis puestas en la opción correcta determinan si los y las que esperan afuera, y muchos otros que no están allí, han aprobado. Pasar. Pasar el examen. El título. El bachillerato. Ese bachillerato que el sistema formal les negó. Por pereza, por hambre, por necesidad, por confusión, por su culpa... Cuántas son las razones que pueden haber... El punto es que están ahí. Bachillerato por madurez. ¿Madurez?. ¿Qué es eso?. ¿Aprobar... qué?. ¿Según quién... quiénes?
Los resultados ya están en la pizarra. Empiezan a pasar. Comienzan a comparar respuestas. Mi jefe me dice que me quede. Que aclare dudas, si es del caso. Y yo lo hago. Y me empiezo a dar cuenta. Porque los veo. Porque los veo contar los puntos. Esas cosas que ya sabés, que entendés que pasan en el sistema, en la realidad. Pero una cosa es saberlo y otra es verlo, en sus caras, en sus gestos, en sus cuerpos.
Ha llegado uno de mis estudiantes también. Yo espero que haya pasado. Yo me pongo tan ansioso como él. No. Más ansioso. Él no lo está, el sigue con su tranquilidad habitual.
Los veo. Miran la pizarra, buscan la respuesta. "Bien, esta si... Puta, yo sabía que no...". Y me empiezo a desesperar. Nadie parece darse cuenta, pero yo me empiezo a desesperar. ¿Cuántas cosas dependen de esa nota, cuántas promesas, esperanzas, opciones laborales dependen en ellos de esa nota?.
Y entonces, ahora más que nunca, lo que veo no tiene ningún sentido. No hay lógica alguna. La educación cívica no se puede evaluar en setenta ítems, pienso. Ya esto lo sabía. Pero ahora lo veo...
Algunos terminan y empiezan a contar. Una mano va, golpeando con suavidad la pregunta acertada, como diciendo "mierda, no pudiste conmigo", luego se tambalea en el aire cuando alguna otra le ganó la batalla... La otra mano va pasando las hojas. Es su trabajo, que la otra mate las preguntas vencidas.
Cuarenta y nueve puntos. No cuarenta y ocho. Eso ya no basta. Cuarenta y nueve ítems derrotados es lo que buscan en su conteo. Es la diferencia entre haber ganado un pedazo de cartón que dará el sistema o... Un nuevo intento la próxima, quizá... Aquí, ahora, no importa lo hablado, no importa lo analizado, no importa lo que causó sorpresa o indignación. Aquí, ahora, son cuarenta y nueve puntos lo que importa, nada más. Cuarenta y nueve. Un número. Un número. Número.
Al sistema le gustan los números.
A ellos no. A mí tampoco.
Pero es el número lo que está en juego.
Puta, y si mi estudiante no pasó... puta... puta... ¿Qué me preocupa realmente? ¿Su esfuerzo, sus esperanzas, sus metas? ¿Mi habilidad educativa por los suelos, una categoría de mal profesor? Hay cosas que no les dije... Hablé mucho... hablé más de la cuenta de otras cosas. Pero esas cosas eran importantes, más importantes, porque son parte de nuestra realidad, porque es indispensable que se den cuenta de lo que pasa y, sobre todo, que entiendan por qué pasa. Pero puta... lo vital era que pasaran... Un número. Cuarenta y nueve números. Contradicción. Puta. Me sudan las manos. No entiendo qué pasa, en dónde estoy y qué hago ahí.
Terminan de contar. Y lo de siempre: unas pasan, otros no. Veo sus caras. Puta...
Mi estudiante no pasó. Camina hacia donde estoy, cuarenta y dos, me dice con la expresión de siempre. No, digo yo. Me da el examen. Yo cuento los puntos. Yo vuelvo a contar, y mientras, en fracción de segundo sufro más que él. Mierda, me faltó tiempo, si hubiera tenido más tiempo... si hubiera hablado menos... Afuera empieza a llover, pero sigue haciendo un calor cargadísimo de humedad. Un calor hediondo y grosero.
Cuarenta y cuatro en realidad. Eso no le basta al sistema.
Lo consuelo... eso creo. El está tranquilo, yo creo que sí paso, me dice. Si... hay que esperar a ver si el Ministerio anula preguntas... o hace curva. Si, tranquilo, me dice él a mí... Y se me acaban las palabras en ese momento. Él se va. Yo me quedo. Yo me tengo que quedar. Yo hago de su derrota mi derrota. Pero no le digo nada.
Me pongo de pie. Camino de un lugar a otro. Nadie me pregunta nada. ¿Qué me van a preguntar si saben contar? Una chica llora más allá. Ella sí pasó. Y en su llanto se dicen muchas cosas, que yo entiendo, que yo también siento.
De a poco se van yendo. El aula queda vacía. Nos vemos mañana, me dice mi jefe, que toca el de estudios sociales... Yo le digo que si. Salgo. Estoy en la calle. Llueve. Y yo ya no pienso nada...
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