jueves, 7 de febrero de 2013

Sofía y el amor.


Sofía colecciona botones, si es que colecciona es la palabra adecuada. Dice que cada botón es como una experiencia, como un hecho, como un recuerdo que nace acompañado de un frío estomacal y te colma el pecho y la garganta, te humedece los ojos pero que te hace sonreír sin necesidad de mover los labios. Y hay que ver cuando esto te ocurre, acostado en la cama a media noche… es como si todas las cosas se detuvieran o, más bien, dejaran de ser importantes pues solamente importa aquello que te envuelve como un espasmo del alma, si es alma la palabra correcta. Y pues bien, a falta de motivaciones y circunstancias para sentir nacer tales arrebatos Sofía se clava en sus botones cada uno de ellos, dice, como un momento de la vida, particular, único, de color y tamaño concretos. Para Sofía que existan miles de botones en miles de botoneras le tiene sin cuidado pues los suyos encierran los significados que sólo ella conoce, y dicho esto se acomoda un mechón que le cae dulcemente por la cara con esas manos que a veces me quitan el sueño. Cualquiera le amaría cada vez que sale en defensa de sus botones.

Con todo y todos hemos intentando que salga de casa más a menudo y deje olvidada por un rato su afición a los botones en ese cofrecito forrado que guarda en el armario. Y ciertamente no son tantos como un coleccionista profesional podría pensar, se reducen a lo sumo a unas cuantas docenas, pero ya está dicho lo que Sofía siente, o se deja sentir. Es frecuente que cuando le proponemos a Sofía salir de casa ella lo resiste tiernamente, habla de sus botones, de las vueltas que da la vida, de lo que añora. Luego se escurre, como disculpándose, hacia su habitación donde todos sabemos repasa su breve colección y para cuando termina de revisarles cada agujero, cada calado y cada rayita ya todos nos hemos ido porque es tarde y en realidad nunca esperamos que Sofía nos haga caso y salga con nosotros.

Al final, su madre le tranquiliza, si es que tranquiliza es la acción adecuada, dejándole un botón por sorpresa en su mesita de noche y, en otras ocasiones menos afortunadas para Sofía, diciéndole que la tienda de botones ya está cerrada. Sofía se duerme, a veces apretando el botón nuevo con su mano o protegiendo cerca de sus mejillas el cofrecito y sueña que afuera llueve y que ella está desnuda. 

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