jueves, 21 de abril de 2011

Se fue con adela.

-Soluciones. Busco a Soluciones.

Problemas tenía la tendencia a molestarse más de la cuenta. Su única forma de estar tranquilo era tener a su lado a Soluciones; aún cuando fuera a lo lejos, el tenerla a la vista era suficiente.

-Se ha dio de vacaciones –dijo Sarcasmo. ¡Se ha ido de vacaciones!

Problemas no dudó un instante y llamó a su amigo Preocupaciones.

-¡Oh!, pensaba en vos.

-Amigo, malas noticias –replicó seriamente Problemas. Soluciones se ha ido de vacaciones. La muy ingrata.

-¡Oh no!... –gimió entre sollozos Preocupaciones.

Preocupaciones también era candidato a ser golpeado. Haciendo honor a su nombre, Soluciones encontró que para quitárselo de encima vendría bien un golpe directo en la nariz. Y así fue. Preocupaciones solo atinó a preguntarse ¿Me iré a morir?

Pero eso fue algo efímero, a los tres días siguió merodeando la casa de Soluciones, esta vez con un pastor alemán que adquirió el día anterior en la tienda de doña Facilidad.

-Se ha ido. ¡La muy puta se ha ido! –gritó Problemas. Seguro que fue el maldito de Confianza el que le metió ideas. (Al otro lado se escuchaba el llanto desconsolado de Preocupaciones) Pero no te asustes amigo íntimo. Iremos con doña Soledad, seguro que tendrá tiempo para nosotros.

Esa tarde, entre un mar de dudas, tomaron café en Placer`s, esquina diagonal a la casa de Pecados. Esperaron a que cayera la noche y se marcharon a donde doña Soledad.

Soluciones, por Nostalgia, volvía dos semanas después y se enteró de que Problemas y Preocupaciones hacía tiempo que buscaban a doña Soledad.

lunes, 11 de abril de 2011

Las raíces ignotas.

Me encaminé hacia ese pueblo natal; natal no porque naciera allí pues de hecho la única vez que fui fue cuando murió mi abuelo, sino porque mis raíces familiares se han añejado en esas tierras por mucho tiempo.

Iba, junto a mi padre, a conocer a la familia veinticinco años después. Supongo que nacer en estos tiempos tiene sus consecuencias... supongo que nacer días antes de Chernóbil tiene su simbolismo.

Y estar con el sentido alerta, percibiendo sonidos, olores, visiones. Y conocer a la prima paterna que te ofrece chicharrón, o salchichón, o lo que querás. Y sobretodo, percibir a tu padre internamente emocionado; sentirlo, sencillamente, diferente.
Porque mi padre nunca fue de hablar mucho del pasado.

Pero entonces algo cambia con esa visita y ese primer encuentro. Y te enterás de cosas que han marcado la vida de esa figura que apreciás tanto, de ese hombre al que los años le han empezado a apaciguar el semblante, a suavizar la frente. Y verlo con la garganta pronunciando entrecortadamente palabras antiguas y escondidas, ocultas por mucho tiempo.

Nunca conocí a mi abuela paterna, murió cuando mi padre era un niño. Pero ese día, su presencia se me acercó en cada nuevo familiar, en cada portal al que fui invitado.

Y la sensación que te domina es la de alegría, la descubrirte en otras historias y en otras gentes, porque al final con todos y todas ellas compartís una historia común. Siempre me fue extraño el tema de la familia y el linaje, pero en esta ocasión algo comienza a resignificarse...

Pero más tarde, cuando estás en la sétima casa disfrutando de una viejita hermosa que es tu tía bisabuela y afuera, por la ventana, el día se empieza a fugar; te das cuenta que sólo ha sido un descubrimiento que se perderá con el anochecer pues en última instancia los lazos que te unen con todos ellos no tienen cabida en una realidad que todos hemos forjado por separado.

Y recae, hondamente, la certeza de saber que no los volverás a ver y que las vidas seguirán por separado, como ya estaba escrito, y que el encuentro sólo ha sido una pequeña jugarreta al estado de las cosas.

Y al final, en la oscuridad que cubre el camino de regreso, se presenta el último y más potente sentimiento. Saber que, quizá, te tocó ser Aureliano Babilonia y es en vos que finaliza la estirpe.

jueves, 10 de marzo de 2011

Buscar el papel y el sitio.

La premura de hacerse de una hoja en donde escribir, porque hemos olvidado la libreta en casa, puede y debe desencadenar una serie de acontecimientos dignos de ser escritos.

Todo comienza por una idea que nace de una imagen, un grito o el llanto de una niña: supóngase que se está en media calle, un día cualquiera que se ha salido a respirar el aire viciado de afuera para variar la costumbre del aire viciado de adentro, y entonces ocurre que se ve una mujer, guapa, abofeteando a un tipo que pone cara de imbécil. Su novio, se deduce, por el inconfundible gesto de animal arrepentido que se le dibuja en la cara.

Y es así como se presenta la ocasión perfecta para escribir sobre el amor, o sobre las relaciones de pareja, o sobre los celos y su dinámica con la infidelidad, o sobre las parejas en las relaciones de amor, o sencillamente sobre el talante imbécil de un novio infiel.

Ante esto se ha de apresurar en la búsqueda inmediata y precisa de una cafetería (o restaurante) que cumpla con el requisito de tener área de fumado. Se ha de repasar y elegir entre la lista mental de opciones, o en última instancia, redoblar el paso y entrar en el primer lugar disponible antes de que nuestras ideas se dispersen.

Una vez en el sitio, pídase torpemente una taza de café, negro sobra decir, enciéndase un cigarrillo arrugando levemente el ceño y, al fin, hágase de una servilleta.

Si se presenta la inquietante circunstancia de no tener a mano una servilleta, rebusque en los bolsillos facturas. En cualquier caso, siempre es mejor la factura, el volante inútil que le dio un púber muchacho minutos atrás, que la delicada servilleta.

Ahora si, se dará rienda suelta a la creatividad literaria pudiendo usar figuras como bofetada precisa, gesto retórico o la premura de hacerse de una hoja.

martes, 1 de marzo de 2011

Instantes felices.

Leo un libro, esperando mi turno de ser el hábil técnico que quiero ser. A lo largo de la obra hay dos largos momentos en que mi ingenio visual no tiene que intervenir en la historia. Por eso leo. Porque la obra ya me la sé.

Y entonces algo como un soplo, como un pequeño roce sobre los bellos de mi nuca, me hace detenerme y ver a mi alrededor. Volteo mi cabeza a mi izquierda y observo a Ramiro seguir el texto con la mano atenta en el reproductor de audio. Miro a la derecha, lentamente, y Fran descansa apoyado en el respaldar del asiento; su rostro lo baña la luz azul de una lamparita, y esa luz baña también la consola de luces.

Sólo se escucha el ronroneo que escupe el ventilador del proyector de video delante de mi y la tensión vibrante de la corriente eléctrica que se desprende de los tachos y que sólo obedece a los movimientos de Fran. Alzo más la vista, y sólo se escucha el peculiar silencio de un teatro en el transcurso de una función: un asiento rechinar, un estornudo apagado, los actores... Abajo, sobre el escenario, los actores juegan a ser quienes no son, como es natural.

Y yo ahí, joven y vivo, desde la cabina suspendida sobre las cabezas del público, me doy cuenta que estar ahí me hace feliz.

La felicidad es cosa ambigua. Pero hay pequeños momentos de lucidez, más bien como ráfagas de energía, que te hacen recordar que la felicidad es algo que puede existir, a pesar de ser una señora que pasa a saludar muy de vez en cuando.

viernes, 18 de febrero de 2011

Masturbación literaria.

"La escritura, que en cierto modo es como la masturbación: una actividad placentera, solitaria y económica", -me ha dicho un amigo muy querido, y tristemente distante, en un correo.

Y tiene razón. Como siempre. Tiene todísima la razón. Escribir es como pegarse una buena paja... quién quita y mejor aún.

Y así es como -pensé- si escribir es como pegarse una paja, leer viene a ser algo así como dejar que te hagan una paja. Y tal cual como ocurre en estas situaciones:
no siempre te saben hacer llegar al orgasmo.

sábado, 5 de febrero de 2011

La soledad y el universo.

El universo, ese todo incomprensible para nosotros seres de carne y hueso y, en última instancia, alguna materia igualmente incomprensible y desconocida, tiene sus leyes que de a poco, en pequeños espasmos de lucidez, empezamos a comprender.

Esta era en las que nos tocó crecer nos inunda, en cada momento que puede, con ideas que se fundamentan en el desarrollo individual. "Estás solo -te dicen- tenés que quererte a vos mismo antes que a nadie más". También te afirman cosas como "la felicidad está en vos mismo, tenés que descubrirla". (Y todo ello dejando de lado el fundamentalismo consumista y voraz que también tiene su simiente en el ser como unidad independiente.)

El amor, resumen, se basa en el amor individual.

Pero aquellos que afirman tales cosas, algunos sicarios de la felicidad que se disfrazan a través de escuelas de yoga o cosas así, obvian que nada puede existir si no es con referencia a alguien o algo más. Estos y otros seres nos afirman ser muy felices en su interior, han encontrado la luz en su interior. Un interior, al menos para mí, confuso, a veces inexistente, a veces, como el universo, incomprensible.

No sé si éstos y éstas han logrado, en efecto, una introspección substancial negada a la mayoría de mortales. Cómo saberlo...

Lo qué sí sé, es que una tarde comprendí un principio universal: nada puede existir sin algo que le de sentido, que le de referencia. Un cuerpo en mitad del espacio, inmenso y oscuro, no tiene dirección, no tiene arriba ni abajo, no es posible ubicarlo. Sólo es posible darle sentido a este cuerpo con respecto a otro, sea en miles de kilómetros, años luz, órbitas grandes y chicas... La Tierra está en ésta galaxia sólo porque hay más cuerpos que la conforman... el planeta, solo, es un cuerpo flotante.

Y la vida humana es así... Una tarde comprendí que somos así. Un ser solo no puede dar demasiado sentido a la vida... a su vida.

Quizá, pensé, por eso la extraño tanto. Quizá esto explique porqué, desde que no estamos juntos, me volví un cuerpo flotante en medio de la oscuridad.

sábado, 22 de enero de 2011

De los libros y las emociones.

Libros digitales. He acá una falacia colosal. El principio del libro digital, por muy ecológico que sea, atenta contra la cultura misma de la lectura, atenta contra los más sagrados principios del lector y la literatura.

¡Ah, extremismo literario! -dirán algunos-, ¡puro idealismo sin fundamento!. Y escupirán al piso, golpearán con el puño la mesa y aullarán maldiciones.

Un servidor es, sin duda, romántico en el asunto. Pero qué se le hace... Leer un libro es un acto casi espiritual, trasciende lo racional... Una historia literaria, bien contada, pone en funcionamiento un elemento fundamental del ser humano: la imaginación.

Pasar cada página, de las múltiples formas posibles para ello (mojarse el dedo con la lengua, soplar levemente entre páginas juntas, doblar levemente la esquinita con el índice) implica un acto inseparable de la lectura. En cada página se va dejando un poco de uno mismo: el instante de tu ser que fuiste en ese momento, las sensaciones que te provocó la historia... todo esto va quedando en cada página, como si al leer fuéramos nosotros mismos agregando una historia nueva que, quizás, dentro de mucho tiempo, cuando tomemos de nuevo ese libro y pasemos sus páginas, leeremos junto a la historia original.

Cada hoja se impregna de un momento específico de nuestro ser; y con cada hoja nuestro interior se llena de algo que antes no tenía.

Portar el libro, andar junto a él, fiel compañía en momentos de múltiples significados. Entrar a un café, rrecostarse a un árbol, leer frente al mar. Una pantalla no iguala ese fenómeno cuasiespiritual. Porque los libros son, en cierta medida, los únicos que nos insinúan que el ser humano puede ser algo más que carne y odio.

Los libros, el olor a tinta, a hojas nuevas o añejas, las portadas, sus pastas o cartones; su elaboración, aún por mecánica que sea, pasó por las manos de otro ser humano.

Atesorar el libro, poseerlo...

¿O es que acaso en el 2476 (si es que hay ser humano o planeta para entonces) podrá conservarse con tanto simbolismo y emoción la edición electrónica de algún bestseller del 2023, como las primeras ediciones de El Quijote o la edición conmemorativa de 100 años de soledad se conservan hoy y siempre?

jueves, 13 de enero de 2011

Memorias chicas.

En 1965 se fundó la Escuela Nacional de Policía en Costa Rica, sobre lo que fue la Escuela Cívico Militar, instaurada en 1949 tras la abolición del Ejército. Se creó en la administración del entonces presidente, y ahora difunto, Francisco Orlich (p. 1962-1966).

Cinco años más tarde, en 1970, su nombre fue modificado vía decreto ejecutivo y pasó a denominarse Escuela Nacional de Policía Francisco J. Orlich B., en honor al presidente de turno que había creado la institución... (supongo).

Pocas cosas asustan o sorprenden por estos lados del mundo que disfruto llamando Macondo.

Así pues, no hace fruncir el entrecejo percatarse que fue justamente en el gobierno de Orlich cuando se llevó a cabo una de las represiones más sangrientas de la historia del país.

Son las siete de la noche del viernes 23 de noviembre de 1962 en la ciudad de Cartago. Cerca de cinco mil personas se instalan en la esquina del Salón París, en el contexto de una lucha que condujo a una huelga de pagos del servicio eléctrico como protesta por el exorbitante incremento en las tarifas que pretendía el gobierno.

Cuando, horas más tarde, la manifestación estaba por terminar aparecieron cuatro camiones de policías traídos de San José para la ocasión. Los disparos y gases lacrimógenos de los refuerzos derivaron en un inevitable enfrentamiento con los ciudadanos.

El saldo: tres muertos, 19 guardias y 20 civiles heridos. Sin contar los arrestos, y las agresiones que sufrieron los apresados, en los días posteriores.

En palabras de la historiadora Patricia Alvarenga
"las innumerables voces de protesta que se alzaron contra los acontecimientos del 23, reconstruían el discurso oficial de paz y la democracia costarricense, para acusar al gobierno de transgredir tradiciones consideradas ya consagradas en el país, pese a que habían transcurrido escasos 14 años desde la Guerra Civil". (Libro completo acá)
Aunque Orlich dijera al día siguiente estar "con el corazón destrozado por el dolor", lo cierto es que exoneró de toda culpa a la policía. Su justificación política, históricamente torpe, fue la amenaza comunista que incitaba a la violencia, amenaza a todas luces inexistente en una ciudad históricamente católica y conservadora.

Acaso el contexto internacional le jugara una mala pasada al expresidente, cuyo nombre está asociado a unos de los hechos de represión más claros de la historia costarricense; cuyo nombre irónicamente forma parte de la Escuela Nacional de Policía, pero que ya nadie recuerda.

martes, 11 de enero de 2011

Fumar el recuerdo.

Una amiga, a quien llamaré San, escribió cierto día estas palabras:

"Escribo tu nombre en mi cigarro, y poquito a poquito, te fumo.
Entra en mis pulmones tu palabra y besa mis labios el humo de tu recuerdo:
lejano en la distancia, pero cercano a mi pecho
."

Gracias San; tengo que decir que sigue siendo muy oportuno.

martes, 4 de enero de 2011

Explicaciones sencillas

De vuelta a casa me encuentro con esta escena: un tipo que conduce una motocicleta, con un acompañante, levanta su casco para fumar un cigarrillo durante el viaje.

De haber sufrido el tipo un accidente (estamparse contra una fachada, decorar el parabrisas de un autobús o cosas así) no hubiera faltado quién se autocomplaciera con la explicación "fumar mata".