domingo, 25 de agosto de 2013

Soldado por necesidad.

Soldado por necesidad. Soldado porque sólo eso se podía ser. Detenido en medio de la calle escuchaba el acechante algarabío del a manifestación. Pronto darían la vuelta en la esquina y serían visibles. Manifestantes por necesidad. Manifestantes porque qué ya no se podía aguantar más. El hambre no espera. La muerte no tiene feriados ni vacaciones.

Sus manos ya no amasan pan, ni forjan el hierro, ni mesclan piedra, ni empacan nada. Sus manos se volvieron frías. El calor de la herramienta quedó atrás. Como el calor de la familia, como el amor, la esperanza. Soldado por necesidad.

¿Por necesidad?.

Atrás el palacio de gobierno. Vacío. Estéril. De colores y valores cambiantes de acuerdo a quien lo mira. A los lados rifles, máscaras que limpian el aire pero no la conciencia. Al fondo un pie, dos, cientos. Banderas que se asoman rebeldes con colores estridentes. El dedo en el gatillo. Los dedos en los gatillos. Sudor en la frente. Nubarrones negros y pesados en lo alto. Vacío en el corazón. Rabia. Odio.

¿De dónde, de quiénes, de cuántos?

Retumbos, cantos, reclamos. Sintió miedo, un pánico que estrangula de golpe. El dedo apretando más. Los dedos apretando más. Las banderas que se alzan más. Los gritos se oyen más. El presidente más lejos. Los poderosos nadie sabe dónde están. Su primer encuentro. Su primera bala esperando despertar el silbido sutil y estúpido de la muerte. Las balas esperando.

Voces roncas de todas las edades. Dignidad. Lucha. Hastío. Deseos de muerte. Deseos de vida. Soldado por necesidad… Cerca, más cerca voces que forman una. Un edificio detrás. Un montón de hormigón y hierro frío detrás. Miradas dispuestas a todo. Miradas sin nada en los ojos. Anhelos de poder y justicia. Delirios de poder. Cerca. Más cerca. Muchos nadies. Otro poco que piensan no serlo. El presidente seguro.

Cuerpos sin almas debajo. Almas con un poco de cuerpo encima. Palos. Piedras. Gritos. Disparos. Sangre. Cae un cuerpo. Caen dos. Caen cientos. Hijos, primos, padres. Madres. Y la bala esperando el blanco adecuado. Sudor. Temor. Duda. Pánico. Odio. Injusticia. Maldito presidente y suelta la bala. Cae un cuerpo. Un hijo. Su hijo.

Soldado por necesidad.

miércoles, 17 de julio de 2013

Adiós querido Cuco.

"Aquello que en la vida nos causa pena, al verlo representado nos da placer" dice Berta Hiriart.

Por eso el cine y el teatro, y el arte en general, habla (y nos seguirá hablando hasta el fin de nuestros días) del amor y las relaciones humanas, en primer término, y de los sueños, las esperanzas y las frustraciones. En resumen, hablamos de la vida que es todo lo que tenemos y, por consiguiente, de la muerte que es el destino inevitable de todos los seres que venimos a este mundo. Es, por mucho, la única certeza de estar vivos. Linda ironía se le ocurrió a la vida. 

A propósito, me recuerdo que Fernando Contreras lo dice hermosamente en su libro Cierto Azul: "El Futuro es el nombre que inventamos para sostener esta incertidumbre de estar vivos." En todo caso, esto será tema de otra entrada. 

Afiche de la 1ᵅ temporada de Adiós querido Cuco, Costa Rica.

Adiós querido Cuco es la obra infantil con la que su autora, Berta Hiriart, obtiene el Premio Nacional de Teatro para Niños en 2004 en México. No es para menos que haya obtenido este reconocimiento. El texto nos cuenta una historia conmovedora, "feliz y triste a un tiempo" (según uno de los pajarracos actores), la historia de Pola, una niña de 7 años que deberá enfrentarse a la muerte de Cuco, el amado perro de su abuela Titina. Pola tendrá que aprender a enfrentar su proceso de duelo, ese inevitable sufrimiento que atravesamos todos cuando perdemos un ser querido, atravesando diferentes etapas que le presentan retos diferentes: la negación, el pasmo, la rabia, la angustia, la tristeza, la culpa y por último la aceptación.

El texto está estupendamente estructurado. El hilo de la narración está a cargo de tres pajarracos locos, son éstos quienes se transforman en los personajes de Cuco, Titina y Pola y nos representan la historia. Las transiciones temporales son adecuadas y el texto presenta rompimientos bastante jocosos a cargo de los pajarracos, un humor que trasciende de lo "puramente" infantil sin duda. En general, la obra puede ser disfrutada por personas pequeñas y adultas por igual, al final el proceso de duelo lo enfrentamos a cualquier edad. 

Marcela Jarquín, Andrés Blumberg y Xinia Rojas.
Fotografía: Alexander Photography

La puesta es dirigida por Andy Gamboa, actor formado en el Taller Nacional de Teatro de Costa Rica quien posteriormente viajó a México para especializarse en dirección. “En Costa Rica, no estamos acostumbrados a llevar a los niños al teatro, debido a la falta de espacios dedicados a ellos. O bien, solo se presentan obras que no dejan en ellos un mensaje real, haciéndolos creer que todo en esta vida se arregla gracias a seres mágicos. El nuevo teatro infantil, busca además de entretener, dejar en sus jóvenes espectadores una enseñanza”, dice el director. 

El montaje es ágil y atractivo. La estética escogida para los elementos escénicos es colorida y tienen ese efecto (para los grandes) de hacernos recordar cuando mirábamos con ojos de niño. Con todo, los recursos son pocos pero suficientes y bien utilizados. Las actrices y el actor lograron imprimirle un ritmo fluido a la puesta. Director y actores logran crear imágenes que permanecen con nosotros. 

En otro aspecto, el gran tema secundario que subyace a la puesta es el amor que se ha desarrollado a las mascotas. Perros, gatos y otros animales domésticos (gallinas, ¿por qué no?) se han convertido en seres importantes de las familias a los cuales también se les otorga derechos. 

Adiós querido Cuco finaliza su segunda temporada este fin de semana, con función el domingo a las 11:00am en el Teatro Impromptu Giratablas, en San Pedro, Costa Rica. Sinceramente, espero que el futuro le depare más temporadas a esta puesta. 

La vida (y la muerte) me han hecho escribir estas líneas al tiempo que enfrento el fallecimiento de una gran persona. Porque a veces el problema no es la muerte en sí sino las circunstancias en las que se da. Pero bueno, eso es otro tema. Retomo la moraleja de la obra que nos viene a bien: todo lo que empieza acaba, pero también todo lo que acaba trae algo nuevo.


martes, 23 de abril de 2013

De fotografías, retoques e insensibilidades.

En las primeras semanas del año World Press Photo, en su edición 56, reconoció las que considera las mejores fotografías de 2012. El premio a la mejor fotografía periodística fue para Paul Hansen por su imagen titulada "Funeral en Gaza", imagen que Hansen tomó durante los (siempre) recientes ataques del ejército de Israel en territorios de Palestina. En la fotografía se retrata el dolor y la ira que han generado la muerte de dos niños cuyos cuerpos son llevados hacia su funeral.

"Funeral en Gaza" (2012), Paul Hansen.
En días posteriores al anuncio se dio una polémica, especialmente en medios digitales, y respondía a un debate en dónde se criticaba el uso de retoques digitales por parte del fotógrafo valiéndose, probablemente, del siempre versátil y amistoso Photoshop (es ironía, no publicidad disfrazada). Leí un artículo de opinión en particular que me generó mucho interés, tanto por su fondo como por su título: "La post-producción del dolor", firmado por Ana Prieto.

Sirvan pues estas líneas para hacer respuesta del mencionado artículo y esbozar algunas inquietudes que me parecen pertinentes tratar.


Las críticas.

La autora del artículo cuestiona los retoques dados a la fotografía de Hansen afirmando que lo "lo cierto es que el conjunto pareciera tener la dirección de arte de una película de acción de Hollywood, y los hombres y los niños quedaron bajo una pátina digital que los equipara a inmaculados y estáticos muñecos de cera". Agrega que "Hansen consiguió que todo lo que debería ser insoportable –dos niños asesinados, una familia destrozada, un conflicto sin fin– se vuelva perfectamente tolerable".

Según Prieto, el poder de la fotografía está menguando a cada instante porque es "fácil de ver", cuando en realidad debería de ser insoportable mirarla. La idea general creo que se resume cuando enfatiza: "Funeral en Gaza no exige al espectador nada más que la ocasional frase indignada “¡qué barbaridad!”, antes de dar vuelta la página y olvidarla por completo".


Lo que cuenta Funeral en Gaza (lo que vemos y no vemos).

Dejemos en el aire un momento las críticas y centrémonos en el contenido de la fotografía, ese que subyace a los retoques o la técnica. ¿Qué muestra la fotografía? Muestra una escena cotidiana de oriente medio, de Palestina específicamente. Muestra rostros de dolor y, sobretodo, ira y rabia. Dos cuerpos pequeños con rostros amoratados y dolorosos absurdamente inertes en sábanas, dos vidas humanas aún en formación arrancadas salvajemente de este mundo por la no menos absurda cualidad humana de estropearse a sí misma. Dos víctimas completamente inocentes, porque si existen los inocentes son justamente los niños y niñas, de una política asesina irónica y grotescamente similar al peor holocausto del siglo XX, en el que también, no está demás decirlo, murieron seres inocentes.

Muestra manos en alto que apuntan al cielo, invocando quizá la gracia divina que les salve de esta terrenalidad inferna. Una ciudad en ruinas, una ciudad que no termina de hacerse nunca porque no la dejan, una ciudad a la que le cortan una y otra vez las raíces. La fila de hombres, y solamente hombres, se fuga en el horizonte, como en un camino que no sabemos ni cuándo ni cómo ni dónde va a terminar. Las mujeres, ausentes, probablemente están obligadas a sufrir su dolor de forma más "discreta".

La fotografía, pues, no deja de mostrar todo lo que Prieto define como "lo que debería ser insoportable".


Retoque, indiferencia e insensibilidad.
   
¿Es Funeral en Gaza realmente "tolerable"? ¿qué es lo que realmente hace "fácil de ver" la fotografía de Hansen? ¿Es el retoque digital una herramienta válida?

En 1936, cuando no existía ni por asomo el retoque digital, el ahora mítico fotógrafo Robert Capa, cofundador de la mítica sobre lo mítico Agencia Magnum, tomó una fotografía que quedaría en los anales de la historia de la fotografía y la política. En ella se muestra a un miliciano del bando republicano durante la Guerra Civil Española en el justo momento en que cae abatido por un disparo.


"Muerte de un miliciano" (1936), Robert Capa.
En un momento donde le retoque era poco frecuente la fotografía de Capa fue ampliamente discutida y refutada. Hasta tiempo muy reciente la fotografía seguía siendo centro de estudio sobre su veracidad, o al menos sobre la identidad del miliciano dando por sentado de que en efecto se trata del retrato de una muerte sin montaje de por medio.

Esta fotografía, que en esencia evoca las mismas emociones y sinsentidos que la de Hansen, y que podría ser más macabra por cuanto retrata el instante preciso de una muerte humana es hoy por hoy "fácil de ver". ¿Es impactante?, claro que lo es y probablemente generó muchas preguntas como las que Prieto señala al final de su artículo en los espectadores de la época. Pero lo cierto es que sin montaje alguno, sin "embellecimiento" de por medio, la fotografía es vista como cualquier otra.

Así las cosas, no creo que el retoque digital constituya ningún pecado siempre y cuando no atente contra el contenido o significado mismo de la imagen capturada. Funeral en Gaza, Muerte de un miliciano y muchas otras se convierten en fotografías "tolerables" no porque tengan una bella iluminación o una composición poética, se convierten tolerables porque la sociedad humana ha movido los parámetros de lo que es significativo y lo que no, y en ese proceso los medios de prensa (especialmente los sensacionalistas), las televisión (basura y tal vez la no basura) que lleva décadas exponiéndonos a violencia ficticia, la inmediatez de las comunicaciones que es proporcional con la velocidad con la que ahora olvidamos las cosas, el sistema de mercantilización de la información y el individualismo moderno que se basa en valores cuantificativos, han tenido un peso fundamental; y esto sólo por mencionar por encima los factores que han intervenido.

El verdadero problema, el verdadero reto que tenemos como sociedad humana, es de índole moral: luchar contra nuestra propia insensibilidad e indiferencia ante el dolor y los problemas de los demás, y ésto es muchísimo más complicado que el problema ético que supone el uso/abuso de los retoques digitales. No se trata de llorar amargamente ante cualquier imagen (porque sobraría quien recurriera a la estrategia de mejor no saber para no sentir) lo que constituye el extremo opuesto a mirar las noticias para alimentar el morbo. Se trata de, al menos, levantar la bandera de la dignidad contra cualquier injusticia en cualquier parte del mundo. Pero todo parece indicar que a eso, a la dignidad humana, también las empresas y los gobiernos le han puesto precio; y también pareciera que hay dignidades que valen más que otras dependiendo del lugar del mundo en el que te tocó nacer. Y esto último también remite a otro elemento más, lo que defino como el sufrimiento selectivo. ¿Cuántos habrán mirado con dolor profundo imágenes del reciente atentado en Boston pero "pasan la página" de Afganistán, Iraq, Palestina... ?

De este modo, considero que el problema no está en el "mejoramiento estético" de la fotografía de Hansen sino en la lectura individual que se le da. Cualquier persona que esté profundamente indignada, no digamos sólo con la agresión israelí al pueblo palestino, sino con la muerte injusta y brutal de cualquier persona en el mundo se conmoverá en su conciencia con la fotografía de Hansen o con cualquiera que retrate la crudeza y la maldad a la que también pueden llegar las personas.

jueves, 7 de febrero de 2013

Sofía y el amor.


Sofía colecciona botones, si es que colecciona es la palabra adecuada. Dice que cada botón es como una experiencia, como un hecho, como un recuerdo que nace acompañado de un frío estomacal y te colma el pecho y la garganta, te humedece los ojos pero que te hace sonreír sin necesidad de mover los labios. Y hay que ver cuando esto te ocurre, acostado en la cama a media noche… es como si todas las cosas se detuvieran o, más bien, dejaran de ser importantes pues solamente importa aquello que te envuelve como un espasmo del alma, si es alma la palabra correcta. Y pues bien, a falta de motivaciones y circunstancias para sentir nacer tales arrebatos Sofía se clava en sus botones cada uno de ellos, dice, como un momento de la vida, particular, único, de color y tamaño concretos. Para Sofía que existan miles de botones en miles de botoneras le tiene sin cuidado pues los suyos encierran los significados que sólo ella conoce, y dicho esto se acomoda un mechón que le cae dulcemente por la cara con esas manos que a veces me quitan el sueño. Cualquiera le amaría cada vez que sale en defensa de sus botones.

Con todo y todos hemos intentando que salga de casa más a menudo y deje olvidada por un rato su afición a los botones en ese cofrecito forrado que guarda en el armario. Y ciertamente no son tantos como un coleccionista profesional podría pensar, se reducen a lo sumo a unas cuantas docenas, pero ya está dicho lo que Sofía siente, o se deja sentir. Es frecuente que cuando le proponemos a Sofía salir de casa ella lo resiste tiernamente, habla de sus botones, de las vueltas que da la vida, de lo que añora. Luego se escurre, como disculpándose, hacia su habitación donde todos sabemos repasa su breve colección y para cuando termina de revisarles cada agujero, cada calado y cada rayita ya todos nos hemos ido porque es tarde y en realidad nunca esperamos que Sofía nos haga caso y salga con nosotros.

Al final, su madre le tranquiliza, si es que tranquiliza es la acción adecuada, dejándole un botón por sorpresa en su mesita de noche y, en otras ocasiones menos afortunadas para Sofía, diciéndole que la tienda de botones ya está cerrada. Sofía se duerme, a veces apretando el botón nuevo con su mano o protegiendo cerca de sus mejillas el cofrecito y sueña que afuera llueve y que ella está desnuda. 

sábado, 12 de enero de 2013

O mío como siempre.

Tengo un amigo, cuyos adjetivos son "buen" y "poeta". Le conozco y le reconozco desde hace tiempo. No en pocas ocasiones me identifico en su letra, me reflejo y, a veces, me diluyo. Si, diluir es el término que busco. He pasado lugares y momentos inverosímiles con él, pero en su poesía vive más la realidad de lo que podría sospecharse.

Porque este amigo ha encontrado una nueva voz, le celebro en esta ocasión. Le odio por postergar tanto la publicación de su obra, pero me consuela compartirla acá.

Provecho.

---o---

¿Serás aire, brisa
o un anhelo?;
tuyo acaso;
o mío como siempre,
hoy la oscuridad
puede y es distancia,
un mar interno
poblado de ojos,
ausencia
que reconcilia lo roto
con aquello que no dejamos salir;

Resumiendo:
lo posible
es una sospecha
la sombra que crece
hasta que la espera es imposible
manos que miden
mientras invoco
en silencio
muy a mi pesar
al dios pequeño
que salta de mi pecho.

¿Qué será de nosotros?
no somos más
que un pronombre insospechado
inaudible a cualquier lenguaje;
sueño a solas
seamos
una sombra común
con un árbol de por medio
dos manos incógnitas
con los dedos aferrados
inesperados
a ras de tierra.

Manuel Luna

martes, 25 de diciembre de 2012

Quizá como una cárcel.

El que habla soy yo, no otro, nadie más, ni siquiera un náufrago, soy yo, no otro, aunque se quisiera. Hablo desde adentro, desde este agujero que supone mi propia palabra, un encierro inconstante pero nefasto. Huitzilopochtli se me apersonó en mi sueño, goteaban sangre sus manos y lloraba. Reconocí que aquel líquido verde oscuro que se le espumaba en los dedos, ardiéndole, no se trataba de su propia sangre.  Cuando desperté me encontré meditabundo y somnoliento en este abismo que supone mi propio pensamiento. Traté de descifrar aquel enigma que representaba la presencia de un dios muerto en la privacidad de mi sueño. Entonces hice el esfuerzo de recordar los detalles y así pude dibujar el cielo con claridad, un cielo turquesa, pálido, que estaba sobre nuestras cabezas, la mía y la de Huitzilopochtli. El brillo azulado nos dibujaba sombras extrañamente duras sobre los rostros. Yo llevaba una pluma de buitre en la mano derecha y una fruta en la izquierda, un fruto que me fue imposible reconocer. Más allá de estos detalles no pude precisar nada en absoluto que me permitiera amarrar, tan siquiera, una idea aproximada del significado de cuanto he contado.

Luego volví a despertar. Permanecía ahora desnudo en mitad de un bosque sobre el cual una luz débil me impedía ver demasiados detalles. De cuclillas, con aire a mi costado izquierdo, abrazaba mis rodillas de tal modo que cualquier pensaría que se está abrazando la idea que uno más estima. Mi sexo apuntaba hacia el suelo, mis ojos buscaban algo en el cielo que, en realidad, no podía ver. Lo más perturbador, lo realmente extraordinario, era no sentir frío alguno a pesar de la humedad y de los hongos que crecían despacio y me iban subiendo por los pies.

Por tercera vez desperté, en el momento en que se me iluminaban la cara y los hombros con un destello lechoso que invadió el bosque y que me hizo arrugar los párpados. Y fue así cuando finalmente acabé asediado por palabras que salieron de mi boca sin que las pronunciase en un espacio donde yo no sabía ser yo. Y vino a mí, pues, como una imagen gloriosa, Gracchus, ese cazador cuyas leyendas sobreviven gracias al maestro praguense. Y le anhelé su existencia con envidia y admiración, queriendo que mis sueños me condujesen a ser él, a sus interminables viajes por tierra, por mar. Tuve que apartar aquel pensamiento de mí pues mi situación no era la deseada, nada más opuesto. Y sigo aquí, soy yo quien habla, soy yo quien espera despertar otra vez, quizá una última vez, quizá mil veces más, y tal vez encontrar la pluma que perdí sin darme cuenta cuando vi a Huitzilopochtli llorar.

domingo, 2 de diciembre de 2012

El otro lado de la nube negra.

Estoy acá, al otro lado. Hace rato que he llegado, pero me ha tomado un trago más escribirlo. Anoche me apareciste de la nada en mi sueño, con un mapa en la mano. Yo te hablé del atardecer en Praga que veríamos o no veríamos; y luego, en mitad de una calle bohemia bañada por un cielo naranja y distante, descubrí por única compañía un viento que me azotaba la gabardina. Y fue así, por este suceso inesperado, que me conduje a una mesa repetida adrede y comencé a escribir esta postergada escritura.

Varias vueltas de mundo me tomó llegar hasta acá, al otro lado, para descubrir que finalmente nada había, nadie esperaba. Aquí, donde no existe ni se habla de ningún mar mis manos ya no queman cuando son tocadas. Este vacío resultó no ser tan tormentoso, sencillamente es. Un vacío sin humo blanco. 

Para llegar acá crucé apagones, lunas reventaron sobre y debajo de mí. Caminé sobre cristales rotos. Aprendí a doblar esquinas como antes de que mi pelo se alargara. Entendí que tus espadas rojas me enseñaron su filo por última vez, y que lo simple y lo complicado son caras de una misma moneda. 

Escribo estas letras, que no guardan ningún rastrojo de esperanza, como un saldo pendiente conmigo mismo. Y aunque en ocasiones anhelo tu humedad en secreto, y aunque muy a veces te resiento en silencio, ya no me pregunto si más adelante volveré a encontrarte en mitad de esta senda sin mar que hago cada día. 

viernes, 27 de julio de 2012

Vidas.

Ha mucho tiempo ya que dos andantes arribaron a tierras ístmicas con una técnica escénica totalmente desconocida: la improvisación teatral. Recuerdo a Javier y a Bárbara llegar a una sala de teatro que no voy a mencionar acá (y que en todo caso ya no existe), presentarse y ofrecer su espectáculo. Les dieron pelota, como se dice popularmente, lo recuerdo, y una noche cercana a su llegada presentaron su máquina de hacer historias con una recepción fabulosa del (poco) público que había llegado (a que ya se puede imaginar porque ya no existe la no mentada sala).

Recuerdo haberles visto como dos simples viajeros, dos aves de paso que tenían un dominio fabuloso del escenario; supuse su presentación en otros lugares, y después que todo quedase en un bonito y divertido recuerdo. Por suerte me equivoqué: dos o tres años después ya habían hecho lo suficiente para dejar antes de su partida la semilla creciendo en, cuanto menos, los que iban a ser tres buenos amigos.


Impromptu es el resultado de ese proceso de crecimiento artístico. Hoy por hoy, sus integrantes Javier Monge, Rolando Salas y Andrey Ramírez han convertido al grupo en ser el que lleva la batuta en lo que respecta a improvisación teatral en Centroamérica: organiza eventos, encuentros internacionales, match de improvisación y desarrolla sus propios espectáculos. Entre éstos precisamente se cuenta Vidas, trabajo que se está por finalizar su segunda temporada en el Teatro Giratablas.

Bien, imagine esto: usted muere, anda deambulando entre tonadas inéditas por ese lugar extraño donde fue a parar (cielo, infierno, limbo, ¿cómo saberlo?), y algo sucede realmente agradable; le ocurre que encuentra a sus dos mejores amigos con los que podrá compartir sus historias de vida por toda la eternidad. Simpático, ¿verdad?. Pues así inicia el espectáculo Vidas, con la muerte, ya de entrada un lindo juego.

Andrey Ramírez
Tres amigos, la eternidad por delante (que para nuestros efectos durará poco más de una hora) y la convicción de esperar que estos amigos nos sorprendan.

Una de la máxima de Impromptu (realmente lo deduzco) es la innovación, y en Vidas nos ofrecen formatos de impro nunca antes presentados en Costa Rica. Aquí podremos apreciar historias que utilizan recursos tanto de la comedia como el drama, el terror o el absurdo; historias de unos quince minutos de duración cada una, lo cual es mucho para el tipo de impro al que estábamos acostumbrados.

Los actores van construyendo las historias a partir de las ideas que el público les ha dado previamente, antes de iniciar la función, a través de múltiples papelitos que los actores tienen a mano. Con ideas como un lugar, un oficio o un pecado, las historias pueden llevarnos a sitios totalmente insospechados. 

El trabajo de los actores en el escenario es agradable y entretenido, demuestran dominio sobre la técnica y deseos de llevar las historias al límite. Una virtud del espectáculo es la iluminación: son los mismos actores quienes controlan los cambios de luz. 

Son bastantes las zonas de luz que se manejan, y ciertamente es imposible deducir si los cambios de zonas ocurren al azar o con alevosía, de lo único que estamos seguros es que los actores manipulan el ritmo de los cambios.

Este elemento levanta el ritmo general del espectáculo y estéticamente resulta sumamente atractivo. Funciona además como un "Plan B", pues si nos topásemos con que la historia no anda del todo bien la luz puede ser un recurso salvador.

El público puede ver y volver a ver el espectáculo cuantas noches quiera, siempre se topará algo diferente, lo que lo hace un espectáculo con capacidad para innovar sobre sí mismo. Recomendada.
Rolando Salas

martes, 10 de julio de 2012

Matar un gato.

El gato se escurre por todo tipo de escondrijos. Ante la menor oportunidad de fuga brinca de muro en muro, atraviesa latas y tablas, se deja colgar por ramas y cuerdas. Este gato en particular no es mi amigo. Es un animal simpático, debo admitirlo, pero no es mi amigo ni mucho más ni mucho menos. De hecho, las noches en que brinca a mi techo -las madrugadas debo decir- quisiera matarle, tomarle por el cuellecillo y quebrar sus huesos con mis propias manos, torcerle su cabecita en un movimiento preciso y escuchar un crack como el último ruido nocturno.

Me desvelo, con el sonido arrítmico del techo, ideando múltiples y nuevas formas de provocarle la muerte, la mayoría, procuro, sin dolor. No me interesa su sufrimiento, no encuentro placer desviado y macabro en ello, en verle sufrir, sólo deseo que me deje mis noches tranquilas. Y mi techo también. De allí que me diferencie del sádico, del psicópata, de ese repugnante ser que ve en la tortura gatuna un deporte; mi objetivo es dormir, para ello debo hacer que el gato muera, es una simple consecuencia en la que el sufrimiento no es inevitable. Me voy durmiendo con dificultad pensando en estas cosas, queriendo creer que el ruido ha cesado, pero entonces es cuando la antena se desploma sobre el metal, los piececitos huyen despavoridos, y yo me quedo mentándole la madre al aire con voz ahogada.

Es un animal fuerte, ágil y de un bello color pardo. Por las mañanas toma el sol en mi patio, y yo le miro desde detrás de la rejilla que encierra la ventana del baño. Menea su cola, tumbado de costado, con suavidad y entreabre los ojos, como para disimular, como aparentando que sigue estando alerta y que el sueño, como ocurre realmente, no le está ganando. Parece que viniese de darse un gran banquete. Parece un rey, gordo y absurdo, que se tira a dormitar la cena teniendo a la vista sus dominios.

Yo le miro con el paño sobre el hombro, a través del sucio vidrio del baño que encierra una rejilla, y una profunda ira me invade el ánimo. Tengo un gesto estúpido en la cara, estoy jorobado, porque no he dormido demasiado y me siento cansado. Tengo, por tanto, una pose estúpida, allí, sin pantalones y en chancleta. Me veo indudablemente estúpido, atento contra la estética. De alguna manera entiendo porqué estoy solo. Si una mujer me viera en tal estado... Pero el punto es que no hay mujer... No, el punto es que comienzo a bramar y camino golpeando el piso con fuerza, salgo al patio y agito cavernícolamente mi paño. El animal reacciona a mis muecas y para cuando mi pie se dirige a él el felino ya ha huido de sus dominios, como todo buen rey que se sabe atacado, y se ha perdido en el jardín del vecino.

Otros días no es tan grave nuestra relación, si es que realmente la hay. En otras ocasiones yo le miro, y el a mí, y no nos decimos nada, como es lógico pues los gatos no hablan. Mi deseo de estrangularle en esas ocasiones se ha ido junto con mi sueño, me resigno a no tener las agallas de hacerle nada.

Cierta noche, no demasiado tarde, un escándalo llama mi atención. El ruido de muchas almohadillas que corren con rapidez termina frente a mi casa. Salgo con prontitud y descubro una jauría enloquecida, y entre las cabezas que muestran sus colmillos al gato que intenta escapar. Yo me apresuro, reacciono, aplaudo con fuerza y en el instante en que los perros me miran desconcertados el gato huye con espantosa prisa rozándome la pierna y termina por refugiarse en un escondrijo debajo de unas escaleras. La jauría entiende que nada puede hacer y sin odio hacia mi se marcha cuesta abajo, olfateando bolsas y mierdas.

Pasado el evento me meto en mi habitación. No me cuestiono nada de lo que ha ocurrido, ignoro cuestionarme y tan siquiera pensar en el tema. Al menor "no podía dejarlo en desventaja" cambio de tema mental. Por esa noche duermo sin ruido alguno.

lunes, 18 de junio de 2012

El Generalito.

De pequeño no me gustaba el teatro infantil. Me gusta de un tiempo para acá, ahora que el niño que fui se perdió por caminos que desconozco. El porqué de esta situación también lo desconozco. Quizá sea (me digo a modo de autoconsolación) porque ahora veo todo lo bello que se puede esconder en un buen texto y una hermosa puesta. Y precisamente, El Generalito es un excelente ejemplo.


Jorge Díaz, dramaturgo nacido en Argentina, de padres españoles, chileno de crecimiento y español por exilio, se ganó, con el tiempo, la etiqueta de autor del absurdo. También trabajó el género de obras infantiles. Díaz escribe inicialmente este texto como una clara alusión a la dictadura de Pinochet. Evidentemente censurada en Chile, la pieza es una bella reflexión de la libertad, un llamado a la solidaridad entre los pueblos y una denuncia antimilitarista. Los ejércitos, el abuso de autoridad y el delirio de poder que conllevan, son satirizados por Díaz, ilustrados como meros instrumentos de quienes realmente gobiernan, que son siempre los que no muestran el rostro.


La obra, hábilmente interpretada por José Morales, Fernando Montero, Erick Monge, Marco Murillo y América Reyes, narra la historia de un pueblo que es obligado a vivir de rodillas por orden de El Generalito. Sólo el gris y el negro son los colores permitidos a sus habitantes, hasta que un día Juan descubre una paloma blanca en pleno vuelo (bella metáfora). A partir de este hecho, los habitantes del pueblo desatan la Revolución de los Colores, ante lo cual El Generalito ordena la inmediata represión. Desde ese momento, el pueblo decide nunca más ponerse de rodillas, vivir de pie.

Se trata de una obra infantil, con canciones y toda la cosa, y es una puesta que mantiene la atención de principio a fin y que es verdaderamente disfrutada por niños, niñas y adultos.


Quizás porque de entre todas las luchas sociales en Latinoamérica, la del Chile de Allende ocupa un lugar especial en mi memoria histórica, esta obra me mueve a la emoción. En todo caso, los tiempos que corren (en prácticamente todo el mundo) demandan al arte escénico el retomar su labor de denuncia, de promover el debate de ideas, el ejercicio del pensamiento en todos y todas, sin que con ello deba de recurrir al panfleto. Hoy día, que los ciudadanos y ciudadanas de los todos países tienen más en común entre sí que con sus propios gobernantes o grupos de poder, es indispensable hacer un llamado a la hermandad sin fronteras, a la defensa de los Derechos Humanos. Estoy seguro que Gabriel Ochoa, director de la puesta y hondureño que sabe en experiencia reciente de lo que habla, comparte conmigo estos sentimientos y ha sido una de sus motivaciones para llevar a escena este que creo un texto inmortal.

Todo lo dicho hasta acá podría levantar suspicacias en algunos. No se malgaste el tiempo buscando intenciones de adoctrinamiento... Se trata, simplemente, de un texto que, independientemente de las ideologías, hace un llamado a la paz y a la justicia; valores humanos universales.

Costa Rica abolió el ejército como institución permanente desde 1949. ¿Está por ello libre de autoritarismos y represiones?. Los hechos de los últimos meses parecieran indicar que no es así. Mayor vigencia para esta puesta.