lunes, 28 de mayo de 2012

Náusea.

La gente pasa, deprisa, no se miran, no se tocan, hacen maromas, se tuercen, pegan brinquitos; parecen tijeras, las piernas van y vienen, rápido, tijeras degeneradas que van cortando el aire; los brazos sujetan carpetas, sujetan bultos, sujetan otros brazos, a pesar de que no se tocan; una mano se levanta, taxi, el que sigue, otra mano mete la tarjeta, una tercera saca la billetera y en esta ocasión es indispensable no tocar... ¡y zas!, la billetera brinca de bolsillo a bolsillo, como por arte de magia y la mano, bien escondidita, se pierde deprisa, entre los cuerpos que siguen sin tocarse.

La gente pasa, deprisa, no se miran; tampoco miran otras miradas, tampoco miran la ausencia de estrellas en el cielo; un par de brazos abate el aire, el bus, bueno, se fue, el que siga; unos dedos, muy juntitos, no se mueven suspendidos en el aire, a la altura de la cabeza, no tienen ninguna moneda, esperan la llegada de alguna... de al menos una moneda; pareciera que no tuvieran uñas, pareciera que no tuvieran nudillos, son sólo unos dedos, nadie los mira ni los deditos ni lo que pueda haber al extremo de los deditos.

La gente pasa, muy deprisa, parece que va a llover; están al borde de correr, miran el reloj, eso sí lo miran; es esto un mareo, una náusea, todo va tan rápido que dan náuseas, es necesario ver a otro lado, es necesario mirar, mirar y evitar las estelas de la gente, que se mueven, que marean, que ni a putas se miran; podría decirse que las estelas, que cada trayecto, son uno, son mil, que se van quedando atrás y se unen hasta formar un sólo manchón gris, oscuro, asfixiante.

La gente pasa... Me detengo, al detenerme miro, siento ganas de vomitar porque me he detenido. Me consternan profundamente las bombas de jabón que me están rodeando y van cayendo lentamente, van flotando sorteando hombros, paraguas, manos de niños; me consterno profundamente al mirarlas y las sigo mirando para no vomitar, su movimiento es tan sutil, tan delicado y suave; me consterna saber que están ahí y no poder ubicar de dónde vienen. La gente pasa, deprisa, y no las llega a ver.

martes, 22 de mayo de 2012

I love Clint Eastwood.

"Quizá el dinero no da la felicidad, 
pero la cirugía estética sí"

Los textos de Miguel Morillo son siempre delirantes. Sus personajes, siempre en el vilo de un estallido, nos recuerdan que el reloj despertador de la vida nos espera doblando a la vuelta de la esquina, nos recuerdan que también estamos a punto de estallar. Son, los personajes de Miguel, irreales y ficticios sobre el papel, pero sobre el escenario son más reales y sinceros que nosotros mismos; como suele suceder en estos casos, el espectador sentirá más identificación con unos que con otros, será casi como una confesión secreta. 

Fernando Bolaños. Foto: Sole Rodríguez
Morillo, que con no poca ironía se define como un dramaturgo underground contemporáneo, posee una muy plausible cualidad de saber qué decir y cuándo y cómo decirlo. Sus obras son delirantes, como ya he dicho, excitantes, morbosas, algo obscenas (calificativo que estoy seguro le provocaría una sonrisa satisfecha) cómicas, concisas y contundentemente lapidarias. De reírse a más no poder del desgraciado disfrazado de Batman (con un traje que no es de su talla) hasta solidarizarse de su condición, porque es nuestra condición, hay pocos segundos de diferencia. 

"Calculo mi sueldo en cafés
y me desespero"

Pedro Sánchez. Foto: Sole Rodríguez.

I love Clint Eastwood es un extraordinario texto cuya puesta en escena ha sido realizada en Costa Rica por ArKetipo Arte & Comunicación. Ya en 2008 ArKetipo hizo debutar la dramaturgia de Morillo con la obra Hamlet García, obra que nos presentaba a cuatro personajes que iconizaban personalidades urbanas postmodernas. Como eje temático transversal a la obra de Miguel, los personajes manifestaban sus ideales de (supuesta) felicidad; al final, cuatro historias se entretejían en un clímax onírico y desastroso (para los personajes, quiero decir). 

El tratamiento estético que se le diera a aquella puesta dirigida por Andrés Montero, mezclando el audiovisual con el arte escénico, es retomada por ArKetipo para I love Clint Eastwood con mucho mayor atrevimiento de suerte tal que ésta combinación artística se convierte en el sello distintivo del grupo. 

"Y voy a invitar a Clint Eastwood
a mi cine privado, 
a ver películas de Clint Eastwood"

La historia gira en torno de dos personajes: uno que fantasea con ganarse el premio mayor de la lotería y en el que vemos reflejados los excesos consumistas de la sociedad actual, un delirio de grandeza, de darse importancia, de buscar la satisfacción personal no en el interior ni en los demás, sino más bien en las apariencias sociales; el segundo personaje nos cuenta su rutina diaria, sus dudas e inquietudes, nos hace formar parte de su solitaria vida hasta que un encuentro le hará cambiar la manera de ver las cosas.

Ambos personajes podrían ser uno sólo, o desconocidos, o bien ser álter ego del otro. Yo prefiero que cada quién le encuentre el sentido que mejor le conviene. Las historias de sus vivencias hacen que el público vea reflejadas muchas de sus situaciones y ensueños diarios. La obra avanza con excelente ritmo hasta un punto sin retorno en el que ambos personajes creerán descubrir el verdadero sentido de la vida.

Foto: Sole Rodríguez.
Los actores ofrecen un trabajo muy convincente y es palpable la buena química con la que funcionan sobre las tablas. A lo largo de la obra, el recurso audiovisual está presente a través de diversas pantallas y en ellas se nos presentan personajes con los cuales los actores en escena interactúan. Visualmente es una puesta muy atractiva e innovadora que refuerza la hilaridad de la historia que se va desarrollando. La música ha sido cuidadosamente seleccionada y termina de otorgar unidad a la puesta en su totalidad. Huba&Silica y Florian Droids son los grupos que protagonizan el banda sonora.

Clint Eastwood es un personaje más dentro de la historia. Se hacen constantes referencias tanto a él como a su obra y la obra en la que ha participado como actor, especialmente Harry El Sucio. Clint deviene en un ícono, un símbolo para una sociedad que cambia demasiado deprisa.

Esta es obra que hay que ver, es un espectáculo que satisface los sentidos y que, además de hacernos reír (y hasta llorar acaso) nos hace pensar, cosa que se agradece en los tiempos que corre.

Para detalles más a profundidad del espectáculo acá un link con una entrevista realizada al director de la puesta, Pablo Morales, en la emisora local 104.7.



---o---

A modo de epílogo... 

Hoy en día Miguel habita en una España que nos duele a todas y todos que no creemos en fronteras ni en banderas; una España que es el reflejo de Europa, es reflejo del mundo, este mundo en donde trabajamos para pagar las facturas de unos pocos. Miguel está allí y mientras, probablemente, se caga de frío en el próximo invierno, su obra comienza a internacionalizarse, cosa que me alegra mucho por él y por todos nosotros.

domingo, 22 de abril de 2012

Sistema.

Llego. Mi jefe ya ha comenzado a revisar el examen. Hay gente esperando afuera. Están afuera. No los veo al entrar. No les presto atención al entrar. Pero están ahí, y esperan. Su tiempo se va, para la mayoría supongo, en una ansiedad por conocer sus resultados. Por saber si, por fin, el sistema les da el visto bueno.

Llego. Me pongo a trabajar con mi jefe. Revisamos el examen. Juntos. Yo me juego, creo, la legitimación frente a mi jefe. Que se de cuenta que tengo los conocimientos para estar donde estoy. Porque, al fin y al cabo, el sistema ya me ha legitimado. Ya tengo un cartón que dice que soy profesor. Uno más.

Pero yo no me siento uno más, a pesar de los pesares. Yo no hago lo que hacen los demás en mis clases. Yo busco algo más. Trascender, no yo, las ideas, la realidad. Utópica, pretenciosa, egocéntrica, social y legítima aspiración. Todo en uno y uno en todo, porque la realidad es contradictoria.

Yo creo jugarme muchas cosas. Pero quizás...

Terminamos de revisar el examen. Setenta ítems. Setenta equis puestas en la opción correcta determinan si los y las que esperan afuera, y muchos otros que no están allí, han aprobado. Pasar. Pasar el examen. El título. El bachillerato. Ese bachillerato que el sistema formal les negó. Por pereza, por hambre, por necesidad, por confusión, por su culpa... Cuántas son las razones que pueden haber... El punto es que están ahí. Bachillerato por madurez. ¿Madurez?. ¿Qué es eso?. ¿Aprobar... qué?. ¿Según quién... quiénes?

Los resultados ya están en la pizarra. Empiezan a pasar. Comienzan a comparar respuestas. Mi jefe me dice que me quede. Que aclare dudas, si es del caso. Y yo lo hago. Y me empiezo a dar cuenta. Porque los veo. Porque los veo contar los puntos. Esas cosas que ya sabés, que entendés que pasan en el sistema, en la realidad. Pero una cosa es saberlo y otra es verlo, en sus caras, en sus gestos, en sus cuerpos.

Ha llegado uno de mis estudiantes también. Yo espero que haya pasado. Yo me pongo tan ansioso como él. No. Más ansioso. Él no lo está, el sigue con su tranquilidad habitual.

Los veo. Miran la pizarra, buscan la respuesta. "Bien, esta si... Puta, yo sabía que no...". Y me empiezo a desesperar. Nadie parece darse cuenta, pero yo me empiezo a desesperar. ¿Cuántas cosas dependen de esa nota, cuántas promesas, esperanzas, opciones laborales dependen en ellos de esa nota?.

Y entonces, ahora más que nunca, lo que veo no tiene ningún sentido. No hay lógica alguna. La educación cívica no se puede evaluar en setenta ítems, pienso. Ya esto lo sabía. Pero ahora lo veo...

Algunos terminan y empiezan a contar. Una mano va, golpeando con suavidad la pregunta acertada, como diciendo "mierda, no pudiste conmigo", luego se tambalea en el aire cuando alguna otra le ganó la batalla... La otra mano va pasando las hojas. Es su trabajo, que la otra mate las preguntas vencidas.

Cuarenta y nueve puntos. No cuarenta y ocho. Eso ya no basta. Cuarenta y nueve ítems derrotados es lo que buscan en su conteo. Es la diferencia entre haber ganado un pedazo de cartón que dará el sistema o... Un nuevo intento la próxima, quizá... Aquí, ahora, no importa lo hablado, no importa lo analizado, no importa lo que causó sorpresa o indignación. Aquí, ahora, son cuarenta y nueve puntos lo que importa, nada más. Cuarenta y nueve. Un número. Un número. Número.

Al sistema le gustan los números.

A ellos no. A mí tampoco.

Pero es el número lo que está en juego.

Puta, y si mi estudiante no pasó... puta... puta... ¿Qué me preocupa realmente? ¿Su esfuerzo, sus esperanzas, sus metas? ¿Mi habilidad educativa por los suelos, una categoría de mal profesor? Hay cosas que no les dije... Hablé mucho... hablé más de la cuenta de otras cosas. Pero esas cosas eran importantes, más importantes, porque son parte de nuestra realidad, porque es indispensable que se den cuenta de lo que pasa y, sobre todo, que entiendan por qué pasa. Pero puta... lo vital era que pasaran... Un número. Cuarenta y nueve números. Contradicción. Puta. Me sudan las manos. No entiendo qué pasa, en dónde estoy y qué hago ahí.

Terminan de contar. Y lo de siempre: unas pasan, otros no. Veo sus caras. Puta...

Mi estudiante no pasó. Camina hacia donde estoy, cuarenta y dos, me dice con la expresión de siempre. No, digo yo. Me da el examen. Yo cuento los puntos. Yo vuelvo a contar, y mientras, en fracción de segundo sufro más que él. Mierda, me faltó tiempo, si hubiera tenido más tiempo... si hubiera hablado menos... Afuera empieza a llover, pero sigue haciendo un calor cargadísimo de humedad. Un calor hediondo y grosero.

Cuarenta y cuatro en realidad. Eso no le basta al sistema.

Lo consuelo... eso creo. El está tranquilo, yo creo que sí paso, me dice. Si... hay que esperar a ver si el Ministerio anula preguntas... o hace curva. Si, tranquilo, me dice él a mí... Y se me acaban las palabras en ese momento. Él se va. Yo me quedo. Yo me tengo que quedar. Yo hago de su derrota mi derrota. Pero no le digo nada.

Me pongo de pie. Camino de un lugar a otro. Nadie me pregunta nada. ¿Qué me van a preguntar si saben contar? Una chica llora más allá. Ella sí pasó. Y en su llanto se dicen muchas cosas, que yo entiendo, que yo también siento.

De a poco se van yendo. El aula queda vacía. Nos vemos mañana, me dice mi jefe, que toca el de estudios sociales... Yo le digo que si. Salgo. Estoy en la calle. Llueve. Y yo ya no pienso nada...


miércoles, 9 de noviembre de 2011

Niebla.

En ocasiones, las nubes bajan a la tierra para besarla.




Fotografías bajo licencia Creative Commons:

lunes, 31 de octubre de 2011

Eclipse...

- "Adiós... Amor lejano. Amor frustrado. Amor dolido. Adiós". Eso fue lo último...

Silencio.

- Es curioso, ¿sabés?, nunca escribió nada tan maravilloso como la carta en la que se despedía de mí. Nunca nada tan preciso, tan certero, tan poético y tan hondo... profundamente... monumentalmente contundente. Hasta te parafraseó hombre, con una maestría, con una finura que no puedo describirte. Cada palabra en su lugar, cada coma, cada idea, cada imagen. ¿Que qué hice con la carta?. Pues hombre, qué iba a hacer... Hasta la había guardado, no sé ni para qué... La reencontré una mañana de éstas... ya ni me acordaba. ¿Cómo duelen los momentos que nunca te dejan de ser ajenos, verdad amigo?.

Silencio.

- Duelen... al final las hojas se las lleva el tiempo, ¿verdad?. Supongo que de verdad sus letras no tenían orgullo... Me hubiera gustado enseñarte la carta. Quien quita y hasta hubieras hecho algo con ella... Ja ja, mejor que no te la enseñé.

Silencio.

- Me decía que qué hacía con la enamorada de cinco años atrás que andaba perdida dentro de ella. Pucha... Qué pregunta. Si hubiera podido decirle... Y maldijo muchas cosas. Yo sé que lo hizo con rabia y con amor a la vez... Con resentimiento y desahogo... Hasta me la imagino. Y bueno, no creás, yo también he maldecido la razón y el corazón, pero hombre, sin eso ¿qué queda de la vida?, ¿qué nos queda a los mortales?.

Silencio. Joaquín escuchó a su amigo durante todo el rato. Lo miraba y lo comprendía. Se animó a hablar cuando entendió que los ojos del otro buscaban algo ausente en el mar.

- Pues no sé ni qué decirte hombre... Mirá cómo llueve. Es lindo, ¿siempre te gustó la lluvia verdad?

Silencio.

- Si... Las lluvias de abril son hermosas... Las de mayo tenían un encanto que nunca me gustó admitir... La verdad, hermano, es que ya no se si abril siga siendo el mes más hermoso del año.

Y debajo de la lluvia en una banca frente al mar, los amigos volvieron a guardar silencio.

viernes, 28 de octubre de 2011

Los ladrones entran por la puerta de atrás.

Es curioso cómo funciona el imaginario de la inseguridad. Todavía recuerdo escuchar, con oídos infantiles, la expresión "hay que cerrar bien la puerta del patio", o la clásica "esa puerta la botan de una patada". Recuerdo escuchar y sigo, esporádicamente, escuchando esas expresiones. Así que se convierte en una especie de estéreo del pasado al presente. Todo respondía a la idea concreta de que algún día un ladrón se iba a meter por la puerta del jardín.

Supongo que las primeras veces que los escuché, en mi infancia, tuvieron cierta repercusión. Pero los días y las noches pasaron y el intruso nunca se apareció con ningún gorro ni con ningún saco al hombro. Salvo aquella madrugada que sí se apareció uno, forzando la cerradura, pero eso fue por la puerta del frente así que no cuenta.

Ese breve tiempo de niñez en que la amenaza del merodeador calaba me remite a una noche en que estaba solo en casa y se oyeron fuertes movimientos en el techo. La referencia del ladrón que entra por atrás se vino de golpe. Mi corazón palpitaba mientras trataba de conservar el ritmo de la respiración. Pero no pasó nada más que el susto.

Luego el tiempo pasó y eso que llamamos madurez va matando la inocencia de a poco, hasta que un día el niño que fuimos está sepultado y no sabemos ni en donde.

Hace unos días se volvió a mencionar la expresión. Expresión que parte de supuestos muy interesantes: en primer lugar, el intruso siempre es hombre, nunca se trata de una intrusa; segundo, el ladrón ha de forzar la puerta del patio, no las ventanas, no el techo, no aprovechará tampoco los múltiples espacios abiertos del cieloraso, partiendo, además, del supuesto de que para llegar hasta la puerta brincará por los techos de todas las casas aledañas, cruzará otros patios, correrá el riesgo de perder el equilibrio, de desagarrarse una mano brincando cercas y alambres de navaja, eludirá feroces mandíbulas caninas, todo para cumplir con su sólida tarea de llegar hasta la puerta de nuestra casa. Eso sí, el objetivo de su visita es desconocido, pues podría venir por cualquier cosa. El tercer supuesto es que, en efecto, esto puede ocurrir en cualquier momento, llueve, truene, haga un espléndido sol o así por el estilo.

Pero el tiempo pasa. Y las ideas absurdas se ven con más claridad. En mi generación tenemos peores posibilidades de qué ocuparnos. Ahora que te pueden matar por un teléfono móvil marca patito, que podés quedar en fuego cruzado, que te pueden atropellar en cualquier esquina (aún sobre la acera), que te violan, que te roban dentro del bus, que el taxista te roba el diario del mes, etcétera...

El imaginario de la inseguridad de mi tiempo es otro, es diferente. De alguna manera, hasta romántica puede resultar la idea del ladrón que ingresa por atrás... Y quién sabe de dónde viene, quién sabe como esta noción de robo se instaló en el imaginario de estos lugares. ¿Habrá sido otra importación con sello de ese país del norte que no quiero mencionar acá?.

Y al final cómo saberlo. Tal vez dentro de unos cuantos años alguien comience a escribir en su blog algo como "es curioso cómo funciona el imaginario de la inseguridad..."

Las cosas siempre pueden empeorar.

jueves, 20 de octubre de 2011

Más abajo de la piel.

La segunda opción de título para esta entrada era: "Del médico-escritor que también fue presidente (y antes había salido en la tele)".

Abel Pacheco es de esos personajes que no pasan desapercibidos. Pacheco, como médico psiquiatra, levantó (por decirlo de alguna manera) las condiciones de atención de los pacientes del Hospital Nacional Psiquiátrico de Costa Rica. Podría presumirse que los médicos recurren a la escritura pues sus profesiones les impiden decir lo que realmente sienten... aunque la mayoría de los médicos no sean anuentes a escribir... A escribir nada, como lo demuestran las mundialmente famosas caligrafías de las recetas.

Como presidente del país, bueno, algunos dicen que hubo mejores si se quiere ver de ese modo. Sus errores políticos serán tristemente célebres, aunque podría igualmente partirse del supuesto de que es difícil gobernar un país cuando tus ministros te renuncian cada tres meses (y en alguna ocasión todos en bloque). Con todo, abelito, como cariñosamente le llaman los costarricenses (su personalidad bonachona de abuelito paternal caló a través de sus programas de televisión), tiene cualidades humanas bastante extrañas de encontrar en la vida política. Pero es menester dejar este tema, ocupémonos de lo que importa, su libro.

La infancia de Pacheco fue determinante para el resultado de su narrativa. Él creció en la provincia caribeña de Limón. Limón viene a ser el epicentro de la cultura afrodescendiente del país. La historia de Limón es particular, precisa e imprecisa, es la historia de la diáspora africana en el mundo. Como se ha podido suponer, Limón ha sido la provincia más marginada del país, incluso desde antes de su creación oficial.

Pero además, Limón llora en la historia del tercer mundo ser la protagonista de la génesis de las Banana Republic. Fue allí, en ese pedacito de Centroamérica, que nació la United Fruit Company.

Con Más abajo de la piel, la literatura de Pacheco se muestra atractiva y sintética (pero no superficial), cargada de referencias a la negritud; más bien, es una voz que denuncia la diferencia racial evocando la humanidad que llevamos, precisamente, más abajo de la piel. Todo ello sin ser necesariamente panfletaria.


En el libro encontramos imágenes hermosas como "Limón es cascada verde. Sonata grito en negro mayor", "Los tambores se mueren de la risa y contagian con la ilusión de que se fue amo-chilillo, de que murió dólar-garrote" y "Los dioses de los mares piden sangre morena para que siempre puedan tener ritmo las olas". Particularmente hermosa la última, ¿cierto?.

El libro, compuesto por relatos cortos (unos mejores que otros como es natural) es un buen acompañante. Es un retrato a la vez temporal y atemporal de una dinámica social que, tal vez, subyace en la cotidianeidad. Porque al fin y al cabo, la historia la seguimos arrastrando, aunque la mayoría no se de cuenta de ello.

De todas las facetas de Pacheco, la que se respeta sin excepción es la del escritor.

Y bien, acá una muestra más exacta de lo que hablamos. Provecho.

"El visitante.
A Ignacio Ríos
.


El pueblo se aferra a la línea y respira por los rieles.
El único hecho importante es la llegada del tren.
Desde las cinco de la tarde, todos los rostros miran línea abajo esperándolo.
Cuando llega hay expectación que nadie sabe explicar bien a bien. Es como si todos esperaran que de los carros se va a bajar alguien o algo, que va a resolverlo todo.
No hay desilusión cuando parte sin dejar más que un paquete de periódicos y algún agente viajero.
Es igual que jugar lotería, todos dicen "tal vez la próxima" y no hay problema.
Un día, del tren se bajó el diablo. Nadie supo si aplaudir o rechiflar.
Hubo junta de notables y Satanás se sentó con ellos a conversar y tomar tragos.
Había curiosidad y corría el rumor de que venía por el alma de cuatro prestamistas que lo saludaron muy cariñosamente, muy en confianza.
Unos decían que venía a montar una cantina.
Otros que a hacer política.
Los de más allá, que a funda otra Compañía Bananera.
Los más, que a sacar madera de los bosques, pero no, porque ya solo iban quedando guarumos, que no sirven.
El pueblo se asombró cuando el Alcalde comunicó la noticia:
-Señores: al Diablo lo sacaron del infierno y lo mandaron aquí tres meses..... por castigo."

Editorial Costa Rica
Costa Rica, 1980

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Enfoque.

Un vistazo por la urbe. La gran urbe, la triste, la indispensable, la aborrecida, la irrepetible, la...

Un lente, un cuerpo, y el dedo listo y, sobre todo, los ojos dispuesto a ver algo más que lo habitual.



Fotografías bajo licencia Creative Commons:

lunes, 5 de septiembre de 2011

Café para tres.

Ella, en realidad, no estaba esperándolo. Al menos esa fue la impresión que me causó. Pero él llegó.

Ella... Se volteó y los ojos parecieron brillarle. Se levantó y lo abrazó, su frente a la altura de su nariz. Se quedaron en un abrazo infinito. Los brazos de ella se apoyaron en los hombros de él, subían, apretaban el cuello; una mano sentía su hombro, la otra se zambullía en su cabello: tensa, esa tensión que producen los momentos felices.

Él... Jorobado para sentirla, para olerla... La barbilla reposando en su hombro, los brazos cruzados por sus costados, una mano donde termina la espalda, la otra más arriba. Tensión... Y su mano derecha, subiendo y bajando, despacio, por la curva de su espalda, como acariciando todo lo que se puede acariciar en el mundo, como acariciando lo que importa acariciar en el mundo.

Los ojos de ambos cerrados.

Él presionando su mejilla en la oreja de ella, al tiempo que ella escondía su boca, dando un beso sin mover sus labios en su cuello; de esos que se dan sin darlo, sin necesidad de hacerlo obvio, pero que se sienten y son largos.

Ella escondiendo sus ojos en su cuello, viéndolo por dentro, sintiéndolo todo él, sintiéndose toda ella.

Leve separación momentánea. Es necesario verse...

Ella con la cabeza inclinada hacia arriba, sus manos recostadas en su pecho. Sus ojos en movimiento continuo mirándolo todo él: sus ojos, su nariz, su boca, su nariz, sus ojos, su boca, su boca, su boca.

Él, acariciando su mejilla sin soltarle la espalda; su mirada bamboleante sobre sus ojos: derecha, izquierda, derecha, izquierda.

Ambos perfectos. Ambos hermosos. Ambos sonríen, pero como el beso, sin sonreír... no hay necesidad. Cerca... cerca... unir los labios. Sus lenguas rozándose suavemente, como el mar besa la arena, como la arena fricciona el mar. Y como la ola, atrás, es necesario mirarse de nuevo.

---o---

Y yo allí. Mirándolos mirarse, descaradamente. Sintiendo que los amaba en su amor. Porque en ese momento, yo me infiltré por accidente en su espacio tiempo, porque ellos, desconocidos para mí, como dos amantes, se olvidaron de todo y de todos y el tiempo se les detuvo, y yo, sin pretenderlo, quedé atrapado con ellos en su dimensión de amor sólido y puro. Cómo salí de esa dimensión no lo sé, tal vez salí con ellos, tal vez antes. Yo sé lo que es estar allí... como ellos... Lo cierto es que cuando me fuí del café, caí en cuenta. Bonita forma de celebrar un aniversario de ausencia, pensé.

jueves, 28 de julio de 2011

Un pedazo de papel, un pedazo de historia.

Las hojas son también pedazos de papel, partes cortadas de una hoja más grande, de una hoja infinita de la que nacen todas la hojas de papel del mundo, es decir, todos los pedazos de papel.

Escribimos nuestras historias en estos pedazos, historias tan infinitas como las hojas, que no consiguen llenar nunca a la hoja mayor. Estas historias se ponen en los pedazos, con lo que, muchas veces, cada pedazo de papel conserva un pedazo de historia.

Y todas las historias se completan en una sola, como los pedazos a las hojas.

El crucigrama se cierra en sí mismo en el punto en que descubrimos que la clave está en la ficción.