domingo, 22 de abril de 2012

Sistema.

Llego. Mi jefe ya ha comenzado a revisar el examen. Hay gente esperando afuera. Están afuera. No los veo al entrar. No les presto atención al entrar. Pero están ahí, y esperan. Su tiempo se va, para la mayoría supongo, en una ansiedad por conocer sus resultados. Por saber si, por fin, el sistema les da el visto bueno.

Llego. Me pongo a trabajar con mi jefe. Revisamos el examen. Juntos. Yo me juego, creo, la legitimación frente a mi jefe. Que se de cuenta que tengo los conocimientos para estar donde estoy. Porque, al fin y al cabo, el sistema ya me ha legitimado. Ya tengo un cartón que dice que soy profesor. Uno más.

Pero yo no me siento uno más, a pesar de los pesares. Yo no hago lo que hacen los demás en mis clases. Yo busco algo más. Trascender, no yo, las ideas, la realidad. Utópica, pretenciosa, egocéntrica, social y legítima aspiración. Todo en uno y uno en todo, porque la realidad es contradictoria.

Yo creo jugarme muchas cosas. Pero quizás...

Terminamos de revisar el examen. Setenta ítems. Setenta equis puestas en la opción correcta determinan si los y las que esperan afuera, y muchos otros que no están allí, han aprobado. Pasar. Pasar el examen. El título. El bachillerato. Ese bachillerato que el sistema formal les negó. Por pereza, por hambre, por necesidad, por confusión, por su culpa... Cuántas son las razones que pueden haber... El punto es que están ahí. Bachillerato por madurez. ¿Madurez?. ¿Qué es eso?. ¿Aprobar... qué?. ¿Según quién... quiénes?

Los resultados ya están en la pizarra. Empiezan a pasar. Comienzan a comparar respuestas. Mi jefe me dice que me quede. Que aclare dudas, si es del caso. Y yo lo hago. Y me empiezo a dar cuenta. Porque los veo. Porque los veo contar los puntos. Esas cosas que ya sabés, que entendés que pasan en el sistema, en la realidad. Pero una cosa es saberlo y otra es verlo, en sus caras, en sus gestos, en sus cuerpos.

Ha llegado uno de mis estudiantes también. Yo espero que haya pasado. Yo me pongo tan ansioso como él. No. Más ansioso. Él no lo está, el sigue con su tranquilidad habitual.

Los veo. Miran la pizarra, buscan la respuesta. "Bien, esta si... Puta, yo sabía que no...". Y me empiezo a desesperar. Nadie parece darse cuenta, pero yo me empiezo a desesperar. ¿Cuántas cosas dependen de esa nota, cuántas promesas, esperanzas, opciones laborales dependen en ellos de esa nota?.

Y entonces, ahora más que nunca, lo que veo no tiene ningún sentido. No hay lógica alguna. La educación cívica no se puede evaluar en setenta ítems, pienso. Ya esto lo sabía. Pero ahora lo veo...

Algunos terminan y empiezan a contar. Una mano va, golpeando con suavidad la pregunta acertada, como diciendo "mierda, no pudiste conmigo", luego se tambalea en el aire cuando alguna otra le ganó la batalla... La otra mano va pasando las hojas. Es su trabajo, que la otra mate las preguntas vencidas.

Cuarenta y nueve puntos. No cuarenta y ocho. Eso ya no basta. Cuarenta y nueve ítems derrotados es lo que buscan en su conteo. Es la diferencia entre haber ganado un pedazo de cartón que dará el sistema o... Un nuevo intento la próxima, quizá... Aquí, ahora, no importa lo hablado, no importa lo analizado, no importa lo que causó sorpresa o indignación. Aquí, ahora, son cuarenta y nueve puntos lo que importa, nada más. Cuarenta y nueve. Un número. Un número. Número.

Al sistema le gustan los números.

A ellos no. A mí tampoco.

Pero es el número lo que está en juego.

Puta, y si mi estudiante no pasó... puta... puta... ¿Qué me preocupa realmente? ¿Su esfuerzo, sus esperanzas, sus metas? ¿Mi habilidad educativa por los suelos, una categoría de mal profesor? Hay cosas que no les dije... Hablé mucho... hablé más de la cuenta de otras cosas. Pero esas cosas eran importantes, más importantes, porque son parte de nuestra realidad, porque es indispensable que se den cuenta de lo que pasa y, sobre todo, que entiendan por qué pasa. Pero puta... lo vital era que pasaran... Un número. Cuarenta y nueve números. Contradicción. Puta. Me sudan las manos. No entiendo qué pasa, en dónde estoy y qué hago ahí.

Terminan de contar. Y lo de siempre: unas pasan, otros no. Veo sus caras. Puta...

Mi estudiante no pasó. Camina hacia donde estoy, cuarenta y dos, me dice con la expresión de siempre. No, digo yo. Me da el examen. Yo cuento los puntos. Yo vuelvo a contar, y mientras, en fracción de segundo sufro más que él. Mierda, me faltó tiempo, si hubiera tenido más tiempo... si hubiera hablado menos... Afuera empieza a llover, pero sigue haciendo un calor cargadísimo de humedad. Un calor hediondo y grosero.

Cuarenta y cuatro en realidad. Eso no le basta al sistema.

Lo consuelo... eso creo. El está tranquilo, yo creo que sí paso, me dice. Si... hay que esperar a ver si el Ministerio anula preguntas... o hace curva. Si, tranquilo, me dice él a mí... Y se me acaban las palabras en ese momento. Él se va. Yo me quedo. Yo me tengo que quedar. Yo hago de su derrota mi derrota. Pero no le digo nada.

Me pongo de pie. Camino de un lugar a otro. Nadie me pregunta nada. ¿Qué me van a preguntar si saben contar? Una chica llora más allá. Ella sí pasó. Y en su llanto se dicen muchas cosas, que yo entiendo, que yo también siento.

De a poco se van yendo. El aula queda vacía. Nos vemos mañana, me dice mi jefe, que toca el de estudios sociales... Yo le digo que si. Salgo. Estoy en la calle. Llueve. Y yo ya no pienso nada...


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