martes, 25 de diciembre de 2012

Quizá como una cárcel.

El que habla soy yo, no otro, nadie más, ni siquiera un náufrago, soy yo, no otro, aunque se quisiera. Hablo desde adentro, desde este agujero que supone mi propia palabra, un encierro inconstante pero nefasto. Huitzilopochtli se me apersonó en mi sueño, goteaban sangre sus manos y lloraba. Reconocí que aquel líquido verde oscuro que se le espumaba en los dedos, ardiéndole, no se trataba de su propia sangre.  Cuando desperté me encontré meditabundo y somnoliento en este abismo que supone mi propio pensamiento. Traté de descifrar aquel enigma que representaba la presencia de un dios muerto en la privacidad de mi sueño. Entonces hice el esfuerzo de recordar los detalles y así pude dibujar el cielo con claridad, un cielo turquesa, pálido, que estaba sobre nuestras cabezas, la mía y la de Huitzilopochtli. El brillo azulado nos dibujaba sombras extrañamente duras sobre los rostros. Yo llevaba una pluma de buitre en la mano derecha y una fruta en la izquierda, un fruto que me fue imposible reconocer. Más allá de estos detalles no pude precisar nada en absoluto que me permitiera amarrar, tan siquiera, una idea aproximada del significado de cuanto he contado.

Luego volví a despertar. Permanecía ahora desnudo en mitad de un bosque sobre el cual una luz débil me impedía ver demasiados detalles. De cuclillas, con aire a mi costado izquierdo, abrazaba mis rodillas de tal modo que cualquier pensaría que se está abrazando la idea que uno más estima. Mi sexo apuntaba hacia el suelo, mis ojos buscaban algo en el cielo que, en realidad, no podía ver. Lo más perturbador, lo realmente extraordinario, era no sentir frío alguno a pesar de la humedad y de los hongos que crecían despacio y me iban subiendo por los pies.

Por tercera vez desperté, en el momento en que se me iluminaban la cara y los hombros con un destello lechoso que invadió el bosque y que me hizo arrugar los párpados. Y fue así cuando finalmente acabé asediado por palabras que salieron de mi boca sin que las pronunciase en un espacio donde yo no sabía ser yo. Y vino a mí, pues, como una imagen gloriosa, Gracchus, ese cazador cuyas leyendas sobreviven gracias al maestro praguense. Y le anhelé su existencia con envidia y admiración, queriendo que mis sueños me condujesen a ser él, a sus interminables viajes por tierra, por mar. Tuve que apartar aquel pensamiento de mí pues mi situación no era la deseada, nada más opuesto. Y sigo aquí, soy yo quien habla, soy yo quien espera despertar otra vez, quizá una última vez, quizá mil veces más, y tal vez encontrar la pluma que perdí sin darme cuenta cuando vi a Huitzilopochtli llorar.

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