lunes, 5 de septiembre de 2011

Café para tres.

Ella, en realidad, no estaba esperándolo. Al menos esa fue la impresión que me causó. Pero él llegó.

Ella... Se volteó y los ojos parecieron brillarle. Se levantó y lo abrazó, su frente a la altura de su nariz. Se quedaron en un abrazo infinito. Los brazos de ella se apoyaron en los hombros de él, subían, apretaban el cuello; una mano sentía su hombro, la otra se zambullía en su cabello: tensa, esa tensión que producen los momentos felices.

Él... Jorobado para sentirla, para olerla... La barbilla reposando en su hombro, los brazos cruzados por sus costados, una mano donde termina la espalda, la otra más arriba. Tensión... Y su mano derecha, subiendo y bajando, despacio, por la curva de su espalda, como acariciando todo lo que se puede acariciar en el mundo, como acariciando lo que importa acariciar en el mundo.

Los ojos de ambos cerrados.

Él presionando su mejilla en la oreja de ella, al tiempo que ella escondía su boca, dando un beso sin mover sus labios en su cuello; de esos que se dan sin darlo, sin necesidad de hacerlo obvio, pero que se sienten y son largos.

Ella escondiendo sus ojos en su cuello, viéndolo por dentro, sintiéndolo todo él, sintiéndose toda ella.

Leve separación momentánea. Es necesario verse...

Ella con la cabeza inclinada hacia arriba, sus manos recostadas en su pecho. Sus ojos en movimiento continuo mirándolo todo él: sus ojos, su nariz, su boca, su nariz, sus ojos, su boca, su boca, su boca.

Él, acariciando su mejilla sin soltarle la espalda; su mirada bamboleante sobre sus ojos: derecha, izquierda, derecha, izquierda.

Ambos perfectos. Ambos hermosos. Ambos sonríen, pero como el beso, sin sonreír... no hay necesidad. Cerca... cerca... unir los labios. Sus lenguas rozándose suavemente, como el mar besa la arena, como la arena fricciona el mar. Y como la ola, atrás, es necesario mirarse de nuevo.

---o---

Y yo allí. Mirándolos mirarse, descaradamente. Sintiendo que los amaba en su amor. Porque en ese momento, yo me infiltré por accidente en su espacio tiempo, porque ellos, desconocidos para mí, como dos amantes, se olvidaron de todo y de todos y el tiempo se les detuvo, y yo, sin pretenderlo, quedé atrapado con ellos en su dimensión de amor sólido y puro. Cómo salí de esa dimensión no lo sé, tal vez salí con ellos, tal vez antes. Yo sé lo que es estar allí... como ellos... Lo cierto es que cuando me fuí del café, caí en cuenta. Bonita forma de celebrar un aniversario de ausencia, pensé.

jueves, 28 de julio de 2011

Un pedazo de papel, un pedazo de historia.

Las hojas son también pedazos de papel, partes cortadas de una hoja más grande, de una hoja infinita de la que nacen todas la hojas de papel del mundo, es decir, todos los pedazos de papel.

Escribimos nuestras historias en estos pedazos, historias tan infinitas como las hojas, que no consiguen llenar nunca a la hoja mayor. Estas historias se ponen en los pedazos, con lo que, muchas veces, cada pedazo de papel conserva un pedazo de historia.

Y todas las historias se completan en una sola, como los pedazos a las hojas.

El crucigrama se cierra en sí mismo en el punto en que descubrimos que la clave está en la ficción.

martes, 19 de julio de 2011

The black cloud.

Una única circunstancia es lo suficientemente poderosa para provocar que me detenga y me desvíe de mi camino: libros en baratillo.

Yo padezco, lo que podría denominarse, ansiedad literaria una zozobra cuasi incontrolable cuando hay libros en rebaja, esos que suelen ponerse en cajas de cartón en las afueras de la librería, como insinuando un ruego para que los transeúntes hagan el grandísimo favor de llevárselos muy lejos. Me es, pues, menester girarme y bucear en busca de objetos impresos que valgan la pena... y aquí es donde empiezan los problemas, porque para mí muchos libros tienen un valor en sí mismo.

Pero bueno, este no es el momento de debatir sobre la naturaleza de los libros; debo limitarme a relatar que cierto momento, hace pocos días, me encontré un libro que, con una certeza instantánea, supe que debía de tener. Resultó este libro llevar por título La Nube Negra, y su autor ser un tal Fred Hoyle, que, además de escritor, fue matemático y astrofísico.

¿Cómo, queridos y queridas cómplices, iba a dejar pasar la adquisición de este ejemplar? Hubiera sido imperdonable, sin duda. Ya algo similar me había ocurrido, hace varios años, cuando me topé un libro homónimo a un disco de Sabina, El hombre del traje gris de Sloam Wilson.


Pues bien, cómo se habrá podido deducir, se trata de un libro de ciencia ficción. Según la presentación, Hoyle es uno de los autores más sobresalientes de la ciencia ficción tipo hard en Europa. (Uno no deja de preguntarse si será invento de la editorial para asombrar al comprador o por el contrario se trata de una perogrullada, que deriva en sorpresa para nosotros tan alejados de las realidades de occidente, a pesar de que muchos pretenden ser parte de).

Yo, primerizo en la lectura del género, debo decir que quedé bastante satisfecho con el resultado. A pesar de un lenguaje moderadamente machista (cómo es de esperar de un libro de 1957) y de una inclinación cientifico-céntrica (cómo es de esperar de un científico de cualquier época), la historia resulta cautivadora, atrapa inmediatamente. Y es que el hecho de que un libro te atrape, te obligue a seguir leyendo hasta el final, siempre se agradece.

La historia invita a abrir la cabeza, a repensar no sólo la vida humana, sino el concepto de vida en general en un contexto literalmente universal que escapa a nuestra primitiva comprensión humana. El papel de la política, su oposición al pensamiento racional, la naturaleza de la vida en sociedad, las jerarquías sociales, son algunos de los temas que interesan al autor.

La cuestión central, la reflexión a la que nos invita el autor, es clarísima y explícita al final de la historia. Contarla acá sería tanto como contar el final. Pero para no dejar con la duda completa, y deseando que también se encuentren este libro en algún baratillo escondido y no lo piensen dos veces para obtenerlo, les dejo un pequeño extracto del inicio del capítulo nueve. Salud.

"Es curioso en qué gran medida el progreso humano depende del individuo. Los seres humanos, que alcanzan a miles de millones, parecen estar organizados en una sociedad similar a la de las hormigas. No obstante, esto no es así. Las ideas nuevas, el ímpetu de todo desarrollo, nace de persones individuales, no de corporaciones o estados. Las ideas nuevas, frágiles como flores de primavera, fácilmente quebradas por la amenaza de la multitud, pueden, sin embargo, ser protegidas por el caminante solitario."

Ediciones B
España, 1988
Traducción Gemma Carvajal

jueves, 30 de junio de 2011

El rayo.

Sucede que las nubes negras, como es natural, también pueden traer consigo rayos y truenos. Y sucede que en una de tantas un rayo se abalanza sobre el tendido eléctrico y te deja sin computadora por un mes.

(No se me mal interprete.
Disfruto profundamente mirar los rayos
cruzar el horizonte,
dejarse caer arrebatados
trazando formas tan imprevistas
como perfectas.)

Pero a veces toca, supongo. Y mientras se inicia el proceso en la compañía eléctrica para que paguen la reparación (porque a alguien hay que echarle la culpa, ¿no)?, y mientras buscás dinero de donde no tenés para arreglar tu aparato, y mientras cuando lo arreglan descubrís que también ha dañado el módem, y mientras la compañía de internet te lo cambia, y mientras eso te sirve para descubrir que también se te dañó la tarjeta de red, y mientras volvés a conseguir dinero para una nueva reparación, hasta que por fin, al fin, tenés de nuevo acceso a horas de esclavitud digital, te ves en la situación de estar desconectado de la virtual realidad, o de la realidad virtual, o como carajos se diga.

(Porque cuán hermosa esa sensación
al ver una corriente de energía pura;
los rayos me gustan por eso,
entre otras cosas,
porque me recuerdan lo insignificante de la vida humana.)

Y así, por un mes, ocurre que dejás de leer diarios, de revisar el correo, de actualizar tu estado en esa red social que no quiero mencionar acá, de escribir en tu nube (la negra, no la informática digo), etcétera...

(Si. Algo misántropo. )

Ocurre, pues, que no necesariamente te hace falta. Y te enterás de cosas que ocurren a la vuelta de la esquina, casi literalmente, cinco o diez días después, al tiempo que te lo cuenta alguien que te pone cara de extrañeza (porque no lo sabías, claro está) y te mira con una mirada que mezcla compasión con algo más que no se sabe bien qué es.

(Qué se le hace...)

Y sucede, finalmente, que al término de la historia, cuando tu cotidianidad se ve reestablecida, te alegrás, al menos, de saber que no has caído en la trampa. Que lo de afuera sigue siendo más importante, más real; y que tu espacio virtual te sirve para trasladar esa realidad más allá de lo que la realidad misma lo permitiría; o sea, no es tu sustituto.

lunes, 6 de junio de 2011

Mi habitación.

Una habitación que cualquiera podría juzgar como un auténtico caos es, no obstante para mí, el lugar más placentero de todos mis lugares. Cada objeto preserva un aroma, una intención; algunos un escape. Cada uno está en su sitio no por casualidad (o tal vez sí, es lo de menos). Un observador ajeno miraría en una tira de papel seda, colorida y sucia, colgando del espejo, un amplio signo de descuido por parte del morador. Pero ese retazo de papel rojo revive un viaje, un hermoso recorrido en tren. Alguna vez agité, alegre, ese papel por la ventana del vagón, al ritmo de mi canto y de mi voz. Y así podría seguir enumerando memorias de cada objeto. Y a pesar de ello, cada vez que un visitante hace un desplante por la disposición de mis objetos, no evito pensar en preguntarle si su alma está tan limpia y segmentada como su habitación.

viernes, 6 de mayo de 2011

El primero de los primeros.

Con el primero, en cualquier circunstancia, nunca uno se queda satisfecho. Se aspira a aprender mucho, a mejorar, a corregir los errores, a no cometer las mismas torpezas; se promete que la próxima vez se habrá de reventarse el culo, el alma y los pulmones para lograr lo que se quiere realmente.

Pero también, el primero, será siempre el primero. Y te acompañará como una sombra o como una puerta, todo depende de tu capacidad para despreciarse, o bien para sentirse satisfecho con haber hecho lo que se sentía lo correcto.

Por lo demás, una de las cosas más importantes, es haberse rodeado de buena gente que te apoyó, de gente que tiene una buena estrella.


Yo también from Rafa Ávalos on Vimeo.

jueves, 21 de abril de 2011

Se fue con adela.

-Soluciones. Busco a Soluciones.

Problemas tenía la tendencia a molestarse más de la cuenta. Su única forma de estar tranquilo era tener a su lado a Soluciones; aún cuando fuera a lo lejos, el tenerla a la vista era suficiente.

-Se ha dio de vacaciones –dijo Sarcasmo. ¡Se ha ido de vacaciones!

Problemas no dudó un instante y llamó a su amigo Preocupaciones.

-¡Oh!, pensaba en vos.

-Amigo, malas noticias –replicó seriamente Problemas. Soluciones se ha ido de vacaciones. La muy ingrata.

-¡Oh no!... –gimió entre sollozos Preocupaciones.

Preocupaciones también era candidato a ser golpeado. Haciendo honor a su nombre, Soluciones encontró que para quitárselo de encima vendría bien un golpe directo en la nariz. Y así fue. Preocupaciones solo atinó a preguntarse ¿Me iré a morir?

Pero eso fue algo efímero, a los tres días siguió merodeando la casa de Soluciones, esta vez con un pastor alemán que adquirió el día anterior en la tienda de doña Facilidad.

-Se ha ido. ¡La muy puta se ha ido! –gritó Problemas. Seguro que fue el maldito de Confianza el que le metió ideas. (Al otro lado se escuchaba el llanto desconsolado de Preocupaciones) Pero no te asustes amigo íntimo. Iremos con doña Soledad, seguro que tendrá tiempo para nosotros.

Esa tarde, entre un mar de dudas, tomaron café en Placer`s, esquina diagonal a la casa de Pecados. Esperaron a que cayera la noche y se marcharon a donde doña Soledad.

Soluciones, por Nostalgia, volvía dos semanas después y se enteró de que Problemas y Preocupaciones hacía tiempo que buscaban a doña Soledad.

lunes, 11 de abril de 2011

Las raíces ignotas.

Me encaminé hacia ese pueblo natal; natal no porque naciera allí pues de hecho la única vez que fui fue cuando murió mi abuelo, sino porque mis raíces familiares se han añejado en esas tierras por mucho tiempo.

Iba, junto a mi padre, a conocer a la familia veinticinco años después. Supongo que nacer en estos tiempos tiene sus consecuencias... supongo que nacer días antes de Chernóbil tiene su simbolismo.

Y estar con el sentido alerta, percibiendo sonidos, olores, visiones. Y conocer a la prima paterna que te ofrece chicharrón, o salchichón, o lo que querás. Y sobretodo, percibir a tu padre internamente emocionado; sentirlo, sencillamente, diferente.
Porque mi padre nunca fue de hablar mucho del pasado.

Pero entonces algo cambia con esa visita y ese primer encuentro. Y te enterás de cosas que han marcado la vida de esa figura que apreciás tanto, de ese hombre al que los años le han empezado a apaciguar el semblante, a suavizar la frente. Y verlo con la garganta pronunciando entrecortadamente palabras antiguas y escondidas, ocultas por mucho tiempo.

Nunca conocí a mi abuela paterna, murió cuando mi padre era un niño. Pero ese día, su presencia se me acercó en cada nuevo familiar, en cada portal al que fui invitado.

Y la sensación que te domina es la de alegría, la descubrirte en otras historias y en otras gentes, porque al final con todos y todas ellas compartís una historia común. Siempre me fue extraño el tema de la familia y el linaje, pero en esta ocasión algo comienza a resignificarse...

Pero más tarde, cuando estás en la sétima casa disfrutando de una viejita hermosa que es tu tía bisabuela y afuera, por la ventana, el día se empieza a fugar; te das cuenta que sólo ha sido un descubrimiento que se perderá con el anochecer pues en última instancia los lazos que te unen con todos ellos no tienen cabida en una realidad que todos hemos forjado por separado.

Y recae, hondamente, la certeza de saber que no los volverás a ver y que las vidas seguirán por separado, como ya estaba escrito, y que el encuentro sólo ha sido una pequeña jugarreta al estado de las cosas.

Y al final, en la oscuridad que cubre el camino de regreso, se presenta el último y más potente sentimiento. Saber que, quizá, te tocó ser Aureliano Babilonia y es en vos que finaliza la estirpe.

jueves, 10 de marzo de 2011

Buscar el papel y el sitio.

La premura de hacerse de una hoja en donde escribir, porque hemos olvidado la libreta en casa, puede y debe desencadenar una serie de acontecimientos dignos de ser escritos.

Todo comienza por una idea que nace de una imagen, un grito o el llanto de una niña: supóngase que se está en media calle, un día cualquiera que se ha salido a respirar el aire viciado de afuera para variar la costumbre del aire viciado de adentro, y entonces ocurre que se ve una mujer, guapa, abofeteando a un tipo que pone cara de imbécil. Su novio, se deduce, por el inconfundible gesto de animal arrepentido que se le dibuja en la cara.

Y es así como se presenta la ocasión perfecta para escribir sobre el amor, o sobre las relaciones de pareja, o sobre los celos y su dinámica con la infidelidad, o sobre las parejas en las relaciones de amor, o sencillamente sobre el talante imbécil de un novio infiel.

Ante esto se ha de apresurar en la búsqueda inmediata y precisa de una cafetería (o restaurante) que cumpla con el requisito de tener área de fumado. Se ha de repasar y elegir entre la lista mental de opciones, o en última instancia, redoblar el paso y entrar en el primer lugar disponible antes de que nuestras ideas se dispersen.

Una vez en el sitio, pídase torpemente una taza de café, negro sobra decir, enciéndase un cigarrillo arrugando levemente el ceño y, al fin, hágase de una servilleta.

Si se presenta la inquietante circunstancia de no tener a mano una servilleta, rebusque en los bolsillos facturas. En cualquier caso, siempre es mejor la factura, el volante inútil que le dio un púber muchacho minutos atrás, que la delicada servilleta.

Ahora si, se dará rienda suelta a la creatividad literaria pudiendo usar figuras como bofetada precisa, gesto retórico o la premura de hacerse de una hoja.

martes, 1 de marzo de 2011

Instantes felices.

Leo un libro, esperando mi turno de ser el hábil técnico que quiero ser. A lo largo de la obra hay dos largos momentos en que mi ingenio visual no tiene que intervenir en la historia. Por eso leo. Porque la obra ya me la sé.

Y entonces algo como un soplo, como un pequeño roce sobre los bellos de mi nuca, me hace detenerme y ver a mi alrededor. Volteo mi cabeza a mi izquierda y observo a Ramiro seguir el texto con la mano atenta en el reproductor de audio. Miro a la derecha, lentamente, y Fran descansa apoyado en el respaldar del asiento; su rostro lo baña la luz azul de una lamparita, y esa luz baña también la consola de luces.

Sólo se escucha el ronroneo que escupe el ventilador del proyector de video delante de mi y la tensión vibrante de la corriente eléctrica que se desprende de los tachos y que sólo obedece a los movimientos de Fran. Alzo más la vista, y sólo se escucha el peculiar silencio de un teatro en el transcurso de una función: un asiento rechinar, un estornudo apagado, los actores... Abajo, sobre el escenario, los actores juegan a ser quienes no son, como es natural.

Y yo ahí, joven y vivo, desde la cabina suspendida sobre las cabezas del público, me doy cuenta que estar ahí me hace feliz.

La felicidad es cosa ambigua. Pero hay pequeños momentos de lucidez, más bien como ráfagas de energía, que te hacen recordar que la felicidad es algo que puede existir, a pesar de ser una señora que pasa a saludar muy de vez en cuando.